Por Juana M. Macedo

A propósito de la activación de la Fase I de contingencia ambiental los pasados días, derivada principalmente por la elevada concentración de ozono en la atmosfera de la ciudad y su zona metropolitana, cabe hacer un sencillo análisis sobre la “lógica” en el plan de acción, con el objetivo de bajar los niveles de contaminantes, puesto en marcha por la mediocre e ineficiente política ambiental que impera en esta ciudad.

Y es que para ningún habitante de la CDMX es un secreto que la calidad del aire es muy mala, casi todos hemos visto la nata de gases que la viste y, peor aún, hemos sentido sus consecuencias, expresadas en diversas afecciones de las vías respiratorias, lo cual no es trivial, ya que de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS) en el año 2012, una de cada ocho muertes mundiales se vinculó al aire contaminado[1]. Estos indican que nuestro hogar no es un caso aislado en el mundo, ciudades como Pekín respiran un aire muchísimo peor que el nuestro. Si el lector me permite decirlo, esto es irónico, porque la atmósfera es el recurso natural más grande compartido por todos los seres vivos, además es dinámica, lo que quiere decir que muchos de los gases producidos en una zona van a ocasionar estragos en otras.

Pero, ¿de dónde proviene la mala calidad del aire de la ciudad que alguna vez fue la más transparente? En principio se debe a gases como óxidos de nitrógeno (NOx) y compuestos orgánicos volátiles (COV), ambos precursores de ozono, así como a partículas cuyo tamaño es de 10 y 2.5 micras (PM10 y PM2.5, respectivamente), óxidos de azufre (SOx), dióxido de carbono (CO2) y metano (CH4). Esos compuestos son emitidos, principalmente, en un 46% por los vehículos que circulan en la ciudad, en 21% por la industria, 20% es de origen habitacional y 13% es producido por otros factores, por ejemplo, la agricultura.[2]

Es decir, casi la mitad de los gases que causan tantos estragos en la salud tienen origen en la necesaria movilidad de las personas que habitamos la ciudad de México, ya que la mayoría hace uso de sus vehículos particulares y transporte público. Desde la década de los 80, el incremento del número de vehículos con motor que circulan por la ciudad se ha incrementado al doble (Figura 1), pero es en la última década en la que su crecimiento ha sido muy acelerado, esto en comunión con la fantástica idea de que es necesario el crecimiento de la industria automotriz en el país, como medida del desarrollo económico positivo y aceptable.

Figura 1. Incremento de vehículos con motor en la Ciudad de México

Figura 1. Incremento de vehículos con motor en la Ciudad de México

Fuente: Elaboración propia con base en datos de INEGI, 2014[3]

Ya en el tema de la política ambiental, otro hecho importante de recalcar es el nulo fortalecimiento del transporte público, porque quién en su sano juicio decidirá dejar su cómodo automóvil para enfrentarse a la odisea que implica llegar puntualmente al trabajo, utilizando el metro, metrobús, autobuses, taxis y no se diga de los  microbuses. El que durante la contingencia el metro y metrobús hayan sido gratuitos sólo deja ver que no hay una política con objetivos claros ni planes de acción a largo plazo que desemboquen en la mejora de la calidad del aire, pues dados los términos en que se planteó esta medida, no hubo mejoría significativa en la reducción del uso del automóvil y, por ende, en el objetivo final de disminuir las partículas contaminantes de la atmósfera del Valle de México.

Queda claro que en el tema ambiental de la calidad del aire, no es el gobierno el único actor (pero sí el responsable de implementar acciones efectivas), puesto que cada habitante contribuye en mayor o menor medida con su dosis de contaminación, contribuir con su solución nos corresponde a todos, aquí nadie puede evitarlo, los gases y partículas no discriminan, se introducen en las vías respiratorias de todos, impactando de forma diferente según la edad o los antecedentes de enfermedades respiratorias, el hecho es que nos afectan, quizá sea un llamado para un consumo más responsable, una movilidad más sustentable y la implementación de políticas públicas basadas en los ciclos naturales y no en el flujo de dinero, porque nadie puede evitar respirar las “externalidades” del capitalismo de la ciudad.

[1] “La contaminación del aire urbano, un grave problema”, en Sostenibilidad para todos, 26 de marzo de 2014. En línea: http://www.sostenibilidad.com/contaminacion-aire-urbano Consultado el 17 de marzo de 2016.

[2] “¿Quién contamina el aire de la ZMVM?”, en CDMX, recurso electrónico en línea: http://www.aire.df.gob.mx/default.php?opc=%27ZKBhnmI=%27 Consultado el 17 de marzo de 2016.

[3] “Vehículos de motor registrados en circulación”, en Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), recurso electrónico en línea: http://www.inegi.org.mx/est/lista_cubos/consulta.aspx?p=adm&c=8 Consultado el 17 de marzo de 2016.