Izar Iraultza

07/11/2013

¿Si el presente está lleno de posibilidades por qué no habrían de estarlo también las otras temporalidades como el pasado y el futuro? El pasado no puede ser una necesidad como aconteció, pensarlo de esa forma es una cuestión teleológica. Porque sólo tendría lugar en la historia lo necesario, lo obvio, lo universal y lo que se sujete a ello. Pero el pasado porque aconteció de tal forma no es necesario, en el caben muchos pasados, quizás frustrados pero al fin y al cabo muchos pasados. De igual forma el presente se presenta como una diversidad de proyectos posibles para la sociedad, está revestido de contingencias y de particularidades que no son consideradas al hablar de necesidad.

Entonces, por qué seguir viendo al pasado como algo construido y acabado, inmóvil: muerto. La Historia se encuentra en el presente, y desde ahí el historiador mira hacia atrás y trata de explicar su pasado. Pero no puede explicarlo únicamente como consecuencia del presente, ello implicaría forzosamente una relación de necesidad entre las temporalidades, más bien debe(ría) recurrir a un diálogo dialéctico de las temporalidades en donde todo se mueve, cambia y es posible aunque no por ello factico. El historiador comprometido carga sobre su espalda una enorme responsabilidad y es la de ubicar y hacer explícitos a todos aquellos sujetos que la historia de los opresores ha dejado fuera. Opresores propietarios y luego occidentales que han excluido de su historia del progreso y la racionalidad a los pobres de sus países y a los de la “periferia”, Asia, África, Oceanía y América no cuadran en ese pedantesco esquema.

Por ello, renunciar al pasado de lo que pudo ser pero no fue, es enterrar las ilusiones de una época y empobrecer la experiencia, es asumir las victorias de los opresores como algo infalible y perpetuo. De ahí que la experiencia se conserve en los márgenes de esos grandes cuadros de la historia como secundaria, como la mera decoración. Aprender de esos pasados marginales enriquece la perspectiva de lucha y sugiere pautas para preparar la estrategia. Ahí donde están las ruinas de toda la época, en donde se expresa con mayor fuerza el sufrimiento, se encuentran esos atisbos de esperanza para insurreccionar a todas las generaciones de oprimidos y hacer justicia.

Muertos de octubre

De ahí que, si somos sinceros, comprenderemos que la historia de las clases sociales oprimidas es en su mayoría de derrotas y derrotas que siguen sin superarse en el presente. Mientras nuestro pasado siga lleno de crímenes y silencios, los asesinos seguirán libres. En tal caso, los acontecimientos y los procesos históricos pueden presentarse como un almanaque para las personas, pero será un almanaque carente de vida, una recopilación de “lo importante”, que nada explica, que nada entiende, de lo que nada se aprende.

En un extremo, recordar se presenta como un dato curioso, información prescindible y fortuita similar a saber la ubicación el río Atbara o al año en que se inventó la primera computadora. Esa recordación es en cierta medida una forma de olvido, dado que no es muy importante para el sujeto a menos que guarde una relación estrecha con tal o cual río o invento. Lo mismo sucede con las conmemoraciones pacíficas de la historia del movimiento obrero. Pocos de quienes ahora celebran cada año el 8 de marzo saben que esa lucha por la liberación de la mujer comenzó con la lucha de la Segunda Internacional, y se remonta a principios del siglo XX y no surge con el feminismo pequeñoburgués en Estados Unidos. En tal caso, esta recordación del 8 de marzo implica una despolitización de la lucha política pasada (y vigente) del movimiento obrero, porque esa experiencia se ve reducida a una fecha de almanaque.

En el otro plano de la recordación, es necesario arrebatarles a los enemigos del socialismo y el comunismo tales tradiciones, todas aquellas experiencias de lucha que para el presente, han dejado de significar algo. Recordar y comprender los procesos pasados, orientarnos en función de una tradición política de lucha que amenaza con perderse y reducirse a fechas, es más necesario que nunca, porque sin experiencia nuestras vidas se empobrecen, nuestras perspectivas languidecen, las esperanzas oscurecen, los vencedores seguirán ejerciendo el poder sin cuestionamientos que minen su orden, y sobre todo, los muertos seguirán peligrando.

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Los muertos asedian y callan en el presente, muchos nunca tuvieron ni siquiera derecho a hablar o existir para esa historia de los grandes hombres y las grandes narrativas. Pero los grandes procesos revolucionarios no se componen únicamente de dirigentes sino de grandes contingentes de personas que irrumpen en la normalidad de la historia y la hacen estallar en un proceso de extrema convulsión donde las multitudes ponen a prueba a dirigentes, programas y organizaciones para exigir un lugar en la historia, aunque sea de manera colectiva y tomar las riendas de los procesos revolucionarios. Eso fue la Revolución de Octubre y de Febrero de 1917 y la de 1905. Y los muertos de todos esos procesos merecen el respeto de haberse hecho presentes en esos periodos y tomar las riendas de sus destinos y tratar de construir sobre las ruinas de una sociedad aristocrática como la zarista un porvenir redimido. Las distintas revoluciones rusas no fueron únicamente los partidos de masas y dirigentes conocidos, fueron también toda esa masa de desclasados, lúmpenes, militares, campesinos y trabajadores que vivían al margen de la “modernidad” y que emergieron de las entrañas de la sociedad para intentar frenar todos los desastres de la occidentalidad: las guerras, la pobreza, los muertos.

Entonces, cuando recordemos la Revolución de Octubre y cualquier revolución recordemos también a todas aquellas personas de las que no quedan muchos rastros más que la memoria de su acción colectiva y su irrupción en la historia. Porque, como decía Walter Benjamin, “encender en el pasado la chispa de la esperanza es un don que sólo se encuentra en aquel historiador que está compenetrado con esto: tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer.”[1]

En 1991 se reinstauraba el dominio de la propiedad privada en los territorios de la antigua ex Unión Soviética y con ello una oleada sin precedentes de críticas vagas y teleológicas que apuntaban hacia la imposibilidad del socialismo. En muchos sectores esa idea permeó. Pero la historia no conoce de absolutos y las grandes ilusiones de la modernidad basadas en el progreso y la ciencia no han resuelto los problemas que prometieron alguna vez resolver después de asesinar a Dios. El socialismo fue un proyecto ilustrado inspirado en el progreso industrial y en la ciencia, de ahí que también se nombrara “científico” al marxismo. El socialismo como proyecto social en su vertiente estalinista fue frustrado al igual que otros socialismos. Pero que hayan sido derrotados no quiere decir que no sirvan. De hecho, sirven para ampliar los horizontes y las perspectivas de la lucha y la reivindicación de esas derrotadas pasadas para no seguir perdiendo en el presente. Recordar la Revolución de Octubre es una necesidad para todos aquellos que siguen pensando en un futuro socialista porque los enemigos de esa revolución y defensores del orden actual o la asediaran con todas sus fuerzas o permitirán que sólo quede memoria de ella como un recuerdo de antaño inviable y olvidable. Ese sería el mayor crimen que se puede cometer desde el presente. Si el pasado fue frustrado aún queda el futuro como redención no sólo para los vivos, también para los muertos.

[1] Tesis VI sobre el concepto de historia.

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