Por Esteban Juan Sotolongo Carrington

A pocos les importaba el bamboleo de un transporte que prometía dinamitar los intentos por llegar a Cárdenas. Los terrenos estatales, maleza tras maleza cercada, resultan ser tierras endurecidas por el tiempo y la testarudez humana.

Fuimos recibidos en una especie de motel, donde un promotor cultural apelando a las relaciones de consanguinidad o empatía intentaba buscarnos alojamiento. Yo no conocía a nadie, pero él se cuidó de explicarme sin ambages: Un billete resolverá todos los problemas.

El primer día resultó tormentoso y premeditado. Se sucedía una actividad tras otra. Había que cumplir con un programa que parecía no tener fin, ni orden, ni sentido. Visitamos museos, parques, teatros, cines, bibliotecas, galerías, y en cada lugar fuimos recibidos con discursos escritos especialmente para la ocasión.

En el museo resultó revelador conocer, a través de las palabras del guía, las primicias de la ciudad: ciudad donde por primera vez se izó la bandera, la primera en disfrutar de las bondades de la luz eléctrica, ciudad de donde partiría la primera locomotora. Primicias contundentes que se habrían de repetir de discurso en discurso. Primicias escuchadas en museos, parques, teatros, cines. Primicias que se ensalzaban en poemas o canciones trovadorescas.

Primicias repetidas por la hija de un historiador de la ciudad, directora de la Biblioteca Municipal, antigua residencia de Catalina Arechavala. Casona que mostraba el abandono de estancias espaciosas con pisos hundidos, agrietados por el empuje de serpenteantes raíces. Amplias habitaciones custodiadas por muchachas uniformadas que repetían con la misma variación los mismos parlamentos.

—Buenos días a los cardenenses ausentes que nos visitan en esta Jornada de la Cultura. Ustedes van a tener la oportunidad de ver algunos de los objetos que pertenecieron a mi padre, antiguo historiador de la Ciudad, a quien debemos la recopilación de todos estos documentos históricos que ustedes podrán apreciar, y que dan fe de las primicias de nuestra ciudad.

Los visitantes entraban y salían de las habitaciones, que a veces parecían repetirse. El cansancio nos trajo una suerte de vértigo y juraría haber visto expuesto, en más de un salón, las mismas fotos, los mismos objetos del historiador. Al final todos los salones, de estructura laberíntica, parecieron ponerse de acuerdo para coincidir en un patio anchuroso. Miré por el ventanal y de un camión de cabina descapotada descendió un grupo de músicos. Allí estaba frente a nosotros la banda municipal.

En el salón todos corrieron a ocupar un puesto entre los bancos. El auditorio parecía acostumbrado a las funciones, la audiencia era en su mayoría ancianos, se comentaba acerca de uno u otro miembro de la banda. Hablaron del deterioro de aquellos instrumentos que los músicos se esmeraban en pulir. Músicos desprovistos de trajes que con talante de obreros ocuparon sus posiciones frente al auditorio, sin embargo, la armonía, la sonoridad hermosa nos tomó por sorpresa. A pesar de su ropa y el desgaste de los instrumentos, la banda parecía transportada a otras partes.

En aquellos hombres dominaba la magia de hacer que todo a su alrededor desapareciera. Las paredes gastadas, los comentarios maldicientes, las muchachas repetidas en cada portón, los reclamos por los panecillos de la habitual merienda y otras tantas catástrofes que fueron opacadas por la dignidad de aquella música tocada con abnegación.

Luego recorrimos algunas calles de la ciudad hasta dar con otra Primicia, la más antigua estatua de Colón a la que la herrumbre y el moho habían desfigurado. Ya en la calle principal el olor a hueso de puerco, mezclado con grasa y colmillos, brotaba de los panes entreabiertos. Los vendedores gritaban incansablemente: ¡Compra tu pan con lechón!

Otra vez la fatiga y el gentío acompañante a las festividades me trajo vértigo. De pronto, me descubrí en la puerta de un cementerio. Nos habíamos detenido allí para colocarle flores a alguien

—Una hermana de Selman

—¿Quién es Selman? —pregunté

Un compañero de viaje organizador del grupo que se reunía año tras año para celebrar el día del cardenense ausente, me aclaró.

Selma es aquel hombre que dice palabras en árabe y llora junto a la tumba de su hermana.

Luego del viaje a Cárdenas, le había manifestado mi interés por entrevistarlo y él accedió con entusiasmo. De modo que una mañana nos recibió en su apartamento de El Vedado. En sus ojos podía leerse la vehemencia del historiador, la esperanza de un hombre, la melancolía de un hijo que no abandonaría este mundo sin haber contado la historia de los suyos. Memorias convertidas ya en patrimonio nuestro.

Trípoli se había independizado del famoso texto martiano, universo exótico y riquísimo donde las moras se deshacían de sus perlas para presentarse a mis ojos como una ciudad de carne y hueso. Ciudad que protagonizaba las noticias en la radio y televisión, objetivo de una especie de maldición que parecía perseguir cada cierto tiempo a los países árabes.

Los números de muertos eran frías cifras de hasta dónde puede llegar la ambición humana, la estupidez de una guerra donde los príncipes convertidos en bandidos se esconden en cuevas que no se abren por un sésamo sino por una bomba inteligente que no descansará hasta encontrar a su víctima. Era un año de euforia para los marines, Osama capturado y asesinado, ahora Libia era la liebre a capturar.

Y no se trataba de enterrar a nadie, sino de revivir una historia que merecía ser rescatada más allá del tiempo, pero a Ricardo Selman, como a todo profesor que se respete no se le podía embridar las ganas de contar y contaba…Contaba que fueron los mandingas llegados a Cuba en época de la conquista, quienes introdujeron la religión musulmana en la Isla.

Selman: Un rey desnudo