Por Ricardo Ruiz Orihuela

—Todavía recuerdo ese día en que la vida estaba frente a mí de manera obvia, mas las ganas de ir por ella y levantarla entre las manos para beberla no corrían por ninguna de mis venas. Me había quedado desanimado, con las palmas sobre las mejillas, gesticulaciones olvidadas componían mi rostro. La vida estaba ahí, esperándome, incitándome a levantarme del sillón para salir conmigo a cualquier lado. La vida quería ser vivida por mí. Yo no estaba, recuerdo, en disposición anímica como para salir a la luz de la noche, para internarme entre las luces de colores que adornan las calles; en alguna parte de mi memoria sensuales voces murmuraban sobre la vida y no eran capaces de estimularme ningún sentido. La vida estaba ahí, sin embargo a mi existencia no la encontraba por ningún lado. Pasaba saliva y el sonido de mi garganta resonaba por el cuarto. El Silencio y yo nos apoderábamos de todo, creo que ése fue el mejor momento. Él no tenía nada que decirme y yo menos tenía ganas de contarle algo. ¿Para qué? Todas las palabras del mundo parecían huir de mí; era yo, en ese momento, un carente de sentido, de emoción, de amor, de toda lógica sensible. En cambio la vida no me evadía, se aferraba a mí; ahora entiendo por qué lo hizo. Pero en aquel tiempo ¿por qué habría yo de aferrarme a ella si quien me interesaba en la vida, esto es lo más triste del recuerdo, me había alejado de la suya, por qué habría de interesarme la mía entonces? No olvido esa pregunta. Complicado es perder el interés por la vida; mas cuando lo haces, ya desde entonces lo entendía, puede pasar todo y te das cuenta que no pasa nada. Puedes dejar esperando a la vida misma y no pasa nada: ella siempre está ahí. Así te mueras la vida siempre está presente. El Silencio y yo callábamos eso, no por temor o algo parecido sino porque era de poca importancia hablar sobre lo obvio. La ausencia de sonido era perfecta para esta noche. Hasta que de repente el Silencio me abandonó. Se fue. Me dejó solo conmigo mismo. Una voz apareció. ¿De dónde salió? No tengo la menor idea todavía de cómo es que el mundo del lenguaje se me abrió esa noche; no sé por qué pasó así. Sólo recuerdo que unas voces sonaron:

—En verdad creo que el tipo ya está muerto. Lleva toda la tarde así. Se desapareció el sol y se me figura que él lo acompañó. Ya vamos para la media noche y el tipo sigue igual: inmóvil. Para mí que se ha muerto en vida. He escuchado decir que es posible estar muerto en vida. Nada más míralo con atención, sus ojos parpadean pero su alma no brilla por ningún lado. Algo desde muy dentro lo abandonó.

—¡En verdad que dices puras estupideces!

—Tú porque no entiendes de estas cosas, los tontos como tú jamás trascienden el sentido de la vista, menos logran pulir su sensibilidad para poder interpretar la mirada de alguien y así percatarse si la persona está o no viva… ¡Qué va!

—¡Ya cállate! Vamos a ver qué hay de comer. Aprovechemos que el tipo, como dices, está muerto en vida y comamos. ¿O prefieres alimentarte de su muerte interna? Anda, muévete, que estamos de suerte, continúan nuestras marcas, el cloro hoy no pasó por la cocina.

Las dos cucarachitas comenzaron a moverse hacia la cocina. Con velocidad dada por el hambre recorrían los caminos ya bien marcados químicamente. Las veces que pasaba el trapo con cloro por ahí solían atontarse y algunas terminaban perdidas. Pero en esta ocasión no corrían ningún peligro. El hombre sólo se quedó pensando y se dijo:

—Yo no sabía que la señora Gertrudis limpiara la cocina con cloro. Y yo que pongo mis galletas sin el menor cuidado. No sabía ni que podía escuchar a dos cucarachas interpretando mi imagen nocturna. ¿Y si tienen razón? Tal vez es eso lo que me está pasando: ya estoy muerto en vida. ¡Pero respiro! Son más filósofas que muchos humanos que conozco. ¡No me moveré! A lo mejor estoy alucinando. ¿Será que la muerte quiere que escuche las impresiones que dos cucarachitas tienen de mí? Tal vez y ahora es la voz de la muerte la que suena para mí.

—¡Pobre tipo! Reflejo del hombre: vivo y muerto. Tiene la vida frente a sí mismo y la deja, la ignora, la omite; ¡vaya lujo que se dan los hombres! ¿Ya encontraste algo?

—¡Ya! Gotas de aceite por aquí y por allá. Nos espera un festín esta noche. ¡Ven y deja al tipo en paz!

Las cucarachillas toda la noche gozaron del aceite y moronas de pan molido. Toda la noche al terminar su cena conversaron de tantas cosas, de tantas interpretaciones sobre el hombre que se dieron el gusto de componerle unos versos:

“Tú que te das el lujo de morir, no te vayas a negar la existencia.

Al rato que amanezca para ti, puede ser que te des cuenta

que la vida vale y por ella hay que sufrir; muere y anda, nace junto con el alba”.

—Desde entonces prefiero escuchar a las cucarachas, a las moscas y a todos los insectos antes que volver a sufrir por la voz del hombre. Esa noche, recuerdo, fue una de mis mejores noches de juventud.

—Pero abuelo, ¿cómo es que no me habías hablado de esto?

—Razones hay muchas. El hombre no siempre está preparado para escuchar cosas importantes sobre el mundo, sobre la vida, sobre sí mismo. Los tiempos de cada hombre sobre el mundo son distintos para recibir ciertas ideas. Hay quienes nunca las reciben y no por ello quiere decir que sean menos o que su felicidad sea incompleta; el decir que hay cosas importantes por escuchar, significa que se abre el mundo de otras maneras y la felicidad se va concentrando en cosas simples. Ahora me parece que tú estás listo para escuchar y comenzar a ser inestable con la lógica del hombre, esto con la finalidad de ir conociendo su mundo para que empieces por tu cuenta a levantar el tuyo; no puedes crearte un mundo solo porque necesitas del mundo histórico para crear el tuyo; quien no lo conoce vive un sólo mundo: el de la vida; vive por vivir. En cambio la existencia es una de las cosas para las cuales no todos los hombres están preparados porque su mundo no las necesita. Uno se prepara sólo para aquello que necesita el mundo propio. El tuyo quiero que sea otro: Quiero que te prepares conociendo e imaginando mundos, que sea el tuyo único y no el de muchos. Necesitas construir el mundo a través de ti. Una vez que empiezas te das cuenta lo que significa que la vida esté ahí: si está frente a ti es para que hagas algo con ella. Uno debe aprovechar la vida para existir a placer… Para hacer cosas únicas con la vida… ¿Quieres una cerveza?