Ilargi Zweig

sentado moría esperando la noche

solo en una calle sin luz,

ni voces ni murmullos perturbadores

con el frío que arreciaba.

Moría cada noche.

 

Sus ojos siempre cristalinos

en ellos se veía la nostalgia,

y siempre una lágrima a

punto de desplomarse.

 

Se había enamorado hasta las entrañas,

Ella no tenía nombre. No hacía falta.

Con su luz bastaba.

 

Todos los días en el mismo lugar,

un pedazo de acera gris y sucio

con cristales rotos y hojas marchitas

y una soledad infernal.

 

La última vez que la vio

sin parpadear la contempló por horas,

hasta que su corazón amenazó con estallar.

 

Ella se iba ocultando con los segundos

hasta que desapareció por completo.

El perro durmió al amanecer

con una enorme sonrisa.

 

Al siguiente día ladró

con toda su fuerza,

hasta desgarrar su lamento,

hasta vomitar su melancolía.

 

En la oscuridad nadie respondió,

y su corazón de perro marchaba

arrítmicamente, entonces, el

perro ya no pudo más

y la oscuridad de la noche

y la violencia de la oscuridad

lo devoraron por completo.

Ilustrador Héctor Mateo

Ilustrador Héctor Mateo