Jorge Armando Pérez Torres

Ambos sectores en conflicto: rebeldes y soldados fieles al coronel Muamar Al Gadafi, estos últimos capturados aquella tarde, pronosticaban la muerte del denominado por los medios de comunicación occidentales como “dictador y tirano”. Carlos Araujo se encontraba allí para ello, su tarea era tener la primicia del magnicidio; capturaba las imágenes y tomaba notas de la guerra en Libia. Aún era muy joven —contaba con 24 años y recién había concluido su licenciatura en periodismo—. No tenía fé en los medios de comunicación, incluso pensaba en fundar su propio espacio en internet para difundir la verdad y evidenciar a los medios corruptos y falsos. Mientras conseguía los recursos y relaciones para impulsar su proyecto laboraba como freelancer, por ello se hallaba en aquella tierra convulsa.

            Hacía un mes que se encontraba en Libia y para entonces había tomado muy buenas fotografías: niños con armas más grandes que ellos, las cuales disparaban contra las fuerzas leales a Gadafi, rebeldes que enarbolaban la bandera Libia, sin armas, como símbolo de resistencia en el frente de batalla, un acto en suma romántico; una de sus series fotográficas mostraba justo a uno de esos “guerreros”, como los llamaba el pueblo libio, levantar el lábaro, agitarlo de un lado a otro, y enseguida caer fulminado por la ráfaga de un kalashnikov. Además de la fotografía tenía una pluma extraordinaria, escribía como ningún periodista, es decir: comunicaba la verdad. En realidad era un problema ya que ningún medio occidental compraba sus notas. Apenas vivía de las imágenes que vendía, pues no todas mostraban lo que los medios pretendían informar.

            Por supuesto no era el único periodista en aquel país de África del Norte. En muchas ocasiones compartió el techo y comida con otros reporteros freelancers y corresponsales de grandes medios de información. Todos coincidían en que Gadafi debía morir; sin embargo esperaban que no fuera tan pronto pues se llevaba a cabo una gran cobertura de la guerra y por supuesto el sueldo era magnífico. Todos conocían muy bien los horrendos crímenes perpetrados durante su dictadura. Nadie podía olvidar sus ataques terroristas y sus excesos, tales reminiscencias eran recordadas de forma incesante para que la comunidad internacional aprobara la intervención extranjera de la OTAN y la financiación de los rebeldes por parte de los Estados Unidos, Inglaterra y Francia. Ya nadie recordaba al joven idealista que transformó a Libia, aquel que se hizo del poder por medio de un golpe de Estado sin derramar ni una gota de sangre ni un solo disparo.

            Araujo estaba decidido a contar la otra historia de Libia, la realidad opacada por la mentira, desenmascarar a la verdadera dictadura, los auténticos criminales, aquellos piratas que asaltaban y asesinaban al mundo. El campo de batalla estaba saturado de reporteros hambrientos de renombre y de dinero. Su discurso estaba constituido por adjetivos, diatribas y palabras grandilocuentes que condenaban una y otra vez al líder libio. Eso no era periodismo, sino propaganda panfletaria.

            Carlos Araujo se apartó de los campos de batalla y se retiró a las ciudades tomadas por los rebeldes, donde reinaba una tensa calma. Allí se dedicó a entrevistar a los sobrevivientes, residentes, revolucionarios y soldados libios. La gran parte de ellos coincidían en que tal guerra era una operación de colonización occidental para destruir al país y cual piratas saquear sus riquezas. “No, —decían— el coronel Gadafi no es el monstruo que dice el gobierno americano. Ellos son los criminales, los dictadores, los violadores.”

            Muchas de las personas con quien habló le referían lo mismo: “Yo marché en la Plaza Verde de Trípoli en contra de los bombardeos de la OTAN, a favor de Gadafi, éramos casi dos millones de personas; la educación era gratis y de calidad, lo mismo sucedía con los servicios de salud; si queríamos comprar un automóvil el gobierno de Gadafi nos proporcionaba el 50% del coste y la gasolina era muy barata; los agricultores recibían tierra, casa, animales y la herramienta necesaria para su trabajo; el banco pertenece al Estado y no a las élites mundiales, por lo tanto no tiene deudas con nadie; los préstamos no generan intereses como en las naciones capitalistas, la energía eléctrica es gratuita y en caso que los licenciados no puedan posicionarse en el medio laboral el gobierno otorga una pensión hasta que consiguen un trabajo; el petróleo es otro tema muy interesante, pues pertenece a cada uno de los libios, el resultado de la venta se evidenciaba en las cuentas de la población, cada uno de los ciudadanos recibía un porcentaje de ello, lo que significa que las transnacionales debían de convencer a cada libio para privatizar el petróleo, lo cual jamás sucedería. El verdadero enemigo es Estados Unidos y su brazo armado, la OTAN. No los queremos aquí”, concluían. Entre los entrevistados se encontraban muchos intelectuales, médicos y personal de la ONU. Un poeta libio le refirió el líbelo extraordinario y sublime que declamó Gadafi en las Naciones Unidas, donde acusó a las grandes potencias de engendrar guerras para saquear a los países pobres, arrebatarles sus recursos y desintegrar a la sociedad. Fue un discurso feroz. Desde aquel día sus días estaban contados. Su único crimen fue enfrentar al mundo y sus élites. Libia sería saqueada, el objetivo de la revolución era el pillaje de petróleo, gas y demás recursos. El gobierno de Gadafi era una afrenta al capitalismo.

            Luego de la ingente documentación recopilada, editada y titulada: “La dictadura global (voces silenciadas de un pueblo libre)”, Araujo quiso venderla; nadie la aceptaba, incluso lo condenaban y acusaban de servir como heraldo al gobierno de Gadafi. Pronto lo arrestaron y lo llevaron a un campo de refugiados ocupado sólo por disidentes; allí se hallaban muchos de los que habían participado de su trabajo de investigación.

            Fue torturado y obligado a presenciar el suplicio de sus fuentes de información, entre ellas se encontraban algunas mujeres; todas fueron violadas antes de asesinarlas. De esa forma mataban a la verdad, sólo así podían saquear a Libia, a través de la desinformación, de la violencia, de la mentira, de miles de violaciones de todo tipo. Esa es la verdadera dictadura, ejercida por tiranos, dueños del dinero, de países, del mundo.

            Carlos Araujo no celebró su cumpleaños número 25, fue torturado y asesinado el 19 de octubre de 2011. Al día siguiente Muamar Al Gadafi, descrito por su pueblo como héroe, fue capturado y ejecutado. La comunidad internacional lo celebró. Hillary Clinton incluso rió. Todo había sido instrumentado por la dictadura mundial a través de la implementación de un sucio plan llamado “Primavera Árabe”.

Fuente: http://www.resumenlatinoamericano.org/

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