Por Maciel Silva García

“Hay vidas que son como el paso de los cometas que, a pesar de su fugacidad, su estela luminosa deslumbra a todos los que la ven”.[1] Con esa frase comienza el artículo “Mella para todos los tiempos”. Y la afirmación es más que justa, en tanto que a ese joven se refiere. Cuando de él hablamos debemos comprender que no se trata de un personaje secundario o simple precursor de la gesta revolucionaria por la verdadera independencia de Cuba. Debe observarse una continuidad revolucionaria desde que Martí cabalgó por vez primera hasta que triunfó la revolución, con Fidel al frente, y en medio de ese proceso es que se ubica Nicanor, ese era su verdadero nombre. Cuando hablamos de Mella hablamos de la Revolución Cubana. Imprescindible, en todo sentido, para ella (en términos explicativos, de acción revolucionaria, de interpretación teórica, etc.).

Desde muy joven destacó como líder estudiantil, pues recién había ingresado a la Universidad de La Habana cuando ya se encontraba fundando las revistas Alma Mater y Juventud. Fue, también, fundador de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), pilar central a la hora de realizar la lucha en contra de la dictadura de Machado. Convocó al Primer Congreso Nacional Revolucionario de Estudiantes, en el que, ya por el mismo título, podemos imaginar las temáticas abordadas: condena al imperialismo, particularmente el norteamericano, rechazó a la Enmienda Platt, «se saludó a la Rusia soviética, se apoyó a los movimientos de liberación de Asia y África, se insistió en la necesidad de vincular a los estudiantes universitarios con la clase obrera y se acordó la creación de la Universidad Popular “José Martí». [2]

Conforme a ello fundó, junto con Carlos Baliño, otro hombre que merece un título aparte, el primer Partido Comunista de Cuba, que hermanaba definitivamente y para siempre en ese país al movimiento estudiantil, representado por Mella, y al movimiento obrero liderado por Baliño.

Desde el inicio del machadato, por el año de 1925, quedaba claro que no habría tolerancia de algún tipo. De hecho, ilegalizó al Partido y a la FEU, y cuando Mella discursó sobre el asunto, Machado lo detuvo y apresó. Ni la huelga de hambre iniciada por el joven revolucionario, heredero del pensamiento de Martí, pudo mover algo en aquel dictador. Únicamente la presión que un pueblo puede ejercer en defensa de sus hombres logró su excarcelación. Fuera de prisión lo que peligraba era la vida misma de ese joven.

Es así como llegó al México surgido de su propia revolución, donde se incorporó, casi de inmediato, al Partido Comunista Mexicano e incluso llegó a ser miembro de su comité central. En este país participó en cuanta actividad encontró a su alcance. Por ejemplo, desde aquí, apoyó a Sandino, el revolucionario nicaragüense que se enfrentaba al imperialismo norteamericano.

Por otra parte, con sus amigos venezolanos, Gustavo y Eduardo Machado y Salvador de la Plaza, planearon una lucha, claramente armada, en contra de la dictadura de Juan Vicente Gómez. Una vez que eliminaran esa dictadura de Caracas, todos partirían para liberar a Cuba.[3]

Con el propósito de allegar las armas sus dirigentes tenían contacto con el general Álvaro Obregón, ex presidente de la república mexicana y, con toda seguridad, presidente de México en una segunda ocasión. A las entrevistas con Obregón asistió Mella. Al salir de la última entrevista, en la que Obregón les mostró las armas, Mella abrazó a Eduardo Machado. “Ya tenemos las armas”, le dijo, “Venezuela será libre”.[4]

Estaba convencido de que la liberación de Cuba se lograría necesariamente por la vía armada y la cita anterior nos muestra que trabajaba constantemente en ello. Buscaba, por todos los medios que tenía a su alcance, conseguir armas siempre cavilando en la revolución de la mayor de las Antillas.

Como pensador intelectual, tenía claro que para América Latina no podría haber liberación social sin liberación nacional, echando abajo, con ello, a la ortodoxia eurocéntrica de la Internacional Comunista y, por lo tanto, ganando la reprobación del Partido Comunista que, como es sabido, se caracterizaba por su discursiva pero no por la efectividad de sus acciones.

Se relacionó con gente representativa en diversas áreas de la izquierda de nuestro país, particularmente con los principales divulgadores de la Revolución Mexicana. Los muralistas lo conocían e incluso Diego Rivera lo pintó en alguna de sus obras. Criticó a la CROM (Confederación Regional Obrera Mexicana) de Morones por su actitud corrupta y poco preocupada por la demanda obrera en la revolución.

Criticó también a la Revolución Mexicana, particularmente a sus líderes, que habían traicionado las aspiraciones de su pueblo. La intención de escribir y publicar el cuento “Aquí nadie pasa hambre” era justamente que otros vieran cómo la lucha por el bienestar de los trabajadores debía continuar.[5] No estaba concluida, como la “familia revolucionaria” quería hacer ver. Lo que sucedió en diferentes momentos a lo largo del siglo XX, y hasta hoy, evidenciaron que sus palabras estaban cargadas de razón.

Para cuando Machado se declaraba único candidato para un nuevo periodo dictatorial, Mella había conseguido que las armas, que Obregón había dispuesto para los revolucionarios, fueran a dar a manos de la causa cubana. Un soplón delató el plan.[6] Todo estaba decidido para Machado: Mella debía morir.

El 10 de enero de 1929 fue una noche amarga. Por la calle Abraham González, de la ciudad de México, caminaba el joven Mella en compañía de la fotógrafa italiana Tina Modotti, su compañera sentimental, cuando unos hampones traicioneramente (no podía ser de otra manera), le dispararon por la espalda hiriéndolo implacablemente. “Muero por la Revolución” fue lo que dijo en aquel fatídico instante. Pocas horas después terminó su vida, que no su obra, en el hospital, cuando todavía no cumplía 26 años de edad y Tina que tantas veces lo había fotografiado, le tomó la última imagen, en la que la muerte, con su oscura solemnidad, no pudo ser capaz de opacar siquiera un poco de la luminosidad de aquella belleza y serenidad que podía percibirse aún en su esbelto cuerpo.

Julio Antonio Mella

Julio Antonio Mella

Raúl Roa no teme en afirmar: “Julio Antonio Mella –quede ya definitivamente aclarado– cayó en una miserable emboscada del imperialismo yanqui, que utilizó, en la realización del crimen abominable, a dos de sus preferido verdugos, Portes Gil y Machado”.[7] La ironía radica en que también, precisamente por esas características suyas, la generación cubana de 1953 no lo olvidó, estaba muy presente en ella. En su memoria estaba aquel joven que había dado su vida por la Revolución, y pensaban en cada una de las cosas aquí relatadas. Podemos ver en los pasos del comandante, líder histórico de la revolución, las pisadas, el camino marcado por nuestro protagonista. “Mella es el gran precursor del accionar revolucionario del siglo XX cubano. Él es el vínculo histórico entre Martí y Fidel.”[8]

[1] S.A., “Mella para todos los tiempos”, en Cubadebate, disponible en: http://www.cubadebate.cu/especiales/2013/03/25/mella-para-todos-los-tiempos-fotos-y-video-listo/#.VwmQ7pzhBkg [Consultado el 20 de abril de 2016].

[2] Ibídem.

[3] Rolando Rodríguez, “Mella: Asesinato de un líder de América Latina”, en Cubadebate, disponible en: http://www.cubadebate.cu/especiales/2016/01/10/mella-asesinato-de-un-lider-de-america-latina/#.VwmRSpzhBkg . Consultado el 20 de abril de 2016.

[4] Ibídem.

[5] Cuauhtémoc Zapata [seudónimo de Julio Antonio Mella], “Aquí nadie pasa hambre”, en El Machete, núm. 77, México, 27 de agosto 1927.

[6] Ibídem.

[7] Raúl Roa, op. cit., p. 214. En esta cita se menciona a Machado, que en 1929, año de la muerte de Mella, era el dictador de Cuba. También se menciona a Portes Gil, refiriéndose a quien ese mismo año era el presidente Interino de México tras el asesinato del presidente electo para su segundo periodo, Álvaro Obregón, también mencionado anteriormente, por su relación con los jóvenes venezolanos y, desde luego, con Mella.

[8] “Mella para todos los tiempos”.