David S. Coraite Ovando

Es una calle, como muchas o en todas las ciudades, pretendiendo pertenecer a una gran metrópolis; ofertas seductoras con carteles luminosos, la gente pasando, todo tan mecánico.

Un Ristorante muestra las exquisiteces de cuantiosos precios, pomposos concurrentes, muchos empleados, una estancia de lujos; de vecina una galería de ropa con no muy distinta clientela a la del Ristorante. Una librería con mucho entretenimiento literal, aunque muy poco concurrida, compradores de exclusiva elite social.

Un supermercado ofertando varios objetos y productos alimenticios, todos plásticamente empacados intentando proveer de los mejores productos en el mismo manzano. Todo parece encajar, como si fuese codificado por una computadora y ésta a su vez por una mente capitalista de gran poder económico.

Las personas, todas en su propio mundo, comunicados constantemente, pero desconociéndose unos de otros, un empresario con un reluciente traje de mucho precio pasa caminado sosteniendo su celular sin mirar a nadie, ocupado de sus propios asuntos, resolviéndolos por esa llamada tan importante, tan importante que ni mira a su pequeño acompañante, un niño hijo suyo, que también anda muy ocupado mientras camina con algún aparato entre manos que lo mantiene entretenido. Una mujer engalanada a la última moda: de vestido y tacones llega acompañada a las mesas del Ristorante que están en la acera, sirviéndose un café y uno que otro aperitivo con su ruidosa caravana de amigos, ruido que sólo menciona aventuras sexuales, fiestas asistidas, dinero gastado.

El gran estacionamiento - José Manuel Ruíz

El gran estacionamiento – José Manuel Ruíz

Pero hay ciertas cosas que aún parecen no encajar, por ejemplo, la vendedora de caramelos y cigarrillos en la esquina, o el ambulante con sus relojes de último modelo que son una ganga, pero al igual que todos, tienen esa mirada de indiferencia, aunque matizada con la necesidad.

Entonces este niño aparece, los harapos que lleva a modo de vestimenta señalan claramente pobreza, como muchos niños juega, juega con algo de cuero que finge ser una pelota, seguramente para él lo es. La costumbre lo había traído, pues no hacía mucho tiempo esa locación era una pampa extensa donde uno podía divertirse y más si a uno le gusta el futbol. Golpea ventanas, carteles, mesas, personas, igual todo y todos le son indiferentes. La calle lo desprecia y la indiferencia se merma por unos instantes, muchos exigen que se largue, que su presencia es molesta: “que vaya a jugar a otro sitio”.

El pequeño decidido se va, para él no es ningún problema, pues no son muchos los barrios para llegar a su hogar; tras unas maniobras dignas de un profesional la pelota rueda cruzando la calle, poco atento el niño va detrás y lo que tanto entretenimiento le proporcionó desde quién sabe cuántos años lo lleva a la muerte, al cruzar el pequeño es arrollado por un auto, un ostentoso auto, la calle se ha deshecho de él…

…de pronto la gente deja esa mirada, esa rutina, anonadados observan lo que acontece, ¡un niño ha muerto! El hombre deja el celular, el pequeño acompañante deja de entretenerse y empieza a hacerse preguntas, las risotadas del Ristorante se apabullan, la vendedora grita ¡ayudad! Mientras llegan las autoridades pertinentes, el niño deja de vivir, pero por unos minutos todos los que por la casualidad estuvieron cerca viven.

Llevan el cuerpo sin vida y todo sigue con su monótono movimiento, igual de muerto.