Un camino abierto, polvoso, infinito, se posa sobre tus ojos, puedes caminar en cualquier dirección y con la velocidad que tú decidas, no importa, pues hay sol de sobra y hoy habrá luna llena. Giras sobre tu eje para dimensionar el paisaje. La vegetación te hace sonreír. La sombra de un ave cubre por unos segundos tu rostro, piensas en la sombra, piensas en tu rostro, pero no en el ave. Te gustaría ver el mar, escuchar una gaviota, escuchar el agua cuando te sumerges. Sigues caminando. Después piensas en una ciudad inmensa, llena de luces y olores que no conoces, con personas que tampoco conoces y entonces vuelves al camino abierto, polvoso, infinito.

Lo que contemplas ahora es el espacio físico, te figuras una serie de construcciones pequeñas, un asentamiento humano funcional y amable con la naturaleza. Te gustaría que hubiera ríos con agua limpia, la seguridad de andar en bicicleta grandes distancias sin la posibilidad de ser atropellado, ni sufrir problemas de respiración debido a la contaminación del aire; que las construcciones resistieran todos los temblores, el agua fuera suficiente para todos en todas partes, que el tráfico fuera algo inusual, las distancias entre tu casa y tu trabajo o escuela se redujeran a la mitad de lo que todos los días haces, el transporte público gratuito y acorde con las necesidades de la población.

Habitar un espacio es más que el simple hecho de ser parte de él, se trata de una transformación del entorno en función de las necesidades económicas, políticas, culturales y militares. Por ejemplo, la modificación urbana del París del siglo XIX, ideada por Haussmann, fue un proceso de destrucción de la vieja ciudad, de despojo y especulación inmobiliaria, con la finalidad de privatizar los espacios públicos y facilitar la reproducción de capital. No obstante, la Comuna de París de 1871 fue una reapropiación del espacio y la ciudad por parte de aquellos a quienes les fue arrebatada.

En este sentido, la apropiación del espacio en que habitamos es esencial no sólo para realizar nuestras actividades de subsistencia, sino también como una búsqueda constante de proyectos y perspectivas que chocan constantemente entre ellas con un marcado carácter de clase, observable en los empresarios, los trabajadores que buscan un acceso más justo a los servicios, las personas que viven en las calles, entre otros.

Por ello, la ciudad y cualquier espacio humano, pese a sus contradicciones y problemas, representa una posibilidad de cambio. “Ir más allá de estas sombrías historias del exilio, y de ese gris y lluvioso país del alma angustiada implica establecer un sentido de pertenencia en la ciudad y hacer de la tradición un espacio de transformación, más que la escena de un destino poco alentador.”[1]

Para el número 27 de Los Heraldos Negros, intentamos proponer una dinámica diferente al resto de nuestros números anteriores. Esta vez el lector podrá leer testimonios de lo que significa habitar espacios distintos, partiendo de la dicotomía campo-ciudad, y dentro de los espacios urbanos el centro-la periferia.

[1] Iain Chambers, Border Dialogues: Journeys in Postmodernity, 1990, p.112, citado en Edward W. Soja, Postmetrópolis, Estudios críticos sobre las ciudades y las regiones, trad. Verónica Hendel y Mónica Cifuentes, Madrid, Traficantes de Sueños, 2008, 594 p.

Desde la selva de concreto del infierno mexicano.
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Comité Editorial Revista “Los Heraldos Negros”.