Por Efraín Moctezuma

Los amaneceres en los pueblos de México parecieran todos iguales, un denso humo de carbón y madera al fuego, café, tortillas y repentinas olas de aromas de vacas, establos y caballos. Pisos de tierra y techos de lámina, puertas improvisadas de madera o lata. Agua en toneles de lámina oxidada, filas de cubetas y trastes economizando hasta la última gota. Pareciera increíble que a diez o quince minutos de la urbanidad, plazas comerciales y tiendas de conveniencia, se disipe el polvo permutando por esmog. Es como cruzar una densa niebla miserable, un portal dimensional que te lleva a los encantos de la urbanidad donde hasta el nombre se borra y se convierten todos en autómatas atrofiados impersonales, ajenos desconocidos, los otros de los otros.

Sofía de cinco años se alista para la escuela, limpia sus zapatos sabedora de lo infructuoso del trabajo, pues tanto la casa como la calle son lodazales en lluvias y polvosos desiertos en sequías. Se amarra el cabello, se sube las calcetas y se acomoda el cuello de la camisa, que pese a lo percudido, es impecable, limpio y planchado. Ayuda a su hermano Leonardo de tres años, asea sus zapatos, lo peina, alista su mochila mientras Verónica, su madre, calienta leche en una olla y se estremece, se dobla, suda en una contracción dolorosa que la entume por completo. Sólo unos segundos pasan cuando Verónica los llama, les sirve leche en vasitos de plástico, les da un trozo de pan de fiesta y les entrega en bolsitas de plástico su torta de frijoles y una fruta para la escuela.

No han pasado muchos años desde la adolescente Verónica, de aquella chica enamorada en la secundaria, de las fiestas, el jolgorio. Del sueño de dejar el pueblo polvoso e integrarse de una vez por todas al progreso. Esos años de la pueblerina mutante en urbícola a medias. De aquel novio atrevido, rebelde, dueño de sí mismo, de sus actos y de su estupidez inconmensurable. Verónica estaba enamorada, y al salir de la secundaria sucumbió al poder de las hormonas y se embarazó. Nunca supo lo que era un orgasmo, ni la seducción, ni mucho menos el amor. Sólo se embarazó. Rafa, el galán, el hombre, aceptó su responsabilidad y se la llevó a vivir con su familia. Era todo un hombre de trabajo, sólo que no tenía trabajo. Pero qué va, estaban enamorados y pronto algún primo le ayudaría a entrar de chofer a la ruta de transporte público que iba del centro de la ciudad al mísero pueblo donde vivían. El amor no duró mucho tiempo, apenas crecía Sofía en el interior de Verónica el amor se fue esfumando y el miedo llegó. Rafa nunca estaba y Verónica se volvió una molestia ajena en casa de nadie. Al nacer Sofía se quedó sola en un cuarto contiguo atravesando el patio de la casa de sus suegros. Buscó trabajo ayudando en una mísera fonda, alternando las horas de amamantar a Sofía, que es lo único que la hacía sobrevivir. De nuestro galán Rafa sólo podemos decir que era como una aparición fantasmal que en ocasiones volvía como pesadilla para violar a Verónica y largarse perdidamente borracho. Así transcurrieron tres años, hasta que Verónica se volvió a embarazar en una de tantas visitas esporádicas de Rafita, y como Verónica no tenía a donde ir, volvió a quedarse sola y con dos hijos.

En la orilla de la banqueta, Sofía y su hermanito agarrados de la mano, se sientan y contemplan su pueblo polvoso. Verónica se recarga en la pared, enferma, pálida, flaqueante. Se asoma un diente de león desde el intersticio que deja el cemento quebrado donde se acumulan cantidades ínfimas de tierra germinal. Se abre paso la vida, dijera Verónica a su hija, que adivina sus pensamientos y sus palabras. Sofía lo toma y lo arrebata, contempla sus delgados pétalos brillando al sol. Hace un gesto de soplar al viento el diente de león para verlo alejarse en espectáculo matutino pero de último momento se arrepiente, puede que haya otro momento más indicado.

Pasa uno y otro autobús atascado de gente, apretados, parados en los estribos, jóvenes con audífonos ajenos a la miseria de esta tierra. Madres abrazando a sus hijos y mitigando el frío de la mañana con una cobijita deshilachada. Chicas con minifaldas tratando de estirarlas hasta los tobillos para evitar las miradas morbosas. Adolescentes encandilados, cotorreo cotidiano. Choferes de primera hora con torta de tamal en mano, pasando cambios, mordiendo la torta, bebiendo el atole. Olores matinales de camión, la humedad condensada en los cristales, pisotones, empujones, manoseos. La región de los iguales de Manuel Acuña, donde el hediondo y el perfumado, el pobre y el clase mediero, el estudiante y el empleado, el albañil y la secretaria, la enfermera y el cantante son la misma masa amorfa que compone el caldo social, el ades nahuatlaca.

Diente de león- Angélica Montiel Flores

Una combi semi vacía se detiene, Verónica y compañía suben no sin mucho esfuerzo. Paga dos pasajes y el chofer le indica en un tono poco caballeroso que el más pequeño también paga. Verónica se estremece ante un nuevo espasmo, una contracción violenta. Verónica no responde a la “sugerencia” del chofer que le pide el pasaje del más pequeño. Verónica se busca infructuosamente en el bolsillo sin esperar obtener nada. Un hombre con sentido común se busca en el bolsillo del pantalón, toma unas monedas y se las arroja en la marimba al chofer. Toma unas cuantas más y le dice con voz alta pero serena que se compre también medio kilo de vergüenza. El chofer tuerce el gesto, guarda silencio, no recoge las monedas.

Verónica y sus hijos ocupan un asiento doble. Sofía mira por la ventana mientras abraza a su hermanito, sentados y sin quitarse las mochilas. En la mano, Sofía aprieta con su puñito menudo el diente de león. La combi avanza despiadada, indolente con los baches y los topes que no representan obstáculo alguno. Verónica se sostiene del tubo del asiento, se estremece, se duele, exclama apenas un lamento audible al oído fino. Una mujer pregunta si se siente bien. Una lágrima dolorosa corre por la nariz de Verónica y humedece sus labios. Palidece aún más, respira, exhala, resopla. El parto es inminente, inexorable, sabe que no llegará al hospital y sin poder evitarlo grita. Parece desfallecer. Una señora la toma del brazo, Verónica se apoya. El chofer voltea, mira por el retrovisor y no sabe qué pasa, voltea de nuevo y descuida el volante, se salta un tope, uno más a la cuenta pero éste entra en la categoría de loma. Saltan todos dentro de la unidad de transporte público, hay reclamos, enfados, mentadas de madre, Verónica grita. Sofía y su hermano parecen asustados, sólo un poco. Sofía sostiene su diente de león abrazando a su hermano. Lo mira, le pide un poco de suerte, respira suave y lento para no exhalar un aliento violento que se lleve por accidente sus delgados pétalos. El chofer orilla la unidad, ahora está más pálido que Verónica. Al abrir la puerta algo sucede, el piso esta mojado, a Verónica se le rompió la fuente. Un hombre toma su chamarra y la pone en el piso, recuestan a Verónica. Alguien llama a la Cruz Roja, que con suerte llegará en dos horas y cobrará un anticipo de 300 pesos si quieren que se lleve al paciente, puesto que estará en “estado consiente y estable”, según ellos. Además de la manoseada y la báscula, donde si traías alguna baratija: reloj, pulsera, cadenita, medalla, aretes, cartera, cambio, monedas, celular, etcétera, que por disposición no oficial pasará a su resguardo e inmediata adjudicación para después proceder con la repartición entre los paramédicos.

Sofía y su hermanito se bajan de la unidad y juegan con la hija de una de las pasajeras, la combi se transforma en una sala de partos. Todos se mueven, se agitan, gritan, dan consejos, sale de algún lado la partera improvisada que se esteriliza las manos con una botella de agua y se seca con la pulcra franela del chofer. Demasiada dilatación, sudor y lágrimas, no tardara mucho esa criatura en llegar al mundo. Se asoma un pequeño cráneo, a Verónica sólo le queda sujetarse con todas sus fuerzas de la base de los asientos del colectivo. El chofer se asoma, se desmaya, Rebota contra el costado de la unidad y cae al piso cual trapo viejo. Los niños juegan ajenos a lo que sucede en el interior de la unidad de transporte. Sofía mira de reojo, sabe lo que sucede, que vendrá un nuevo hermanito. Quizás teme, quizás le asustan los gritos de su madre, pero se mantiene firme sin soltar su diente de león, a quien le pide un poco de suerte.

Conglomeración de gente, arremolinados contemplan el espectáculo de la vida. Se estacionan los triciclos tamaleros, se asoman los vendedores de periódicos. Algún chismoso llamó a la estación de radio local encargada de dar los chismes y notas rojas en aparente red informativa; se escucha en el radio el anuncio amarillista: “una mujer da a luz en bulevar Xonaca”. El chofer yace sentado en la banqueta, aún trastabilla al ponerse de pie. Avergonzado, le compra a Sofía y a su hermanito un tamal de dulce y un  champurrado. Se oyen más gritos, un llanto, emotividad, aplausos, lágrimas, llanto de niño, llanto de los espectadores. Verónica abraza a un nuevo ser envuelto en un suéter de uniforme de secundaria con el escudo del gobierno. La partera sale y abraza a Sofía y a su hermanito, les dice que un nuevo hermano ha llegado. Sofía está feliz, ha sido un buen día, han tenido suerte.

Suerte, el único patrimonio de los jodidos mexicanos. Vuelan pequeñas estrellas aterciopeladas que resplandecen al brillo matutino del sol. Sofía, ha soplado su diente de león.