Por Marco Antonio Montiel Flores

La madrugada del diez de mayo del año en curso, el sol, paradójicamente, brillaba por su ausencia. La negra noche cubría la tierra con su manto de estrellas, los pajaritos todavía no comenzaban su recital cotidiano y miles de hombres dormían plácidamente. Los más afortunados se encontraban al abrigo de cálidos brazos femeninos, mientras que los menos, sufrían a causa de pesados sueños. Este era el caso de Marco Polo, quien, a eso de las cuatro con treintaicinco, despertó convertido en una cucaracha nauseabunda. Al percatarse de su nuevo aspecto, Marcaracha sintió un miedo terrible. Creyó volverse loco ante tal desgracia, entonces gritó desesperado para que alguien lo socorriera:

  • ¡No por favor, no por favor!
  • Marco, Marco, ¿qué te pasa? —le decía su madre, a la vez que lo zarandeaba para despertarlo—. Estás soñando.

La buena mujer logró sacar de sus pesadillas al joven, alias su “flaquito”. Fue ahí que el pobre tipo cayó en la cuenta de que se había tratado de una pesada broma de Morfeo, y que además se estaba fusilando al buen Kafka con eso de ser una cucaracha.

  • Perdón por despertarte, ma’ —dijo disculpándose.
  • ¡Te pasas escuincle, me espantaste! —replicó la madre, enfadada por el susto.

Un par de horas después, el reloj despertador comenzó a sonar con vehemencia sobre el buró de madera en la habitación. Lo peor del asunto, fue que el escándalo se desató justo en el momento en que Marco Polo acercaba sus labios a los de una preciosa chica de la Universidad que le gustaba sin remedio: una vez más todo se había ido al carajo. El muchachito no le hizo mucho caso al cacharro aquel, balbuceando el ya clásico “cinco minutitos más”, esperanzado de reencontrar a la susodicha en los terrenos de la fantasía. Pero no sólo volver al placentero sueño le fue imposible, sino además se quedó profundamente dormido: ese día tendría problemas en el trabajo.

  • ¡Madres! —gritó al darse cuenta de la hora—. No voy a llegar.

En una serie de actos intrépidos y desesperados, consiguió bañarse, vestirse, peinarse, lavarse los dientes —a medias— y salir disparado hacia el mentado trabajo. Entretanto, un gruñido se manifestaba en su estómago, reclamando el ausente alimento.

A esas alturas de la mañana —8:35, y contando—, el mundo era presa de la psicosis generalizada, pues millones de chilangos inundaban el asfalto con el firme y violento propósito de arribar a sus destinos. Rabiosos, los automovilistas hacían sonar sus cláxones, lanzando mentadas de madres como si fueran flechas envenenadas en busca de algún blanco. Las damas y caballeros de a pie no se quedaban atrás en el finísimo arte de las malas palabras:

  • ¡Vale madres, pinche tráfico! —decía alguien.
  • ¡Hijos de su chingada madre, avancen! —gritaba otro cristiano por allá.
  • ¡Andá a la concha de mi madre! —aullaba un argentino perdido a la espera de un camión—. ¡La puta que me parió!

Daba igual, en chilango o porteño, todos recordaban el 10 de mayo.

Tras sortear el doloroso tráfico de la ciudad, Marco llegó sano y salvo (¿sano y salvo?) a su chamba —claro, la tarjeta checadora marcaba cuarenta minutos de retraso, pero llegó—. Tocó la puerta de la oficina tímidamente, a sabiendas de que al otro lado lo esperaba un misterioso porvenir, cargado quizás de un monstruo a la Frankenstein compuesto de reclamos, gritos, descuentos quincenales y, posiblemente, despido.

El Jefe abrió la Puerta del Infierno. Su cara lucía desencajada, el pobre parecía sufrir de estreñimiento crónico. Como era de esperarse, los regaños llegaron, acompañados del mismo rollito de siempre: “¡esto es un trabajo, hay reglas y obligaciones!”, y bla, bla, bla. “Sí jefecito, le juro que no vuelve a suceder”, respondió Marco Polo automáticamente. El Dictador se molestó más, porque consideraba que su empleado desafiaba su autoridad; entonces, amenazó con mandarlo a “descansar el día sin goce de sueldo, como lo establece el Reglamento Interno”. Pero bien se sabe que estos seres no pueden darse el lujo de quedarse sin trabajadores, porque si no, ¿quién produce sus jugosas ganancias? ¡Bah! Marco puso sus oídos en función de me vale madres y esperó a que llegara el “está bien, sólo por hoy te la paso, pero que de verdad no vuelva a repetirse”.

Debido al enfado del Jefecito, Marco Polo fue comisionado para entregar un pedido de productos milagrosos para bajar de peso —eso es lo que vende la empresa— a una señora “pasadita de tamales” que vivía hasta Ciudad Azteca.

El camino sería duro. El norte de “Chilangolandia” es un lugar que bien podría llamarse “San Juan de la Chingada”, caracterizado por su clima seco, seco, dándole a reseco, combis y camiones que cobran como si fueran taxis de jeques árabes, calles sin numeración y nombres mal señalados. Eso sin contar el alto riesgo de sufrir algún atraco por parte de la delincuencia organizada o la policía, que bueno, vienen siendo lo mismo.

Marquito recordó que hacía unos ayeres también fue enviado por esos rumbos, específicamente al número 27 de la colonia “tal por cual”. Aquella vez, no lograba hallar el hogar de la gordita, aún después de buscar como loco. Total que, cuando finalmente encontró el jacalito de la desesperada dama, y ésta salió a recibir las pastillitas que la convertirían en la Sofía Vergara mexicana, el mensajero, irritado, le preguntó dónde demonios estaba indicado el 27, obteniendo por respuesta: “aquí joven, aquí, detrás de estos arbustitos”. Y efectivamente, ahí estaba el numerito, sólo que pintado con lápiz hacía cientos de años, y los “arbustitos” eran en realidad una frondosa jungla repleta de bichos y ratas. Ni hablar, hasta allá iba nuevamente.

El tiempo, siempre el tiempo, parecía insuficiente para cumplir la misión. Estaba re’ lejos, y aun si lo lograba, todavía tendría que volver a la oficina para entregar el dinero, luego desayunar (a las tres de la tarde) en algún puesto de garnachas y después irse en friega a la clase. “A darle, que para luego es tarde”, se dijo a sí mismo, resignándose.

A pesar de no ser muy creyente, ese día Marco le pidió al “Jefazo” que le echara una mano, justo cuando abordaba un vagón del metro Escuadrón 201: “por favor ‘Yisus’, que no me pierda demasiado”. La ayuda divina llegaría sólo para permitirle entrar a la “Caldera Naranja” infestada de gente, olores populares, chingadazos quiroprácticos, arrimones de aquellito, más recordatorios maternales, bocineros satánicos haciendo estallar el perreo–sandungueo en los oídos de los pasajeros, y demás.

El mensajero Jedai no la pasó tan bien como horas antes, cuando, en sueños, estuvo a punto de besar los tiernos labios de la niña de su corazón: se perdió en Ciudad Azteca, un perro callejero quiso devorarlo, su bolsillo derecho se convirtió en un agujero negro por el que se esfumó gran parte de su jornal, y todo él, de la cabeza hasta los pies, apestaba a sudor a causa del calor sofocante de mayo.

Al regresar al Centro Explotador, el “Jefecito” ya se encontraba más tranquilo y animado. Era lógico, estos hombrecillos únicamente reclaman cuando sus ovejas llegan tarde a trabajar, pero no dicen nada cuando su hora de salida se ha pasado hora y media, ¡y ni imaginar que ese tiempo se vea reflejado en el cheque de la quincena! No, ese trabajo regalado (¿o era robado?) nunca es considerado por ellos.

***

La clase ya había empezado, o eso creía el despistado muchachito del que hemos venido hablando aquí. Preocupado por el retardo académico —el quinto del semestre—, abordó un taxi con destino a la Universidad.

  • Pero písele jefe, que no llegamos —le dijo al conductor del escarabajo disfrazado de Hello Kitty.
  • Sí mi joven, ahorita llegamos volando —respondió el chofer, creyéndose piloto de la Fórmula 1—. Usted tranquilo y yo nervioso.

Lo cierto es que lo único volador fue el dinero que le quedaba al mensajero, pues el taxímetro corría como jamaiquino en Juegos Olímpicos. Una vez en la escuela, Marco Polo se percató de que ésta se encontraba cerrada. A sus recuerdos arribaron las palabras del profesor, un día antes: “No olviden que mañana no hay clases muchachos, por ser Día de las Madres”.