Por Rita Sierra

Mi nombre es Lucía y quiero contarles mi historia y espero que llegue a oídos de los que realmente deseen escuchar. Debo pronunciar un grito que lleve a millones de ecos que soy mujer y me siento orgullosa de serlo aunque más de uno se haya dado a la tarea de odiar mi existencia.

            Y todo empieza desde que nací. Mi padre que sí me engendró era sólo por esperar un varón y como no lo fui simplemente se marchó dándole la espalda a su esposa y a su hija, porque lo era aunque no le gustara.

Jamás entenderé porqué ese desprecio de un padre a su hija, porque el mío no es el único. Pero tristemente ese es mi preludio; por ser mujer fui desvalorada por mi propio progenitor.

            Yo sé que tal vez este indicio les suene familiar a más de una, porque todas podemos ver en el reflejo de otro algo de nosotras, es una realidad que nos hace iguales y cada día más propensas, en una lejana equidad que se pisotea  ante un mundo machista y misógino.

            Fui una adolescente que a muy temprana edad se salió de su casa con el engaño común de un enamorado disfrazado de príncipe azul y yo creí sus promesas fantásticas y a partir de que me fui con él me enseñó a refugiarme en las esquinas de aquel cuarto inmundo al que me llevó, prometiéndome sería un departamento ¿decente? y muy bonito. Todo fue un cuento de Disney donde todo se tornó ceniza con olor a dolor. Iván se convirtió en mi verdugo, en mi asesino, porque cada vez que quiso mataba algo de mí, dentro de mí sólo se encontraba el suicidio como salida.

Yo no sabía nada de sexo a mis 14 años, y esa vez fue como si él hubiese arrancado un precioso trozo de mí, de la manera que se destruye y contamina una flor. El placer era suyo, el lastimarme, el verme llorar, destruir lo que uno es, aunque yo ignoraba qué era yo.

            Mi vida fue un cortometraje que se reduce a violencia en todas sus caras y era lo único que a mí me presentaron. No sabía de amor, sólo desolación, pena y dolor. Trataba de refugiarme en mi alma pero sólo hallaba un hedor de muerte y sufrimiento. Era una prisionera en mi cocina, donde gritaba para mis adentros y miraba al cielo aclamando que alguien me salvara, pero tantas veces me pregunté si alguien daría un centavo por mí, porque sentía que no representaba nada, sólo un despojo, despojos que se fueron acumulando época tras época. Mi vida fue esta mierda y con la garganta seca me atrevo a narrar mi pasado.

            Hubo un momento en medio de tanto dolor que invité a la muerte a pasar, y fue ese día cuando Iván, para desquitar su frustración que trajo de la calle, empezó a golpearme, me tiró en el piso y me pateó una y otra y otra vez con seis meses de embarazo. Él se detuvo porque vio que sangraba más de la cuenta o de lo que él esperaba; a punto de perder el conocimiento me di cuenta que él llamó a alguien y después todo se volvió negro y no supe más, hasta que desperté en un hospital donde la anestesia no borró mi gran temor. El doctor dijo tantas cosas. Me quedé sorda a partir de que me dijo que mi bebita ya no estaría conmigo. Dejé de escuchar todo a mí alrededor, dejé de respirar, dejé de vivir.

            No sé cómo explicar cómo me levante, yo sólo siento que es ella la que me ayudó, la que me mira desde el cielo y pide fuerza y valor para mí, mi bebe es mi ángel guardián que me ha ayudado a vivir, a resurgir de la muerte, porque yo estaba muerta literalmente. Y después de tanto tiempo de vivir en la obscuridad la luz me encegueció por un instante pero después vi más claramente. Pude gritar lo que me pasó y peleé para que mi ex marido estuviera tras las rejas.

            Esta es mi forma de alzar la voz en nombre de muchas mujeres que viven abuso, violencia doméstica, psicológica y son prisioneras de un verdugo y del silencio. Somos un mundo y si unimos fuerzas entre nosotras se lograrán grandes cosas.

            Cuando yo desperté de mi calvario no sólo fue un renacer doloroso de lo que fue mi existencia, fue una catarsis que llevo por desgracia por etapas de mi vida: un noviazgo posesivo, un matrimonio de infernales batallas que lo representan las golpizas y agresión psicológica, donde más de una vez se me negó el servicio médico porque Iván les pidió que no lo hicieran. Fue tocar fondo de una manera tan cruda que de otra forma no lo estaría contando.

Puedo gritar ahora, atreverme a decir que de mí no quedan restos como fue la intención de varias personas. Yo soy una mujer sobreviviente que respira más que nunca para no callar más, porque me he atrevido a encarar a la muerte en sus facetas y no soy lo que ella ahora necesita. Le he abierto paso a la voz y camino a la unión que lleva a la justicia. Mujeres, el silencio aniquila y la muerte nos aguarda.

            El libreto de agresión hacia la mujer es igual al libreto que declara guerras en el mundo, es una batalla de algunos hombres que se nos ha ido declarando paulatinamente de tal forma que nos ha llevado al silencio por miedo. En estos momentos mujeres de entre quince y cuarenta y cuatro años están siendo atacadas desde su casa o fuera de ella.

            Tengo 3,650 millones de razones para no callarme más, porque esa cantidad lo somos todas nosotras en el mundo y un grito al mismo tiempo que dijera ¡YA NO MÁS VIOLENCIA CONTRA LA MUJER!

            Las mujeres somos la base de las familias mexicanas y de todo el mundo. Yo los invito a educar desde ya a nuestros niños y niñas inculcándoles el respeto y equidad de género. Donde nuestros niños no tengan oportunidad de conocer la violencia intrafamiliar. Rompamos los eslabones de violencia y abuso familiar. Se requiere en este mundo más solidaridad que critica, porque cuando la primera pase por encima de los prejuicios, la violencia no tendrá más razones para existir.

El grito de todas-conjugacion - Héctor Mateo

El grito de todas-conjugacion – Héctor Mateo