Enzo Traverso[1]

“¡Qué hombre tan extraordinario! La cuestión no es saber si se está de acuerdo con todo lo que dijo; sino que su obra está marcada con el sello de la originalidad, con su inteligencia flexible y sensible y profundamente cultivada. Una inteligencia que siempre ha sido acompañada por una personalidad calurosa y un espíritu abierto. Él no nos transmitió una doctrina rígida, sino un placer y una curiosidad por la vida en todas sus manifestaciones”.[2] Es con estas palabras que el historiador inglés Edward P. Thompson celebraba el octogésimo aniversario de C.L.R. James. Me parece justo e importante recordarlos aquí, al principio de este breve retrato del autor de Los Jacobinos negros, que acaba de dejarnos.

Teórico marxista y pionero del movimiento pan-africanista, escritor, crítico literario y profesional en cricket, James, que había nacido en Puerto of Spain, en la isla de Trinidad, en 1901, era nieto de esclavos. Proveniente de una familia de maestros de escuela, frecuentó el Queen’s Real College, la escuela más prestigiosa de la isla, donde recibió una formación clásica según las tradiciones de la clase media británica. Él dirá más tarde que los orígenes de su obra se encuentran “en la cultura, la historia y el pensamiento occidentales”.[3] Su adolescencia fue marcada por la lectura de Shakespeare, clásicos griegos y latinos, no obstante su identificación con la cultura británica no podía cumplirse sin conflictos ni fisuras. Así como la mayoría de los jóvenes intelectuales caribeños de su generación —George Padmore, Franz Fanon, Aimé Césaire y Cyrill Briggs, por recordar sólo a los más importantes— James pronto fue atraído por las tradiciones y las culturas indígenas, representadas por manifestaciones como el carnaval, el vudú y en particular el cricket, un deporte de origen británico que se había hecho muy popular en las Antillas. En la locura del garveysmo, participó en 1919 en la creación de la primera asociación nacionalista negra de Trinidad, Maverick Club, y se adhirió al movimiento de Captain Cipriani, apodado el “Garvey de Jamaica”.

Así como lo observó Cedric Robinson, el nacionalismo se desarrolló en los Caribeños en primer lugar en el seno de la pequeña burguesía intelectual negra, colocada en medio de la sociedad entre la mayoría de la población (los descendientes de los esclavos) y la burguesía blanca.[4] Se trataba de una intelligentsia marginada, a la vez que excluida de la sociedad blanca y arrancada de sus propias raíces culturales. Se podrían distinguir tres fases en este proceso de formación de la identidad nacional: 1) los jóvenes intelectuales se radicalizaban, en un contexto marcado por el colonialismo y el ascenso de los movimientos de liberación nacional, después de haber asimilado la cultura occidental; 2) el nacionalismo, la idea pan-africanista y el concepto de negritud expresaban el rechazo de la asimilación; 3) la afirmación de una identidad negra implicaba el descubrimiento de África, de su historia y sus culturas. James describió este trayecto de los intelectuales antillanos en los términos siguientes: “El primer paso hacia la libertad consistía en irse en el extranjero. Antes de poder comenzar a concebirse como gente libre e independiente, ellos debían desembarazarse el espíritu del estigma según el cual todo lo que era africano era inferior y envilecido. El camino que llevaba a la identidad nacional antillana pasaba por África”.[5]

En 1932, James dejó las Antillas y llegó a Londres, donde reencontró a su amigo de la infancia Malcolm Nurse, en lo sucesivo conocido bajo el seudónimo de George Padmore. C.L.R. James se ganaba la vida escribiendo artículos sobre el cricket para el Manchester Guardian, pero su interés se vio polarizado inmediatamente por la vida política británica. Publicó una historia del nacionalismo negro en Trinidad, The Life of Captain Cipriani: An Account of British Governement in the West Indies, que lo impuso como uno de los portavoces de la causa anticolonialista. En Inglaterra, descubrió las luchas del proletariado industrial, el movimiento obrero y el marxismo; se adhirió a la corriente trotskista del Independent Labour Party (ILP) y se hizo un colaborador regular de su prensa.

En una entrevista realizada en 1980, James afirmó que bajo la influencia de dos libros, se volvió marxista: Historia de la Revolución Rusa de Léon Trotsky, publicado el mismo año de su llegada a Londres, y El Ocaso de Occidente, de Oswald Spengler.[6] Es imposible disimular cierto asombro delante de la yuxtaposición de dos obras tan diferentes: el primero, un clásico de la historiografía marxista, el segundo, un texto típico del pensamiento conservador alemán de principios del siglo. Evidentemente, lo que explica la fascinación de James por Spengler no son las ideas políticas que él podía encontrar en esta obra, sino más bien su crítica radical de la modernidad como forma de civilización. James quería relacionar su denuncia del racismo y del colonialismo con una desaprobación de la civilización occidental en su conjunto. Para un joven intelectual como James, educado en el medio cultural pragmático y positivista del Imperio británico, el descubrimiento del Kulturpessimismus alemán, incluso en sus versiones reaccionarias, podía aportarle nuevas ideas. Se apropió esta crítica de la modernidad reinterpretándola a la luz del marxismo.

Cyril Lionel Robert James

En 1935, James dirige el movimiento contra la invasión de Etiopía por el ejército de Mussolini. Doblemente implicado por esta guerra, como negro y como socialista internacionalista, se presentó en la embajada de Etiopía en Londres para ofrecer sus servicios. Pretendía ir a África para difundir la idea socialista en el seno del pueblo abyssin y organizar la propaganda derrotista con respecto a los soldados italianos. Sin embargo debió renunciar a este proyecto, aunque persiguió incansablemente su acción anticolonialista. Dirigió la International African Friends of Ethiopia (IAFE) y llevó una lucha apasionada en el seno de la izquierda británica por el boicoteo de la guerra.

Dos obras, publicadas respectivamente en 1937 y 1938, demuestran de esta búsqueda una nueva orientación entre marxismo e identidad negra: World Revolution 1917-1937, una historia de la Internacional Comunista escrita desde un punto de vista marxista pero antistalinista, y sobre todo su obra maestra, Los Jacobinos negros, que traza la historia de la primera revuelta victoriosa de los esclavos contra el poder colonial. Este estudio de la revolución de Santo Domingo, dirigida por Toussaint Louverture entre 1791 y 1803, ha sido traducido a varias lenguas y contribuyó ampliamente a la fama de su autor. James resumió en estos términos la génesis de su obra, que le exigió un año de trabajo en París, en los archivos de la Biblioteca Nacional: “Decidí escribir un libro en el cual los africanos o sus descendientes en el Nuevo Mundo en lugar de ser constantemente objeto de la explotación y de la ferocidad de los otros pueblos, se echarían a actuar en gran escala, y darían forma a su destino.”[7]

La revuelta de los esclavos de Santo Domingo, que afirmaron su dignidad de hombres y mujeres libres y rechazaron todas las expediciones francesas hasta la instauración, en 1803, del Estado independiente de Haití, tenían, a los ojos de James, un alto valor simbólico. Esto probaba la posibilidad de quebrar las cadenas de una opresión secular engrosada por la conquista española. Desde las primeras páginas, James mostraba que su propósito era poner en duda toda una civilización: “Ellos introdujeron el cristianismo, el trabajo forzoso en las minas, el homicidio, el rapto, los perros policía, las enfermedades extranjeras y el hambre artificial (hambreando a los rebeldes mediante la destrucción de las culturas). Los beneficios de una civilización más elevada redujeron a la población indígena de 1,3 millones a 15 000 habitantes en quince años.”[8]

Los Jacobinos negros (así como otra obra publicada en los Estados Unidos dos años antes, Black Reconstruction, de W.E.B. Du Bois) abandonando la aproximación eurocéntrica hasta entonces dominante (incluso en la cultura marxista) marcó un punto de viraje en la historiografía. Gracias a estos estudios pioneros, no sólo la esclavitud fue reconocida por primera vez como una de las fuerzas fundamentales de la revolución industrial y de la acumulación capitalista en el mundo occidental, sino que la cuestión negra finalmente fue puesta en su dimensión subjetiva, cultural y “nacional”. Los barcos que transportaban esclavos de África al Nuevo Mundo contenían sin duda fuerza de trabajo, pero ésta estaba compuesta de seres humanos portadores de culturas, de valores y de visiones del mundo que daban un contenido concreto a sus luchas de liberación.

Después de participar, en 1938, en el Congreso de fundación de la Cuarta Internacional, James se trasladó a los Estados Unidos, donde permaneció durante quince años. Sus discusiones con Trotsky respecto a la cuestión negra, hicieron que el movimiento trotskista reivindicara el derecho a la autodeterminación para los afroamericanos, demuestran todavía hoy un texto clásico sobre el tema.[9] Ayudó a los marxistas a comprender que las luchas independientes de los negros por sus derechos eran no sólo justas y necesarias, sino también un elemento fundamental para una transformación revolucionaria de la sociedad americana. A sus ojos, la cuestión negra no era reducible a una “cuestión de clase”, y por consiguiente era falso limitarse a reivindicar la unidad de los trabajadores negros y blancos, según la actitud entonces dominante en el movimiento obrero. Como comunidad portadora de una cultura limpia (la herencia del pasado africano) y objeto de una opresión específica (el racismo), los negros americanos tendían a organizarse en un movimiento autónomo, que debía tomar por completo su lugar en un proceso revolucionario.

Su ruptura con el trotskismo empezó en 1940, en torno a la definición de la naturaleza social de la Unión Soviética y de su papel en la guerra. Trotsky caracterizaba a Rusia bajo Stalin como un “Estado obrero degenerado”, a saber una sociedad esencialmente post-capitalista, donde el atraso económico y el aislamiento de la revolución habían permitido a una casta burocrática apoderarse del poder sobre las cenizas de los Soviets. James, en cambio, veía a la URSS como una forma particular de “capitalismo de Estado”, lo que le hacía rechazar toda hipótesis de “defensa de las conquistas de Octubre” —las bases sociales del régimen soviético— en la guerra en curso. Esta ruptura, que acabó hacia finales de los años cuarenta, llevó a James y al pequeño núcleo de intelectuales marxistas reagrupados alrededor de él (Raya Dunayevskaya, Grace Lee, Martin Glaberman, etcétera) a una actitud de crítica radical de la concepción leninista del partido. La reflexión teórica de este período es sintetizada en numerosos escritos, de los que baste aquí con recordar a State Capitalism and World Revolution (redactado en colaboración con G. Lee y R. Dunayevskaya) y un extenso estudio sobre Hegel, Notes on Dialectics (apuntando, entre otros aspectos, una crítica de la incomprensión de la dialéctica en Trotsky).

La definición de la Unión Soviética como “capitalismo de Estado” distinguía a James de otros críticos americanos de Trotsky (J. Burnham y M. Shachtman), en que habían elaborado una teoría del “colectivismo burocrático” bastante próximas a las propuestas en Europa por B. Rizzi y C. Castoriadis. Me parece que este análisis de James, fundado esencialmente sobre el reconocimiento de una homología entre la organización capitalista del trabajo en la fábrica fordista y el restablecimiento de las jerarquías y del autoritarismo en la industria soviética bajo Stalin, representa una de las debilidades mayores de su producción teórica. Al escribir que “el régimen Fordista […] es el prototipo de las relaciones de producción en la Alemania fascista y en la Rusia stalinista”,[10] James caía en la trampa de reducir el conjunto de las relaciones sociales solamente a la organización del trabajo en la empresa. Sin embargo, su interés por la vida de los obreros dentro de la fábrica fordista era sin duda nuevo y estimulante. En Detroit, James descubrió al “obrero-masa”: no se limitaba a definir de una manera abstracta a la clase obrera sobre una base de su posición en el proceso de producción y de su misión histórica de liberación, sino comenzaba a verla como un sujeto social concreto. Observando de cerca la vida de los trabajadores americanos, se podía percibir la existencia de la separación étnica y cultural siempre descuidada. Por ejemplo, la ética del trabajo del obrero skilled,[11] que las fotos de principios del siglo nos mostraban con sorprendente orgullo sus herramientas, era totalmente extraña para el obrero negro unskilled[12] de General Motors. En resumen, con James y sus camaradas de Detroit, en el marxismo comenzaron a percibirse las transformaciones en el proceso de trabajo —lo que Harry Braverman llama “la degradación del trabajo en el siglo XX”— y en el seno del proletariado. Según Paul Buhle, James alimentaba una “fe mesiánica” en las potencialidades revolucionarias de la clase obrera industrial americana, a quien se negaba a considerar como “atrasada ” e “inmadura” siguiendo ciertos clichés europeos.[13]

El producto más singular y fascinante de este período de reflexión teórica, se encuentra probablemente en su interpretación de la obra de Herman Melville. Víctima de la reacción macartista, en 1952 James fue internado en Ellis Island como “extranjero no aceptado” (extranjero indeseable). En prisión, a la espera de ser expulsado hacia Gran Bretaña, escribió a Mariners, Renegades y Castaways, que constituye sin duda el análisis más asombroso y original de Moby Dick jamás publicado. Según James, el tamaño de Melville reside en lo que fue capaz de prefigurar a través de la ficción novelesca, los conflictos sociales engendrados por la Revolución Industrial. Pequod, el buque de la novela de Melville, aparecía en James como una alegoría de la sociedad capitalista moderna, donde los marineros simbolizaban el proletariado industrial y el capitán Ahab la burguesía, decidida a dominar y a controlar su propia creación demoníaca —la civilización capitalista— o a sucumbir con ella en una catástrofe general. En su lucha contra la ballena, Ahab estuvo dispuesto a sacrificar su buque y a su tripulación, lo mismo que la burguesía en Auschwitz e Hiroshima se había mostrado lista para destruir la humanidad entera con tal de preservar su sistema de dominación. Los marineros tenían una relación armoniosa con la naturaleza, que respetaban y no consideraban como “un objeto a conquistar y utilizar”; se sentían en unidad con ella “física, intelectual y emocionalmente”. Ahab, en cambio, quería dominarla y someterla. Por ello James lo vio como el representante ideal-típico de la racionalidad capitalista, donde la inteligencia y la tecnología no fueron desarrolladas “con el fin de alcanzar fines humanos, sino solamente con arreglo a una finalidad abstracta.”[14]

Esta crítica de la racionalidad instrumental presenta innegablemente afinidades con La Dialéctica de la Ilustración, escrito unos años antes (en alemán) por T.W. Adorno y M. Horkheimer. Sin embargo, New York nunca vio el encuentro de ambos filósofos judíos alemanes con este extraño intelectual revolucionario negro. La causa de esta cita no concretada debe ser buscada, probablemente, como la subrayó bien Paul Buhle, en la diferencia de sus pasos políticos: Adorno y Horkheimer “fueron completamente absorbidos por el colapso de Occidente, James buscaba los fragmentos de la redención.”[15] Los dos filósofos alemanes veían sólo al individuo atomizado en la sociedad de consumo (lo que Marcuse llamaría posteriormente “el hombre unidimensional”), mientras que James veía la fábrica capitalista como un microcosmos totalitario inevitablemente destinado a engendrar a sus propios sepultureros.

Esta reflexión fue recuperada en Beyond a Boundary, libro que él consagró al cricket en 1963, después de su regreso a Londres. En esta obra, un verdadero modelo de historia social del deporte y del análisis marxista de la cultura popular, oponía el cricket de la burguesía británica (“mere entertainment”) al de los negros de Trinidad, que expresaban en la práctica de este deporte su búsqueda de una vida alternativa. Estas dos culturas subyacentes al cricket, fueron encarnadas de un lado por el gran batidor australiano (blanco) Sir Donald Bradman y, del otro, por el ídolo de las Antillas Matthew Bondman. El primero había realizado un resultado (71 puntos en 45 minutos) sometiendo el juego al código de la “racionalidad tecnológica” burguesa; el segundo, en cambio, concebía el cricket como el deporte que expresaba una moral y una estética. Al principio de su estilo había otra racionalidad, atada a la cultura de cepa africana de los negros de Trinidad.[16]

Estos últimos años, en su pequeño departamento de Brixton, el barrio jamaicano de Londres, recibía las visitas de jóvenes militantes negros provenientes de las cuatro esquinas del mundo. La reedición de sus principales obras (gracias sobre todo a Allison & Busby), a menudo aparecidas originariamente en revistas militantes con poca difusión, contribuyó a hacer notar la riqueza de su pensamiento en los numerosos lectores de Los Jacobinos negros. Permaneciendo como marxista convencido y un revolucionario, James se había convertido en una figura carismática para toda la intelligentsia africana y afroamericana. Entrevistado en 1981 por Paul Buhle y Noël Ignatin a propósito de la relación entre su compromiso marxista y su identidad negra, respondía: “Soy un Negro (I am a Black man) en el sentido en que los negros han sido maltratados en el mundo hasta el día de hoy como ninguna otra clase de la sociedad lo fue. Una parte de esta humillación consiste en negar una gran contribución a la civilización, en saber la formación de la cultura en África. Entonces, soy un Negro porque me rebelo contra lo que ellos hicieron y continúan haciendo enfrente de nosotros, y también porque tengo algo para decir a propósito de la sociedad que hay que edificar, siendo directamente concernido por esta tentativa de ocultación y de descrédito.”[17] Este era C.L.R. James. Su marxismo abierto y creador, su pensamiento humanista y revolucionario y su sensibilidad artística ejercerán una fascinación y una influencia profunda sobre las futuras generaciones.

Traducción: Gerardo Rayo

[1] Traverso Enzo, “C.L.R. James (1901-1989): Hommage à l’auteur des Jacobins noirs”, en L’Homme et la société, N. 93, 1989. La gauche contemporaine aux États-Unis: mouvements d’hier et pensée   d’aujourd’hui, pp. 115-121. Url: 10.3406/homso.1989.2422 y http://www.persee.fr/doc/homso_0018-4306_1989_num_93_3_2422 [Consultado el 13 de marzo de 2017].

[2]  E.P. Thompson, “C.L.R. James at 80”, en la colección establecida por Paul Buhle, C.L.R. James, His Life and Work, Allison & Busby, Londres, 1986, p. 249.

[3]  Cf. C.L.R. James, Spheres of Existence. Selected Writings, Allison & Busby, Londres, 1980, p. 237.

[4] Cf. Cedric Robinson, Black Marxism. The Making of the Black Radical Tradition, Zed Press, Londres, 1983, pp. 254-257. Sobre James vid. Cap. X, “C.L.R. James and the Black Radical Tradition”, pp. 349-415.

[5]  C.L.R. James, “Apéndice”, redactado en 1963,  en Les Jacobins noirs. Toussaint Louverture et la révolution de Saint-Domingue, Éditions Caribéennes, París, 1983, p. 347. [Los Jacobinos negros]

[6] Cf. Alan MacKenzie, “Radical Pan-Africanism In the 1930s: A Discusión with C.L.R. James”, Radical History Review, Otoño, 1980, p. 74.

[7] C.L.R. James, “Prefacio” (1980) a Les Jacobis noirs, p. XI.

[8] C.L.R. James, Les Jacobis noirs, p. 3.

[9] Veáse al respecto: Tony Martin, “C.L.R. James and the Race/ Class Question”, Race, XIV, 1972, n. 2.

[10] “The Class Struggle” (1950), en C.L.R. James, The Future in the Present, Selected Writings, Allison & Busby, Londres, 1977, p. 132.

[11] Obrero calificado [N. del T.]

[12] En oposición al anterior, se refiere a los obreros no capacitados o no calificados [N. del T].

[13] Cf. Paul Buhle, Marxism in the USA, Remapping the History of the American Left, Verso, Londres, 1987, p. 202.

[14] Cf. C.L.R. James, Mariners, Renegades and Castaways. The Story of Herman Melville and the World We Live In, Allison & Busby, Londres, 1986, p. 22.

[15] Paul Buhle, C.L.R. James. The Artist as Revolutionary, Verso, Londres, 1988, p. 106. Nuestro breve retrato de C.L.R. James se basa ampliamente en esta notable biografía.

[16] Cf. C.L.R. James, Beyond and Boundary, Pantheon Books, Nueva York, 1984. Ver sobre este tema el estudio de Sylvia Wynter, “In Quest of Matthew Bondman: Some Cultural Notes the Jamesian Journey”, en Paul Buhle, C.L.R. James, His Life and Work, pp. 131-145.

[17] “Interview”, Paul Buhle, C.L.R. James, His Life and Work, p. 167. [Entrevista]