Por Alan Dicker

Caso 1º

Vienes de una aldea del occidente guatemalteco. A temprana edad, te das cuenta de que te gustan los hombres, que eres gay. Vas a una preparatoria en la cabecera departamental, la ciudad. Allí te consigues novio. Se enteran en la aldea. En vacaciones, cuando ya estás en casa, un grupo de hombres prominentes te amenaza vagamente. Vuelves a la ciudad y esperas que todo se olvide. Pasan un par de meses. Vas de nuevo a la aldea para estar con tu familia. Los hombres prominentes llegan a tu casa, pero esta vez son más. Sales. Te vapulean. Tus vecinos se acercan a observar. No intervienen. Dicen que si no te vas de la comunidad, te van a quemar vivo. Ya tienen la gasolina. Te la enseñan.

Vas a la cabecera municipal para denunciarlos ante la policía. Se ríen de ti. Explican que no están para ayudar a jotos.

Cruzas una frontera y logras llegar a otra. Al cruzar ésta, te detienen. Te meten en una prisión, en medio de la nada. Explicas que quieres pedir asilo. Te hacen una entrevista y deciden que tu solicitud puede proceder. Tienes lo que ellos llaman un “miedo creíble”. Pero no pueden soltarte. No hay quien te custodie en este país. Tu hermano es indocumentado. No cuenta. Su esposa es ciudadana, eso sí, pero no tienen para pagar la fianza. Pasan tres meses. Sigues esperando.

Caso 2º

La bestia va saliendo. Observas. Corren a su lado mientras agarra velocidad. Saltan, agarran escaleras, gritan, suben encima de los furgones. Los jóvenes como tú se ríen, piensas, como locos. Hay pocas chicas. Hombres más grandes también, pero son más los que siguen corriendo, desesperados, sin poder subir a la máquina. Se dan por vencidos. Es la primera vez en tu vida que miras un tren.

Sabes que el tren sube hacia la costa. Sabes que estás en un lugar llamado Tabasco. Que apenas cruzaste la frontera con un amigo y los sorprendieron sobre un sendero selvático, que los golpearon con la culata de una pistola, que les robaron los siete mil quetzales escondidos en su cincho, que allí mismo tu amigo decidió volverse y te dejó solo.

Se acerca un tipo con cabeza rapada y tatuajes en los brazos.

—¿Por qué no subistes vos?

—Vine a ver nomás. Apenas voy llegando.

—¿Vos dónde te estás quedando? ¿En la casa del migrante?

—Sí.

Caminan hacia la casa. Vivía en California. Lo acaban de deportar del gabacho y va de regreso. Pero no en la bestia.

—Mirá vos, que a cinco kilómetros de aquí, hay un río. Un grupo de oficiales se estaciona al final del puente y otro grupo hace lo mismo del otro lado. Paran el tren encima del puente, ¿entendés? Allí todos tienen que tomar su decisión: o se entregan a los oficiales o se tiran al agua.

—A la gran…

—La bestia ya no vale la puta pena.

Conoce un coyote que los puede llevar. Cosa segura. Y barata.

—¿No tenés familia en el norte que te mande el pisto?

Se despide antes de llegar a la casa. Al día siguiente hablarás a tu mamá en Maryland para que te mande dinero por Western Union. Irás a buscar al tatuado por las vías del tren.