Por Alberto Duarte Andrade

Sabía que tenía que partir, los números eran cada vez más borrosos y el humo se había extinguido definitivamente. Estaba cansado de saltar la cerca y caminar por la acera, frente al baldío de siempre: el camino de todas las noches para conseguir cigarrillos. Durante esa semana dibujé una vereda de colillas, las reconozco porque están manchadas de polvo de gis: el mismo amarillo óptico de siempre, el mejor para escribir en los viejos pizarrones de mi facultad. En esos días mi vida era simple como nunca: viajar de mi cama a las aulas, escribir ecuaciones toda la noche parando sólo para ir por cigarrillos; viajar de regreso. La vida es simple, decía, creía. Además del duro frío, seco y repentino en el desierto de Sonora, nada había aquí.

Sabía que tenía que partir, las luces eran cada vez más claras y el humo comenzaba a asfixiarme. Estaba cansado de saltar la cerca y arrastrarme por el suelo, frente al río de siempre: el mismo camino de toda mi familia para conseguir trabajo. Durante esa semana dibujé un camino de espinas, las reconozco porque están manchadas de sangre mía: el mismo rojo deslavado de siempre, dicen que por la desnutrición que uno sufre en las viejas colonias de mi pueblo natal. En esos días mi vida era un infierno: viajar de una caja de tráiler a otra, contar las piedras y los sollozos parando sólo para intentar dormir; un nuevo tráiler. Esto no es vida, decía, sabía. Además de la foto de mi hija y de la triste esperanza del desierto de Sonora, nada había aquí.

En uno de esos días se acabaron el humo y el café. Esa noche caminé con toda la incertidumbre que cupo en mí. Qué haría con tantos gises, sin café y con dinero sólo para cigarrillos. Había trabajo que hacer y no sabía si podría hacerlo más. Con todo, caminé los pasos de siempre, por la banqueta de siempre: esta vez hubo algo nuevo: en la pared del baldío alcancé a ver una silla, de esas que ponen en las fiestas y cantinas. No sé por qué la vi, pero seguí mi camino.

En uno de esos días se me acabaron el agua y la comida. Esa noche caminé sabiendo que algo andaba mal. Qué haría yo tan lejos de todo, sin agua, sin comida y con suficiente energía sólo para unas horas más. Había un largo camino que recorrer y no sabía si podría seguir. Caminé sin parar hasta que escuché las sirenas, entonces corrí. Los mismos pasos de mis antepasados, las mismas huellas; corrí hasta reventar: corrí todo cuanto pude. Desperté cuando estaba siendo deportado.

Caminé un poco más porque la tienda de siempre no tenía mis cigarros. De vuelta, frente a la universidad, encontré el baldío iluminado por una fogata. En la silla había un hombre con una gran mochila. No sé por qué, pero dejé caer los gises y seguí en su dirección.

Amanecí en una ciudad desconocida. Caminé días por calles ajenas. Supe que no volvería a ver a mi hija. En un baldío encontré una silla, logré juntar un par de leños con la poca luz que había. Perdoné a mi viejo. Encendí una fogata y me apagué de pronto.

El hombre era una sombra. Me acerqué un poco más y alcancé a notar, con la luz del fuego, una historia tallada en sus ropas. Entendí que había muerto algunas generaciones atrás. Supe que la vida no alcanza la frontera.