Natalia Lara Trejo[1]

Si revisamos la historia detrás de la conformación de las ciudades podremos apreciar que éstas se conformaron con una dinámica para el comercio. Las ciudades-Estado, por ejemplo, puñados de un territorio que operaban como países dentro de una dinámica capitalista, resultan parte de esta dinámica de transformación del espacio que sirve para agilizar el comercio y para agrandar la esfera de la economía. Si bien, los países son creación de la historia moderna, las ciudades —esas empresas que servían como nodos para intercambiar mercancías— son parte de una trayectoria que continúa hasta el presente. Hoy en día, las ciudades son tan grandes que deben operar como países. México ilustra perfectamente está situación, la Ciudad de México, por ejemplo, alberga cerca de 10 millones de personas, mientras la población total de Argentina es de 29 millones de personas. Ante este panorama, la dinámica de la ciudad es aquel espacio relacional definido por David Harvey como la condenación de todos a habitar en el mismo lugar que no distingue ni raza, ni clase social (Harvey, 2014).[2]

            Así, la transformación urbana hoy en día obedece a un mercado global que contribuye a la producción de riqueza, y ante las inversiones de un capital urbano, todo el espacio se transforma pese a cualquier resistencia. Es de vital importancia notar cómo a nivel mundial, los presidentes pasan primero por ser alcaldes de las capitales de los países o de los centros económicos más importantes. Pareciera que la ciudad en sí sea el paso previo para dirigir un país. La construcción de espacios internacionales como el C40, busca que las ciudades establezcan relaciones comerciales, diplomáticas, de gestión y de conocimiento, como si fueran territorios autónomos. Mancera, encabeza la lista de ciudades ejemplares, título ganado gracias a incrementar este mercado con la privatización de servicios y espacios públicos.

            Una ciudad del siglo XXI es una ciudad que tiene un discurso amigable con el mercado inmobiliario, con el mercado del cambio climático y con el mercado de la gestión pública, pero cuya realidad demuestra que la desigualdad social no puede darse el lujo de entrar en ese espacio irreal donde las ciudades son más fuertes que los Estados Nación. Con lo cual, se han inventado nuevas formas de modificar la traza urbana, pensando en que los habitantes, los servicios y todo el espacio, logre insertarse en la modernidad que proclama la Nueva Gestión Pública (NGP): la resiliencia.

            El neoliberalismo, no deja atrás su dinámica de justificar sus acciones mencionando que todo debe seguir un patrón lineal, teleológico, para alcanzar el éxito. La lucha paradigmática para entender la realidad, evita confrontaciones y sugiere adaptaciones, y eso es lo que promueve la resiliencia, el nuevo invento de las ciudades —vistas como incubadoras de empresas— para determinar que las ciudades no avanzan debido a los problemas de desigualdad económica, sino debido a su poca capacidad de adaptación. La resiliencia se ejemplifica usualmente con una liga, la cual es capaz de estirarse y volver a su forma original. Esto es el futuro de la ciudad acorde con el panorama internacional materializado en el C40, ser ligas que podamos adaptarnos a las presiones externas. Pero por qué habríamos de permitir una modificación a nuestros pueblos, barrios, a nuestra identidad, etc.

La resiliencia propone que seamos capaces de adaptarnos a lo que viene, que no lo confrontemos, sino que lo entendamos, es una visión netamente antropocéntrica donde el hombre —al igual que en la revolución industrial— busca superar a la naturaleza y modificarla para que ésta se adecúe a sus deseos de transformación. Quien decide el futuro de la naturaleza siempre será el dinero. La resiliencia para las ciudades, 100 resilient cities,[3] es la implementación de políticas públicas diseñadas por la fundación Rockefeller, escenario donde vemos la privatización de la administración pública. La agenda global está determinando las necesidades sociales de cada ciudad alrededor del mundo con base en el mercado. Así, Rockefeller —símbolo del capitalismo estadounidense— donó, debido a su gran visión altruista, 100 millones de dólares a 100 ciudades diferentes de todo el mundo, en su 100 aniversario. Claro que la CDMX es una de ellas, una metrópoli con tanta afluencia de personas necesariamente debe entrar en el mercado de la resiliencia.

Arnoldo Matos, amigo de Simón Levy director de ProCDMX — Promoción de Inversiones y Desarrollo para la Ciudad de México, empresa paraestatal que se ha encargado de la privatización de espacios públicos como en el caso del corredor Chapultepec y la Planta de Asfalto para la ZODES Ciudad del Futuro—, es el elegido por Mancera para llevar a cabo los proyectos de resiliencia en la ahora CDMX. El diseño de políticas públicas de ocurrencia se ejemplifica en este personaje, cuyo papel es reunir empresas con organizaciones filantrópicas como Fundación Centro Histórico de Carlos Slim, para decidir el futuro de la ciudad. Sin embargo, las reglas del juego son claras ante un escenario mundial. Los temas preocupantes en el desarrollo de ciudades se refieren al cambio climático, un concepto que genera grandes ingresos para las ciudades resilientes.[4] Por ejemplo, en el tema de gestión hídrica, si contamos con 30 millones de habitantes, se requiere pensar en infraestructura que no sobre extraiga los mantos acuíferos y dañe al medioambiente, como sucede ahora con la CDMX ¿qué hacer ante estos casos? Veolia, empresa mundial en el tema de gestión y extracción del agua, ha diseñado mecanismos, con tecnología holandesa, para captación de lluvia, con potabilizadoras más eficientes que pueden ayudar a solucionar ese problema y que la ciudad pueda adecuarse a la redensificación que planean las inmobiliarias. Sin embargo, las políticas diseñadas en estos espacios cerrados para ciudadanos y hasta para legisladores, se contemplan acciones como aumentar cuotas del agua para garantizar que estos proyectos se lleven a cabo, privatización de los recursos comunes, implementación de políticas sin supervisión —debido a que la gestión pública pasa a manos de privados que no rinden cuentas— y obtención de ganancias para empresas como Veolia.

La pregunta sería si nos estamos adaptando a los cambios mundiales, o si nuestra ciudad es la incubadora de empresas mundiales para generar ganancias. Muchos de los movimientos urbanos que resisten a proyectos inmobiliarios que los obliga a dejar sus barrios debido al aumento de la plusvalía del uso del suelo, identifican el problema que padecen como un problema de gentrificación, el cual podría ser resuelto desde una disposición política; por lo mismo, las peticiones de solución a sus conflictos se dirigen al delegado, a Mancera, a los diputados u otros funcionarios públicos. No obstante, estas nuevas agencias como PRoCDMX o Ciudades Resilientes, no son parte del aparato burocrático, sus directores no son funcionarios públicos; y, sin embargo, diseñan e implementan las políticas urbanas que aquejan a miles de familias, encareciendo la vida. Permitir estas nuevas disposiciones en las ciudades mexicanas, es abandonar el ámbito público para la toma de decisiones. Dejamos de ser un país, para convertirnos en la incubadora de los negocios de Rockefeller, Slim, Veolia, Suez, etc. Empresas que lucran con bienes inelásticos, como el agua, y que hacen del discurso del cambio climático, el escenario perfecto para incrementar las redes entre ciudades y las ganancias monetarias.

La urbe contra los pueblos. Sacado de http://subversiones.org/

La urbe contra los pueblos. Sacado de http://subversiones.org/

Para finalizar un poco con la denuncia de esta injusticia promovida desde las políticas públicas es necesario mencionar que éstas no dependen sólo de funcionarios públicos o partidos políticos; es más, a pesar de la redacción de una nueva constituyente para la CDMX, lo que se plantea dentro de las ciudades resilientes supera toda la burocracia y legislación. La dinámica de la creación de las políticas públicas bajo esta tendencia, es hacer talleres, conocidos como Resilient Garage, donde se entrevistan personas de empresas como Veolia, organizaciones de la sociedad civil emparentadas con las empresas pertenecientes a este mercado de resiliencia —un ejemplo es la fundación Centro Histórico—, organismos internacionales para el desarrollo como el CAF (Banco de Desarrollo de América Latina), el BID (Banco Interamericano de Desarrollo), el BM (Banco Mundial) o la Agencia Francesa para el Desarrollo —los cuales se caracterizan porque al dar préstamos  obligan a los países a privatizar sus servicios— y algunos funcionarios públicos afines con lo que ofrecen las empresas. Sin mucha idea sobre desarrollo social, urbanismo o gestión pública, se decide qué se hará en una lluvia de ideas, el resultado se aprecia en proyectos como la construcción de 16 plantas potabilizadoras para la CDMX, de las cuales sólo funcionan 3 debido a que no se piensa en el mantenimiento, ni en los lugares donde se pueden construir. Mientras el impacto social es devastador, el impacto económico para las empresas queda intacto.

La pregunta sería por dónde vislumbrar una solución, y ésta debe partir desde las colonias, desde la experiencia y la investigación comunitaria que ya se elabora en cada movimiento de resistencia. Se necesita humanizar el desarrollo urbano, regresar a la idea de que la ciudad es un espacio que nos condena a vivir juntos, no que nos separe y desplace. La injusticia se crea desde el mercado dirigiendo la vida de los habitantes, desde ahí es donde debemos pensar la alternativa de otra gestión urbana, más humana, más equitativa, donde se permite el debate y la confrontación, pero nunca la sumisión haciéndola pasar por adaptación.

La vieja estructura del capitalismo industrial, que en otra época fue una fuerza revolucionaria que cambió la sociedad, aparece actualmente como un obstáculo. La creciente concentración de inversiones de capital fijo, la creación de nuevas necesidades y demandas efectivas y un modelo de circulación de plusvalor que se basa en la apropiación y explotación, todo esto emana de la dinámica interna del capitalismo industrial. De la historia hemos heredado un urbanismo basado en la explotación. El humanismo genuinamente humanizador está todavía por construir. Queda para la teoría revolucionaria explorar el camino que va de un urbanismo basado en la explotación a un urbanismo apropiado para la especie humana. Y queda para la práctica revolucionaria llevar a cabo tal transformación.

David Harvey, Urbanismo y Desigualdad Social.

[1] natalialaratrejo@gmail.com

[2] David Harvey, Urbanismo y Desigualdad Social, 2a ed., Madrid: Siglo XXI España, 2014.

[3] Puede consultarse en línea, en la siguiente dirección electrónica: http://www.100resilientcities.org/

[4] Algunos de los proyectos promovidos en este sentido pueden consultarse en la página de la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción de Desastres, en la siguiente dirección: http://www.eird.org/camp-10-11/