Por Amanda Kriemt

“Otro cadáver de una mujer de aproximadamente 23 años fue hallado en ciudad Juárez…”

La violencia hacia la mujer se ha convertido en una constante tan cotidiana como el mal funcionamiento de las instituciones en México. Ambos elementos están ligados de una manera casi inseparable, al grado que más de 20 años después poco se ha avanzado en el esclarecimiento de los más de cientos de asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez entre 1993 y 1998; situación que va aunada a la cultura de sujeción femenina tan cultivada y practicada en este país y, en general, en América Latina.

“Se trata de la quinta mujer asesinada en lo que va del mes…”

Recuerdo mi infancia y es crudo mirar cómo crecí con las noticias, casi a diario, informando sobre el asesinato de otra mujer en Juárez. Mi generación creció y vive con esa cultura: en la televisión, en los periódicos; la muerte de mujeres desconocidas para nosotras es algo que aprendimos a percibir como algo natural, algo que sucede a diario, algo que sólo se muestra pero sobre lo cual poco se hace para evitar, para censurar, para penalizar.

“Sin presuntos culpables, se presume que otra vez se trata de una joven empleada de una maquiladora de la zona…”

La situación de vulnerabilidad (pobreza, ser mujer) en la que a diario vivimos las mujeres no puede continuar. Deberíamos emprender acciones encaminadas a la protección de los derechos de todos, protegidos por todos. Acciones desde la sociedad civil, pero también desde las autoridades, éstas deberían dejar de lado su conocida indiferencia y actuar lo suficiente en la resolución no sólo de las muertas de Juárez: hoy el país parece desmoronarse en cada una de sus regiones y en cada una de sus instituciones.

“Las autoridades apuntan que aún no hay indicios de quién pudo haber cometido este asesinato o si podría tener alguna conexión con los anteriores…”

Han pasado más de 20 años, los familiares de las víctimas (muertas o desaparecidas) continúan exigiendo justicia: un grito que se siente amargo por el paso del tiempo, que no encuentra oídos a donde llegar, un grito de desesperación, un grito justo, un grito que pone en evidencia (también en este caso) la impunidad que impera en el país, la ineficiencia de las autoridades (por mero desinterés) y también pone en evidencia lo grave de la cultura que se sigue reproduciendo y que vulnera a los de por sí ya vulnerables.