Por Juan Rodríguez Pérez

      La ciudad, tan etérea y paradójicamente llena de vida, seguía allí tras la abertura incierta de mis ojos.

Ciudad. Calles. Pavimento. Tedio que se respira en cada rincón colindante con las estrechas avenidas, donde bajo los suelos cementados yace un subterráneo y empedrado camino que me invita a entrar, a transitar, a sumergirme en las huestes funestas de la gran metrópoli —¿es “gran”, acaso?— habrá que averiguarlo.

La gris. La obscura. La nostálgica. El árbol que agoniza sin quererlo ni premeditarlo. La palma que se acomoda en los brazos metálicos de una bicicleta aprisionada. Los pasos; sí, las huellas del destino mismo plasmadas en pequeñas tabletas de ladrillo que salen de sus cuencas, porque son los ojos de las grandes estructuras, los ojos y oídos de aquello que incólume, permanece observando con detenimiento los cielos absorbidos por las nuevas capas de humo y niebla espesa, pesada, crítica.

Se deja recorrer tras una petición más que formal. La ciudad no se anda con cuentos, pues con su coqueto e invisible mirar nos invita a sumergirnos en sus callejones, pasadizos y encuentros laberinticos con la realidad establecida.

Se palpa. Se toca. Se emana. Sí, la ciudad expide un olor particular, que se impregna a los abrigos de los transeúntes; aquellos que moran de aquí para allá, con el afán típico de un reloj en estado frenético. Los zapatos lustrados y los maletines de cuero son sus grandes prisiones; o alas, dependiendo desde donde se observe, se analice, se comprenda.

Y yo lo hago desde una esquina, un punto equidistante y a la vez conexo. Un inicio y un fin taciturno. La forma más simple de ser escoltado por las texturas urbanas de la tarde.

Allí, frente a mis papilas enrojecidas, se observa el panorama típico de ciertas ciudades: unas calles con casas permeadas de aroma colonial, con sus techos rojizos esperando con paciencia ser destruidos con el paso del tiempo, con sus polvorosos marcos de madera en las ventanas, con sus gruesas puertas que son abrigadas por una pesada aldaba, con formas silenciosas, tácitas, con ánimos inhóspitos de remembranza.

Ahora, para la sorpresa de la lluvia que golpetea sobre mi cabeza, la cuadra siguiente si bien posee el aspecto colonial de la historia poco relatada o escasamente recordada, contiene negocios de comidas rápidas tan propios de la época actual, como el suspiro que desencadena la búsqueda de un cigarrillo entre mis empapados bolsillos.

En efecto, así como podría conversar con el teniente Ricaurte envuelto en átomos explosivos, puedo también solicitar una hamburguesa libertaria, con salsas patrióticas y una servilleta que dicte los Derechos del Hombre, impresa por alguna ya oxidada imprenta (perdida, olvidada, extraviada).

Más adelante, lo que permite ver la ruinosa lluvia es un edificio elegantemente alto. Sí, la proximidad del último piso con las cercanías jubilosas del cielo es máxima. No falta mucho para que el techo del gigante destruya las nubes esponjosas establecidas en la sábana azulosa de los atardeceres. Quizá la altura del edificio es directamente proporcional al nivel de entierro, en el cual se encuentran las piedras antiguas que construyeron las primeras grandes civilizaciones.

Los edificios. Las multitudes. Las bicicletas. Los árboles hacen lo imposible por respirar, estirando sus ramas alrededor de paredes rasguñadas por el tiempo ya lejano, resguardado, escondido.

En la cuadra frontal al edificio magnánimo, y casi sin quererlo, se establece un río creyente, católico, que le reza a las mareas altas y le esparce incienso oloroso a las mareas bajas.

Sí, es el Río Arzobispo. Y dialoga con el gran edificio que, ante la lejanía de sus ventanales enormes frente al meneo apaciguado del agua sobre los canales de ladrillo, sólo escucha ecos provenientes de un viento estrepitoso, que se va esparciendo mediante la lluvia que pesa sobre los caminantes, que cada vez ahogan con mayor vehemencia sus dedos sobre los huecos de las calles, sobre lo que eran piedras y ahora son albergues de pequeños riachuelos fugaces. El edificio, la irrevocable estructura, se posa al lado de un pequeño callejón, tan incierto y delgado al que sólo se puede llegar al otro lado en fila india. Tremendo panorama.

Y al lado de aquel negocio colonial de comidas rápidas, los árboles toman por asalto las avenidas adornadas por los pitidos de los carros, los alegatos de los perros y los ladridos de los humanos para crear un espacio verde que huele a limpio en las tardes y navega por los perfumes ardientes en las madrugadas: El Parque. Sí, donde las familias y los enemigos solitarios se reúnen en dispares momentos cotidianos. Aquel sitio herbáceo, donde el fútbol es un honorable rito y la orina de los perros parece provenir de aspersores colocados estratégicamente frente a los ancianos que, en completa concentración, leen las mismas revistas antiguas una y otra vez, deslumbrados por la particular armonía que la voz de su cabeza desprende al acompasar el paso veloz de los automotores.

El Río permanece incólume, firme, atento a su tarea de sopesar los tiempos citadinos, ya cambiantes, ya manejados, controlados, presionados. La lluvia cesa, como todo; el camino prosigue, no sin antes establecer un bullicioso diálogo entre los pedazos urbanos del gran rompecabezas de la ciudad, con la marea natural de los tiempos medianamente olvidados, pero conservados. No se olvidan los caminos de tierra que fueron en algún momento albergue de pies descalzos, para luego mediante la transformación en piedras y senderos de alfiler, sentir sobre sí el paso de carruajes y cascos equinos que galopaban con la firmeza de los años y la experiencia de los daños.

Finalmente, son grandes carreteras de asfalto las que observan nuestros zapatos agujereados. Nuestros pasos interminables hacia ciudades escritas, soñadas, imaginadas.

Ciudad. La noche. El momento de dormir. La coqueta nos abraza con sus cerros en vez de brazos, y emana silencios de sus árboles, enloquece a los caminantes con licor y cafeína; para luego dejar el murmullo de madrugada entre los cuatro grandes fundadores de la ciudad, de la realidad: El Río que paciente observa junto a los árboles que en quietud perviven, la casa colonial que espera su deceso, la hermana de ésta que prefirió estilizarse; y el edificio, la torre, el gran espejo que duerme silencioso recostado sobre las nubes.