Por Javier Alejandro Macías Roa

En las sociedades contemporáneas en las que la heterosexualidad es entendida como la orientación sexual mayoritaria, no sorprende que la homosexualidad sea vista como parte de la otredad. Y, si al mismo tiempo, en dichas sociedades, los estragos del machismo aún son visibles, no es raro que sea un hombre poderoso en un contexto machista el primero en rechazar y burlarse de los sujetos homosexuales. En dichas sociedades se insiste en creer que, quien es homosexual, es “menos hombre”. El mismo sujeto homosexual conoce y reconoce su propia condición de otro en un contexto machista. Así, no es raro que preste atención al componente homofóbico del machismo mientras hace poco o ningún caso de que en el machismo también hay misoginia.

Es entonces cuando puede caer en una forma muy particular de error: no enterarse de que hay quienes son abiertamente homosexuales al mismo tiempo que machistas.

            Como se menciona líneas arriba, la homofobia no es el único componente del machismo. El rechazo a lo femenino es una forma de machismo presente en la vida de muchos homosexuales. No han escapado de una norma construida a partir de la masculinidad, y lo que dicha masculinidad implica (en una sociedad en que el hombre tiene que ser agresivo y apuntalar su manera de ser y de pensar y nunca admitir que podría equivocarse). No es raro que insistan en no reconocer como interlocutor válido ni a las mujeres ni a otros homosexuales en cuyo comportamiento haya algún rasgo “femenino” (en varios de estos casos, importa poco si el homosexual que está rechazando es él mismo un sujeto afeminado).

El rechazo hacia el sujeto homosexual afeminado suele ocurrir con el argumento de que cae en un estereotipo, y es precisamente de ese estereotipo del que la homosexualidad debe liberarse, porque hay que demostrar que no se es menos hombre por ser homosexual. Es una idea profundamente agresiva y desagradable, porque parte de la idea común de que hay que demostrar que se es hombre, porque el hombre es “el sexo fuerte” (hay quien no sólo cree que así es en un sentido físico, sino que también en un sentido intelectual).

            Y, al mismo tiempo, no es raro que en ciertos contextos donde ya se hace sentir la presencia homosexual y lo que ello implica, se discrimine a aquél que no pertenece a cierta clase social o que no cumple con cierto arquetipo estético. El ejemplo más claro es el bar “de ambiente” que espera tener sólo clientes que sí puedan contribuir a la prosperidad de dichos negocios con su poder adquisitivo. No conviene que se conozca ni se discuta el proceso selectivo por medio del cual un grupo minoritario tiene acceso a una fantasía de consumo irracional. El lado monstruoso de la liberación sexual: liberación para unos cuantos, en un momento en que el deseo de obtener y mostrar status, como un pulpo, extiende sus tentáculos para invadir maneras de sentir y de expresarse ante la vida. Minotauro y Narciso: laberinto hecho de espejos con cuyas dulces distracciones se aleja al sujeto de una visión coherente de los acontecimientos y de su capacidad para afrontarlos.

            Si los sujetos homosexuales quieren construir una resistencia coherente frente a la violencia impuesta por un mundo que ni los entiende ni se esfuerza por entenderlos, deben ellos mismos aprender a construir solidaridad, destruir prejuicios, acercarse a una visión amplia de las sociedades en que se desenvuelven y alejarse de comportamientos que impidan su sano desarrollo. Conocerse a sí mismos y desmitificar maneras de ser y de pensar será un buen primer paso.

Ilustración-Héctor Mateo García

Ilustración-Héctor Mateo García