El mundo se construye de una y mil formas, desde las alcantarillas sucias y enfermizas de los países pobres y colonizados, hasta las proyecciones que se hacen sobre el universo y su origen. En tales construcciones están inmersas miles de manos anónimas que se apoyan una sobre otra para crear y erigir el mundo material, tal y como lo percibimos; pero a la vez, dichas manos se apilan para abrir horizontes y crear utopía, crear lo que no existe ni ha existido jamás, pero que puede llegar a ser.

Para construir la utopía se necesita mirar en el polvo y en los recuerdos, sólo de esa forma es posible reaprehender lo que gravita imperceptiblemente para los ojos, pero que habita en cada uno de nosotros, como una carga de miles y miles de años que se acumula con cada segundo que acontece. Los visualizadores y aprehensores de esa carga son todos aquellos hombres y mujeres que han irrumpido y destruido la normalidad para trazar nuevas perspectivas, nuevos sueños, nuevas metáforas y nuevos valores, porque todos los revolucionarios son soñadores, golpeadores de un pasado en que se reconocen pero que debe ser superado; artesanos de un porvenir que palpita en cada uno de ellos y aspira a redimir a todos los muertos que han sido víctimas de un presente que no era/es para ellos, pero que se erige sobre su sufrimiento.

Los revolucionarios surgen en cualquier lugar en que habita la injusticia y la desigualdad social, en cualquier momento en que la consciencia impulsa a terminar con las atrocidades de un presente determinado y cambiarlo por otro. Desde Espartaco hasta Ho Chi Minh, todos los revolucionarios son caminantes del espacio en busca de su propia revolución, estrellas en busca de galaxias; por desgracia, no siempre coinciden en tiempo y lugar.

Y, desde luego, no queremos (y bien sabemos que no recibiremos)
piedad ni perdón ni conmiseración,
Quizá ni siquiera comprensión, de los hombres mejores que vendrán
luego, que deben venir luego: la historia no es para eso,
Sino para vivirla cada quien del todo, sin resquicios si es posible
(Con amor sí, porque es probable que sea lo único verdadero).
Y los muertos estarán muertos, con sus ropas, sus libros, sus
conversaciones, sus sueños, sus dolores, sus suspiros, sus grandezas,
sus pequeñeces.
Y porque también nosotros hemos sido la historia, y también hemos
construido alegría, hermosura y verdad, y hemos asistido a la luz, como
hoy formamos parte del presente.
Y porque después de todo, compañeros, quién sabe
si sólo los muertos no son hombres de transición.[1]

Y sin embargo, su esfuerzo puede ser recordado y trasmitido a nuevas generaciones. Por ello, en el siguiente número de “Los Heraldos Negros”, queremos reflexionar y difundir la vida de distintos revolucionarios y revolucionarias de diferentes latitudes y épocas. En el presente número presentamos biografías de distintos revolucionarios que lo fueron desde diversos frentes y con actitudes diferentes ante la adversidad, críticos del mundo, personas que con su pensamiento y acciones se opusieron a la explotación, actores de revoluciones en distintas latitudes (Cuba, Ucrania, México) y que hoy queremos recordar como un camino para lograr que la utopía deje de serlo y la justicia sea alcanzada. ¡Los invitamos a ser parte de este recorrido!

Fuego-Héctor Mateo

Fuego-Héctor Mateo

Desde la selva de concreto del infierno mexicano.

“Luchamos para hablar contra el olvido, contra la muerte, por la memoria y por la vida.”

 Comité Editorial Revista “Los Heraldos Negros”.

[1] Roberto Fernández Retamar, “Usted tenía razón, Tallet: somos hombres de transición”.