Por Nidia Angélica Curiel Zárate

En ocasiones nos acostumbramos tanto a lo cotidiano, a lo que tenemos cerca sin ver, mirar, o por lo menos atribuir un minuto a ese escenario de rutina, en el que ya no nos sorprende lo pequeño, lo efímero o lo sutil de un mosaico en la cocina, el baño, las escaleras, paredes, etc. La sorpresa vuelve a la memoria distraída cuando de pronto reparamos que, a veces, un simple mosaico colma en su cuadro una historia que reconstruir, nos dice algo, aún con su mudez de siglos.

Y tal vez, así como Moisés (de donde deriva el nombre mosaico) ese profeta hebreo condujo a los israelitas fuera de Egipto y recibió de manos de Dios las Tablas que daban una lectura en su interior; hay pequeños mosaicos ufanos de conservar líneas, colores, personajes que recubren la historia de siglos elaborados por los artistas anónimos, esos a quien a la distancia se les interpreta u olvida, así cual polvo del pasado.

Los mosaicos tienen una larga trayectoria en la vida cotidiana de la humanidad, es tal vez una de las más bellas y antiguas expresiones del arte popular llevada a cabo por albañiles, joyeros, arquitectos y pintores.

El mosaico es un cuadro constituido por fragmentos de mármol, vidrio matizado de brillantes colores o azulejos. Son usados para decorar paredes o techos; revestimientos de madera vueltos muebles sofisticados y, como no se desgastan con prontitud son adecuados, principalmente, para pisos finos. El arte en mosaico es de delicadeza increíble y se aplica inclusive en  las alhajas. O bien reviste centenares de metros cuadrados de pared, de piso o de cielo raso, adornando salones en los parlamentos o en los teatros. Sea ínclito o diminuto un mosaico parece siempre el acertijo de un artista, que ha logrado formarlos con infinita dedicación y paciencia, con manos generosas en el labrado de una sin igual historia.

Foto de la autora Nidia A. Curiel

Justo al respecto de la historia de los mosaicos, sabemos que gracias a los Sumerios, se lograron hermosas amalgamas con distintos materiales y diversos colores, muestra de ello es constatado en obras elaboradas en lapislázuli y caparazón de tortugas o carey que se usaban para decorar los tronos de marfil, las columnas de algunos templos y ciertas joyas.

Se sabe de una pieza en mosaico antiguo, un extraordinario quehacer circular de vidrio, que perteneció a un rey de Egipto. La pieza es del tamaño de un botón de levita. El artista dibujó el halcón sagrado, resaltó las tonalidades del bruñido plumaje manufacturadas con fragmentos de vidrio de un tamaño diminuto.

Cada cultura ha manifestado el arte en el mosaico desde representaciones de la vida cotidiana, paisajes, aves, personas, flores, etc. Es importante resaltar que los griegos utilizaron, asimismo, los mosaicos como joyas y para engalanar muebles y columnas de los templos; pero encontraron además otro uso diferente para ellos. Al parecer a los griegos se les ocurrió hacerlos de gran tamaño, al inventar el piso de mosaico. Es probable que esto ocurriera porque tenían avanzado trato en la pintura y su gusto por el color los llevó a realizar cuadros vistosos con materiales que resistieran al desastre y paso del tiempo. Muchos templos, edificios públicos y casas de gente opulenta se engalanaron con vistosos mosaicos.

En la actualidad se puede apreciar en la cercanía a la puerta de una casa, escrito el apellido sobre mosaico, el tamaño depende del bolsillo, pero esto  ya fue utilizado en el pasado, los exégetas en la materia indican que en Roma, a la entrada de casas señoriales, un mosaico denotaba el linaje de los habitantes o bien palabras de advertencia, como cave canen, o sea: ¡cuidado con el perro!

La mayoría de las personas hemos “convivido” con los mosaicos, así que no resulta difícil encontrar múltiples formas de mosaico, solo basta observar un poco a nuestro alrededor. Los hay simples: un ajo, un barco solitario en altamar, un arlequín inquieto por la soledad; los más mirados se hallan en la cocina que sin tanta ostentación presentan a las especias y los rudimentos de la gastronomía universal. Y si damos un paseo por la propia casa o por la oficina cotidiana, a veces pisaremos la obra del mosaico sin percatarnos de su voz, esa historia atrapada en un pedazo de mármol, que nos relata andanzas cotidianas, personajes reales o imaginarios, fragmentos de la vida misma, de otros tiempos, otras maneras de expresar sin dejar constancia escrita, pero que si uno se acerca puede encontrar sorpresas alentadoras o simple indiferencia al arte invisible.

Si visitamos las casas de amigos, algunos restaurantes o edificios públicos es conveniente mirar hacia las alturas puesto que algunos techos tienen lindos e interesantes dibujos con trozos de mosaicos de distintos colores, algunos arquitectos deciden poner en las alturas buena parte de su mejor trabajo. En la Ciudad de México resulta interesante pasear por Ciudad Universitaria y coincidir con los Mosaicos de la Biblioteca Central, diseño de Juan O´Gorman, y su mirada de la representación abstracta del Universo. Si los parques son parte de la distracción el fin de semana, hay los que guardan mosaicos festivos, los que llevan una propuesta o bien protesta muda al clamor de los años.

Cerca de 5 años, cada domingo asistí a una casa en Tacubaya donde un solitario mosaico de porcelana llamó la atención por su colorido, su casi traslúcida melodía en los gestos de las personas de diversas edades, actitudes y sonrisas conformando el cuadrado  que se pierde entre los muebles renacentistas. Parece que los colores pastel están frescos. Hay una historia de vida cotidiana en el mismo: hombres y mujeres en el cortejo del amor, niños al acecho de travesuras entre los cuartos carentes de privacidad, lo divide en sus fragmentos a manera de escenas teatrales flores en tonos rojo, café y gris. Alrededor del mosaico un destello dorado da elegancia a este singular guiño al arte en mosaico donde se codean personajes de otros tiempos en un evento cotidiano donde puertas y ventanas nos permiten mirar un día que el artista dejó plasmado en menos de 40 cm cuadrados.

Es interesante acercarnos al método para hacer el mosaico, y a vuelo de pájaro, vemos que ha cambiado a lo largo del tiempo: los romanos para hacer un piso de mosaico preparaban cemento dúctil, de sedimentación lenta, con ladrillo en polvo y cal, luego cubrían con él todo el espacio del suelo hasta una profundidad de 10 a 15 centímetros. Inmediatamente hacían trazo de dibujo, tal vez con una vara, o probablemente con un pergamino o madera ligera. Posteriormente colocaban una tesela o mosaico en el blando cemento mientras trazaban el dibujo deseado, o el que pedía el cliente. Después de terminar el dibujo, el artesano hacía un fino y resistente cemento a base de cal y polvo de mármol, sin faltar el agua y un ingrediente indispensable, la clara de huevo. Estos ingredientes se vaciaban sobre la obra mencionada y de uno en uno se elaboraba el mosaico. Su consistencia era tan fuerte como la roca, quedaba en bruto, pero cada mosaico se frotaba y pulía, a base de arena fina y agua, hasta lograr un terminado liso como el vidrio.

Al parecer la elaboración del mosaico se percibe un tanto laboriosa, pero no de grandes dificultades. He visto mosaicos simples, de una solo figura, pero el que me ocupa y sigo mirando, no es simple, de manera que tengo la hipótesis de que puede ser de origen chino, de porcelana, de hace muchos siglos. (No se puede tocar, ni bajar para observarlo con lupa, ese es parte de su encanto, también), pero me aventuro en la hipótesis de que pudo haber sido adquirido a través de la Nao de China y llegó a esta casa para quedarse a pesar de los siglos y los avatares de su difunto dueño. En fin, algo de historia puede dar luz para valorar este y otros mosaicos que encontremos en museos o coleccionistas privados.

Durante gran parte del siglo XVII los mercaderes holandeses e ingleses habían llevado a Europa maravillosas porcelanas de China y hacían hincapié acerca de las delicadas piezas de las cuales no querían desprenderse los chinos. Y es que en esa época eran ya grandes maestros en ese arte y sabían crear una porcelana muy fina, tal vez desde mil años antes, eso no se precisa porque se considera que sus grades obras no salían de su lugar de labor. Los mosaicos más sofisticados los ocuparon para las viviendas de emperadores y las casas de los poderosos de su país. Algunos  mercaderes europeos habían visitado ciertas casas durante temporadas largas en la ciudad de King-te Chin, de manera que hablaron de los portentos que realizaban los ceramistas chinos. Aunque, a ciencia cierta, nadie sabía de qué estaba hecha la porcelana.

Hacia el año 1004, el emperador Chin-Tsung mandó a los ceramistas que se reunieran en un solo lugar, en una fábrica real, cautelosa de pasar los secretos de los maestros en el arte de la cerámica y los dibujos en mosaico. Se cree que ningún personaje sabía la elaboración completa de la porcelana y su mosaico, porque cada persona hacía por separado el trabajo y no había manera de comunicar el proceso de principio a fin.

Los conocedores de la porcelana china indican que se les distingue por  el nombre de la familia real que gobernaba cuando se elaboraron. A partir de 1368 hasta 1644 reinaron los emperadores Ming, y este periodo se considera, por antonomasia, el más brillante de ese arte del celeste Imperio.

Durante el siglo XVIII, algún ceramista europeo presumía que  había descubierto el secreto de la fabricación de porcelana. A Europa arribaba  porcelana china, y muchos hombres de empresa podían estudiarla y mejorar el criterio de los precedentes, para realizar experimentos. Cuando menos, los efectuaban en forma razonable, porque se negaban a creer que la porcelana se hacía con algún material excéntrico o por un método arcano. En 1673, Luis Poterat, un ceramista de Ruán, recibió del Rey de Francia una patente que lo autorizaba a hacer la auténtica porcelana china. Considerando el hallazgo se puso en marcha una fábrica en Paris, de porcelana China, pero el encanto sucumbió después de la noticia fatal de que el material era barro yesoso y blanco y una sustancia llamada frit. El frit se hace fundiendo arena de cuarzo, salitre, yeso, alumbre, sosa y sal marina, hasta obtener una materia que parece vidrio. Pronto se desvaneció el mosaico en la falsa porcelana francesa.

Lo que no se desvanece es el arte plasmado en un mosaico, en un jarrito de barro elaborado y pintado a mano, de la hechura de emociones plasmadas por la gente anónima, que cuenta algo, testimonia su presente, lo que siente y vive, con angustia y coraje o con el afán de ser solo lo próximo a subsistir en la vida. Atrás de lo común existe una historia donde hombres y mujeres van tejiendo la maraña de algo más grande, que a veces se pierde porque no se le da importancia, y los que afloran con voz de justicia, son silenciados.

Aquí está ese mosaico donde los dibujos son de un intricado trazo geométrico y de exquisita belleza, en espera de mirar con más ahínco el mosaico del corredor de la casa de Tacubaya.