Por Izar Iraultza

Oye, tú que dices que tu patria no es tan linda,

Oye, tú que dices que lo tuyo no es tan bello,

yo te invito a que busques por el mundo,

otro cielo tan azul como tu cielo.  Una luna tan brillante como aquella,

que se infiltra en la dulzura de la caña  Un Fidel que vibra en la montaña.

Un rubí cinco franjas y una estrella  Cuba que linda es cuba  quien la defiende la quiere más…

Eduardo Saborit “Cuba, qué linda es cuba”

Hablar de revoluciones sociales es hablar de procesos sociales que han conmovido a la humanidad y le han intentado aportar algo. Las revoluciones son muy diversas y están siempre en función de su momento histórico. Juzgar una revolución con parámetros ajenos a su momento es una incomprensión total. Tampoco se puede pensar en las revoluciones como procesos que siempre triunfan y de no hacerlo, tales procesos no merecen tal caracterización.

Regularmente los regímenes que surgen de una revolución o incluso durante la misma, encuentran justificaciones altamente convincentes a pesar de su coherencia o incoherencia con los principios que pregonan. Así, muchos grupos sociales encuentran su defensa y justificación en un discurso verosímil. Por ello, la insistencia de los revolucionarios en la vinculación de la práctica con la teoría y viceversa: en oposición al discurso hipócrita de revolución en la teoría.

Las palabras a pesar de estar escritas en códigos y constituciones encarnan acciones. Los verbos, de hecho, implican acciones que se realizan sobre un sujeto o complemento, entonces, las leyes y en general las oraciones, son en su expresión más concreta su realización. No se justifica aquí a quienes piensan como Collingwood que las ideas anteceden a las acciones en todo momento. En ciertos casos, son las acciones las que preceden a las ideas. De tal modo que muchas veces ni siquiera se es capaz de expresar algo sucedido con claridad, o por lo menos expresarlo. Las palabras son fonemas significativos que permiten identificar, negar o atribuir características de las cosas. Aunque en realidad la adjudicación de palabras para los objetos es arbitraria, se ha complejizado tanto el lenguaje que es imposible pensar sin palabras y menos aún, actuar sin ellas.

Si las palabras no reflejaran sus consecuencias, nuestra vida no tendría sentido, ni individual ni socialmente ¿Cambiar palabras resolvería los problemas sociales, buscar sinónimos es la solución? Indudablemente el fondo del problema es la incomprensión de la dinámica social en periodos históricos determinados, por ello los hombres se equivocan a menudo, no alcanzan a comprender las dimensiones globales de sus actos, y regresan al discurso como elemento de solución.

1959-1969_10th_anniversary_triumph_

De ahí que frente a los fracasos de los dirigentes sea necesaria una retórica que haga pensar a los demás en lo contrario. Cantidad de información oficial se basa en esa máxima, ya sea en periodos de estabilidad o de amplia convulsión. Ahora bien, pretender que todo es discurso y que no existimos es un absurdo, pero sí se puede afirmar que hay una relación dialéctica entre las acciones y las palabras. Dialéctica porque son inseparables, se autolimitan y se complementan. En su aspecto más básico, las palabras son acciones (siempre y cuando se realicen), verbos, caracterizaciones (adjetivos), juicios (adverbios), pero en su aspecto más complejo revisten ideas, ideales, teorías; en una palabra: enunciados.

¿Qué es antes, la idea o la acción? Tal dilema nos llevaría a desviarnos totalmente de nuestra premisa, pero nos permite plantearla explícitamente: en ciertos momentos históricos (en este caso hablaremos de revoluciones), las ideas pueden encarnar las aspiraciones de un proyecto social o de sus actores y llevarlo a cabo más allá del pensamiento, es decir a su concreción. O sea, que en ocasiones quizás excepcionales, las ideas por sí mismas pueden movilizar a la acción.

Desde la Revolución Francesa se difundió una idea romántica de que las revoluciones se hacen porque las masas, la sociedad en su conjunto han tomado consciencia del momento histórico y de su solución. Por ello se tomó la Bastilla y hablar solamente de Liberté, fraternité et egalité era suficiente. Pero eso no es cierto, las revoluciones no suceden sino porque las circunstancias orillan a las poblaciones a actuar, porque es la última alternativa, el asalto final, la última esperanza y solución aún no agotada.

Los girondinos hablaban en la Asamblea Nacional de “expandir la libertad”, de llevar las conquistas de la revolución a todos los pueblos oprimidos por las monarquías. En palabras, la perspectiva era muy solidaria con los oprimidos, en los hechos, resultó ser un intento para desestabilizar a la Revolución y que fuera asediada por otras potencias. Pese a las verdaderas intenciones, la propuesta de expansión de la revolución es interesante porque permeó a otros revolucionarios y otras revoluciones.

Los bolcheviques, en especial Lenin y Trotsky, estaban convencidos de que sin la expansión de la revolución por Europa no podrían sobrevivir mucho tiempo. De hecho, “la revolución permanente” se basa en ese postulado. En efecto, durante un periodo corto de tiempo se pensó en expandir la revolución por el mundo con la idea de liberar a la humanidad de su opresión. La Comitern fue el mecanismo para llevar a cabo tal intento, por lo menos en sus inicios, luego se convirtió en el freno. Más tarde con la burocratización de la Revolución de Octubre, el discurso siguió siendo el mismo aunque en ciertos momentos hicieran lo contrario, por ejemplo, en España y los frentes populares o en China y la alianza con el Kuomintang. Y a pesar de que la revolución mundial era la meta final, se convirtió por momentos en un ideal y a ratos en una frase vieja. Es cierto que la URSS financió, directa o indirectamente, movimientos de liberación, pero también es cierto que siempre buscó la subordinación de tales movimientos a sus intereses. Tal es el caso en un inicio de la China de Mao o de la Yugoslavia al mando del mariscal Tito.

Los revolucionarios cubanos dieron muestra de su internacionalismo y mandaron soldados a combatir, médicos, armas y estadistas para expandir la revolución por el mundo sin buscar subordinar a nadie, aunque fueran unos “idealistas” como dice Piero Gleijeses.[1] Y esa muestra de internacionalismo es parte de un proyecto mucho más amplio, de una idea general: el establecimiento del socialismo.

Durante el siglo XX el desprestigio que sufrió el autor de La revolución permanente no ha escapado a ninguna de las corrientes del marxismo, hasta Fidel Castro escribió en 1966 “El troskismo: instrumento vulgar del imperialismo y la reacción”. Pese a todo, la revolución mundial, permanente, no es propia de Trotsky, sino que se basa en Engels y Marx y corresponde a la comprensión del capitalismo a nivel mundial, en el que el mercado ha internacionalizado las relaciones de dependencia de países no industriales a los industriales, pues de aislarse una revolución será incapaz de construir el socialismo. Como sea, proponer la revolución mundial, la solidaridad internacional, la lucha al lado de otro pueblo oprimido por el imperialismo, son ejemplos de consecuencia política. Quizás esas ideas parezcan muy abstractas, pero para los combatientes dejaron de serlo, pues impulsaban a la acción, permitían luchar por construir un mundo nuevo, mantener la esperanza en el horizonte y esforzarse por conseguir un mejor futuro.

Pero no se piense que los cubanos pudieron ser engañados por sus dirigentes, porque los voluntarios, al igual que cualquier pueblo que es parte de una revolución social que cambia, que se transforma, sustituyen la mentalidad y las ideas de sus participantes. Los hombres que fueron a luchar a África no hubieran ido a pelear tan lejos si su vida tanto material como intelectual no hubiera sido transformada por la revolución. Y sin embargo, voluntarios cubanos detuvieron el Apartheid.

El internacionalismo, la revolución mundial, la lucha contra el imperialismo, fueron ideales que movieron a la acción a millones de personas, pero en el caso cubano, esos ideales se encarnaron con mucha mayor fuerza, con mucho mayor ímpetu y conciencia.

¿Qué tiene de idealista ir a pelear a otro continente por la liberación de otro pueblo? Nada, es todo lo contrario al idealismo tanto en el sentido filosófico como en el sentido corriente que se asemeja a soñador. Esa acción fue totalmente materialista, pues no pelearon sólo ideas sino hombres, y además, hombres con un proyecto del mundo, hombres con conciencia de lo que hacían y por qué lo hacían. Combatir, construir, otro mundo a costa de la vida propia es una acción totalmente materialista, porque no es adornar el mundo de linda retórica que guste hasta a los intelectuales, sino enfrentarse a la materialidad en su sentido más palpable, y también en su sentido filosófico, de poner los cimientos para otra sociedad. Y en última instancia, esas ideas solidarias no eran más que la encarnación de la realidad de esos hombres, no como absolutos metafísicos sino como ideales viables.

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Hace dos años conocí en la Habana a un par de cubanos entrañables, solidarios, con valores culturales y humanos muy altos. Los dos compañeros han marcado mi vida, y mi forma de ver a Cuba y a su revolución. Evidentemente la sociedad cubana ha pasado y aún pasa por muchas contradicciones y carencias, pero a pesar de eso los cubanos siguen convencidos de que la revolución debe continuar. Uno de ellos me comentó que le costó trabajo entender la dimensión de la expedición a África, pero al comprenderla se sentía orgulloso de su pueblo y sin dudarlo él iría también a pelear. Hace ya varias décadas que terminó ese conflicto en África, pero en la memoria de los cubanos y de los pueblos seguirá como ejemplo de solidaridad, de convicción, de ideas claras, de principios revolucionarios.

Los cubanos estarían dispuestos a defender su revolución por cualquier medio, pues la defensa de la revolución no es únicamente la defensa de un ideal abstracto, sino la defensa de una forma de vivir, o en otras palabras: la realización de muchas ideas.

[*] Publicado originalmente en Los Heraldos Negros, número 3 (julio, 2014), pp. 16-20.

[1] Piero Gleijeses, “Las motivaciones de la política exterior cubana”, en Daniela Spenser (coord.), Espejos de la guerra fría: México, América y el Caribe, México, Secretaría de Relaciones Exteriores, CIESAS, Miguel Ángel Porrúa, 2004, pp. 151-171.