Por Edgar P. Moreno

Cuando camino por las calles de esta ciudad veo espectros que murmuran secretos, huellas inscritas en la superficie mnémica de una ciudad porosa revelada con los pasos; esa urbe del pasado anhelado que escapa a la consciencia del presente, una aparición, la ciudad fantasma construida con sombras que develan su imagen repleta de ecos, de voces que la reconocieron; esa misma ciudad de cadáveres atestada de sangre, sufrimiento, imposiciones, catástrofes y de cascarones de piedra vacíos. Los monumentos, tumbas supervivientes dedicadas a la memoria, son prueba de la existencia de lo que alguna vez fue esta ilustre Ciudad de México.

Nuestros pasos nos llevan a transitar por espacios de incertidumbre, lugares donde el cuerpo tropieza con lo inesperado. Recorrer las calles del Centro nos enseña a reconstruir una historia que nos pertenece a todos sus caminantes. Las calles fungen como hojas de un diario donde se registran las memorias de una vida múltiple que parece nunca terminar. La historia de nuestras vidas es la historia de un viaje por la ciudad, un palimpsesto de memorias que atraviesan el tiempo una y otra vez en cada generación, y que se despliegan al poner los pies sobre el camino. Cada que la recorremos, reconstruimos la ciudad a través de la memoria.

Fuera del metro Hidalgo, la figura de Francisco Zarco se descubre envuelta por espectros humanos mendigando su aparición, obscenamente implantados en el paisaje para ser ignorados, son casi pornográficos, y no por su desnudez, sino porque es tan explícita la salacidad y vejación de su imagen, que se vuelven invisibles, inmirables si se me permite decirlo; se convierten en una normalidad que todos distinguimos pero que preferimos desconocer, guardarlos como un secreto que nos llena de culpa.

La ciudad monstruo nos engulle, regurgita y escupe convirtiéndonos en desecho, pero ¿por qué la amamos?, ¿por qué nos es imposible dejarla? Esta ciudad más que un escenario, se trata de un recorrido, del encuentro de un cuerpo, del cuerpo amado y deseado, pero también aborrecido. Recorrer se conforma como un proceso de revelado, ir al cuarto oscuro para exponer el negativo, pero todo cuerpo erótico es siempre un cuerpo velado, a diferencia del pornográfico que se rev(b)ela a plenitud. Nuestros pasos lo descubren, lo desnudan. Caminamos la ciudad porque la deseamos, porque queremos poseerla, tomarla como un cuerpo cálido que nos espera en el lecho para revelarnos sus secretos más recónditos; no es suficiente con observarla, tenemos que escucharla, olerla y palparla; agotar nuestros sentidos, terminar exhaustos.

Pero para un indigente o una prostituta las calles distan mucho de ser ese cuerpo cálido y amoroso, se transforman en un organismo feroz, un ente frío que violenta los sentidos transgrediendo la dignidad de cuerpos tendidos en charcos de orina, llagados y con la mirada perdida; un contenedor de excreciones sociales, que irónicamente también juega el papel de refugio; no hay otro lugar a dónde huir, la calle siempre nos guarece, nos acoge indiscriminadamente permitiendo que una endeble seguridad haga lugar en nosotros.

La ciudad se alimenta de nuestra curiosidad adolescente, nos abre los sentidos y suelta nuestras piernas. Ciudad profana que nos conduce a la embriaguez, a entregarnos al éxtasis de los edificios, gritos, escaparates, cines, escuelas, plazas, parques, amores, sexo, peleas, robos, muerte… No hay más remedio que desmembrar esta ciudad trozo a trozo. El caminante elige dejar de hacer para comenzar a andar, pero caminar es en sí un hacer, un proyecto en ejercicio que se transforma con cada paso y con cada lugar que se visita. Caminar se trata de desplegar el cuerpo en el espacio dentro de un acontecimiento en gerundio.

Vivimos la ciudad a través de la memoria, caminamos el 68, comemos en la Concordia, vemos la matiné del cine Latino y morimos en el 85. Cada vida, cada una de las personas que ha vivido aquí, ha contribuido a la historia de esta ciudad. Duele ver las piedras rotas, volver a sentir un temblor que destroza la ciudad, porque esas piedras son más que simples objetos, se trata de nuestros recuerdos: las historias de nuestros padres y abuelos, los lugares de nuestro primer amor, las cervezas con los amigos y las charlas de cómo pensábamos cambiar el mundo. Me parece obsceno observar fotos de cómo quedó el hueco de ese edificio abatido, lástima.

Caminar en la Ciudad de México es navegar entre canales de agua asfaltada, navegar a la deriva sin saber dónde embarcar; cada viaje asemeja a una odisea para descubrir un nuevo mundo. Navegar de Rosales a Circunvalación; de la Alameda a la Merced; de San Gabriel a la Lagunilla. El niño que caminaba de la mano de su padre por San Jerónimo, agobiado porque todo le parecía un laberinto, ahora sabe que se trata sólo de una cuadrícula llena de puertas, tiempos suspendidos que nos conectan con épocas distintas. Pero este idilio con el pasado se fractura con los espectros, con las mujeres carbonizadas y los varones morenos de soledad (como diría Efraín Huerta); con los esquizofrénicos y todos los abandonados. No soy un hombre, sigo siendo ese niño que camina del brazo con su padre, asustado por el hambre y el abandono de tantas personas degradas. ¿Puedes ignorar la miseria escondida?, ¿se puede caminar con la conciencia tranquila, pensando que como salimos a ayudar un 19 de septiembre entonces eso es suficiente y todo estará bien?

La tan ansiada novedad siempre hace estragos en una ciudad vieja, quizá sea hora de superar nuestro pasado, pero me parece imposible ignorar los recuerdos de Zarco, de Gutiérrez Nájera, de Marroquí, de Novo, de Rulfo y de Huerta, los veo cada día alrededor de la Alameda; tampoco puedo olvidar la violencia y crueldad de esta ciudad que se comporta como mártir y verdugo. Cada tarde que regreso a casa y cruzo por la Alameda Central, la réplica en bronce de la escultura de Contreras se empeña en repetir algo que ya sé, que siempre he sabido, Malgré tout… a pesar de todo, no puedo dejarte, porque todo gran amor es una especie de castigo.

“Bicicleta Latinoamericana” hecha en el 2016 por Mario Guerrero, un indigente que vivía alrededor del Barrio Chino en el Centro.