Por Judith Almonte Reyes

ESTUDIANTE DE PSICOLOGÍA-IMCED

Parece mentira, desde hace días el recuerdo de mis mejores años de  infancia, aparece incesantemente, esos donde compartí rodeada de tanto amor con mis padres, mis hermanos; en esa casita que aún parece que veo en cada lugar que visito, donde quedaron tatuados los mejores momentos de felicidad: cumpleaños, alegrías y esas angustias que mermaron mi autoestima; el dolor que desde siempre conocí, desde muy temprana edad.

Cómo puedo, cómo pretendo olvidar ese lugar mágico mi barrio, donde conocí grande amiguitos, donde floreció mi primer amor, donde todos fuimos una gran familia, siempre dispuestos a ser solidarios con los demás. Todavía recuerdo a la China, famosa con sus tortillas hechas a mano, por Dios, al señor José, el panadero de la calle, cómo olvidar a Celita, la señora que me enseñó a tejer la vida de diferentes colores.

Aquellas tardes donde jugaba con mis vecinos, donde no nos preocupaba nada, sólo tener la imaginación para crear cada personaje ficticio que en mi mente siempre lo llevaba a la realidad. Inevitable, siempre fui la soñadora del grupito.

Memorias fantásticas donde aún sobreviven esos paisajes brillantes, esas casas con sus techos rojos habitadas por seres, muchas veces desesperanzados, con el anhelo de tener esa puerta hacia la libertad, de no tener que resistir a las crueldades de la vida misma por el sólo hecho de ser expuestos a la vulnerabilidad de la mentira y la arbitrariedad donde opera la injusticia y la desigualdad.

Todavía evoco esos silencios intensos cuando todos tomamos rumbos distintos, donde la realidad social nos llevó a todos a un escape efímero al saber que nunca volveríamos a estar juntos en nuestro amado barrio.

Aunque la desdicha se visualice en las tumbas de nuestros mejores años, agonía permanente por no conservar nuestra esencia del destino oscuro que nos llevó a vivir en el eco de la desilusión, cuando la modernidad se apoderó de esa vida tranquila llevando el crecimiento de la ciudad a grandes cambios donde nuestro pacifico existir se fragmentó por las elites sociales, impregnado cada rincón con innovaciones, segregando  todo nuestro entorno, obligando a sobrevivir al abandono de nuestro hábitat, permitiendo el paso a una gran ecología urbana, donde no importa el apego a nuestro barrio, sino la idealización de una ciudad más chic.