Por Jorge Meneses

— ¿Trotamos? — me preguntó Bebo.

— Trotamos.

Cada mañana, Bebo y yo trotábamos hasta alcanzar la cima de la montaña. Arriba, si no se está acostumbrado, la sensación térmica es tan intensa que impide la respiración. Bebo decía que era como tener nuestra propia habitación del tiempo. Lo cierto es que no cualquiera llega a la cima, hace falta algo más que valor o estupidez. Modestia aparte.

Primero fue un arduo ejercicio, luego un reto en el que cabía el desparpajo y la alegría; después una aventura. Pero, aburridos, comenzamos a explorar nuevos senderos que nos llevasen, no sólo a la cima, sino, a la manera de los exploradores de los que habíamos leído en infinidad de libros, a encontrar recovecos en los que se resguardan nuevas ciudades de oro o leyendas macabras.

— Da vuelta a la derecha — le dije a Bebo. Él dio vuelta a la derecha. Nos adentramos en un sendero que nunca antes habíamos recorrido.

Trotábamos. Pronto pasamos una cruz de madera muy alta, en la que pendía una cabeza de caballo, la mitad estaba descarnada y las moscas sobrevolaban ya la carroña. Nada inusual. En esa montaña la gente deja bolsas con basura o cadáveres. Luego pasamos junto a una estatua de un hombre que tenía la cabeza al revés.

—Tiene la cabeza al revés — dijo Bebo.

— Hasta parece de cuento de terror, ¿no? — le respondí como pude. Me faltaba ya el aire.

— Sí, deberías escribir uno y enviarlo a una revista, chance y lo publican — me dijo, agitado.

El sendero terminó. Parecía que habíamos llegado a la cima, pero esa parte de la montaña, aunque desnuda y muy, muy alta, no la reconocí.

— No reconozco esta parte — señaló Bebo, siempre tan atinado.

— Hay que descansar — le dije. Estaba fulminado.

Nos acostamos bajo la sombra de un árbol que olía raro, no mal, pero raro, sí.

*

Desperté. Frente a nosotros había una torre, como las del ajedrez, muy, muy alta. Era de piedra; grandes bloques apilados, unos encima de otros. No tenía puertas, pero en la parte más alta había una ventana pequeña. La base de la torre era cuadrada. En uno de los muros había una diana trazada burdamente con pintura blanca. El cielo estaba nublado, cosa rara, porque en esta tierra el sol azota la voluntad de los hombres y los hace babear como a los perros, a todas horas, todos los días.

— Le voy a dar al centro — retó Bebo mientras se hacía con un par de piedras.

— Qué raro — le dije —, no hay eco.

— ¿Qué es el eco? — preguntó Bebo, a la vez que lanzaba la primera piedra.

Erró.

— Pues cuando tu voz suena muchas veces a lo lejos — contesté.

Bebo preparaba su siguiente tiro.

— Pues yo te escucho muy bien — respondió.

Lanzó la piedra. Volvió a errar.

— Olvídalo — contesté mientras leía una inscripción que estaba escrita en uno de los muros de la torre.

— ¿Crees que lo hayan hecho los gigantes?

Un pájaro grande, muy grande, demasiado diría yo, sobrevoló cerca de la torre.

— ¿Qué hicieron los gigantes? ¿El eco?

— No, tonto, el edificio.

— Probablemente.

— ¿Y ese círculo también?

Erró su cuarto tiro.

— No, eso no es un círculo. Es un símbolo de brujería antigua.

— Mientes.

— No, aquí dice que si le das al círculo una bruja te persigue.

Bebo dejó caer sus piedras.

— Mejor ya vámonos.

— No seas miedoso.

Tomé una piedra. Apunté y disparé. Le di al centro.

Un grito, un gutural, no sé cómo llamarlo, se escuchó. Pareció provenir del interior de la torre.

—Vámonos — le grité a Bebo.

Emprendimos la carrera cuesta abajo. Alguien, o algo, se reía, y su risa se escuchaba por todos lados.

— Eso es el eco — le dije a Bebo.

— No — respondió —. Eso es el diablo.

Bajamos tan rápido como el terreno nos lo permitió. Ya ni recuerdo en qué momento me caí. Detrás, o al lado, no sé, se escuchaban el galope y el relincho de un caballo.

*

— ¿Qué tienen? — preguntó mamá.

— Nada. Es que este menso estuvo a nada de caerse en un barranco — respondí.

— Lávense las manos — ordenó mamá.

*

Mamá gritó que la comida estaba lista. Comimos pollo a la tropicana, frijoles puercos y agua de papaya con guanábana. Comimos debajo de un mango. Mamá nos platicó que en el trabajo le iba muy mal y que no tardarían en despedirla. Dijo que teníamos que ser fuertes porque ella pronto se va iba morir y debíamos estar más unidos que nunca. Bebo me miró, yo miré a mamá y ella miraba hacia la montaña. Yo no quise mirar hacia donde miraba mamá.

Cayó la noche, el calor cedió y los perros dejaron de ladrar. Mamá dormía en su cuarto mientras Bebo y yo intentamos hacer lo propio en el nuestro. Esa noche pude escuchar el silencio. Mi abuelito decía que podía escucharlo también. Decía que cuando el silencio suena, el diablo camina.

— Buenas noches — le dije a Bebo.

— Buenas noches — respondió, a la vez que se escuchaban un par de piedras cayendo sobre nuestro techo de lámina, comprobando el buen tino de quién sabe qué maldita cosa.