Por Jorge Luis Navarro

(Santiago de Chile)

Nací en el año 86.
Algunos dirán que no me corresponde hablar
de los temas que no viví en carne propia.

Pero les digo
Heredé una memoria que no es mía
pero que aun así me pertenece y me permanece
Me hago cargo de las calles que transito
las observo y sé que aún guardan, a su modo, el paso
de los hombres y mujeres de ayer (recuerdo que mi tío
me hacía mirar las cornisas de los edificios de calle Nataniel
buscando impactos de balas de una batalla que no presencié).

Es cierto, no estaba ahí cuando sucedió todo.
No escuché los Hawker Hunter atravesar un cielo gris un 11 de septiembre
pero ese estruendo quedó guardado en el aire para convertirse –quizá algún día–
en el Despertador de Chile que irrumpa cada mañana
o en el llanto y fiebre de un bebé interrumpiendo la noche. Todas las noches.
En el año 89 aprendí a leer y NO al ritmo de una democracia
que se asomaba en forma de arcoíris (qué mejor marketing que
un niño de 3 años viendo un arcoíris por televisión sin saber
qué es un arcoíris y sin saber –hasta hoy– qué es la democracia).

La Memoria es un músculo que duele cuando se ejercita
y este país es un gimnasio abandonado, un país
que se engaña a sí mismo ocultando las lesiones que lo habitan.

No permitamos que nos quiten el dolor
porque es lo único verdadero que nos va quedando
porque el dolor también es abrir puertas y ver un mapa que se asoma
como una larga y angosta faja llena de nombres de detenidos desaparecidos.

Re signifiquemos el concepto de Mapa Político que enseñan en las escuelas.
Ahí nos instauran a sangre los límites que nos diferencian y segregan
pero lo que no nos enseñan es que lo verdaderamente político de un mapa
son las cicatrices de sus habitantes, los caminos y territorios humanos:
Los huesos de la memoria que aún habitan en algún lugar
y que a la fuerza se quieren esconder, pavimentar y construir sobre ellos.
Convirtamos los memoriales en territorio vivo, en ventanas
que esperan ser abiertas nuevamente, porque cada nombre
de cada persona desaparecida es un territorio: traen consigo
la desgracia de la cordillera, del desierto y de las costas fragmentadas:
traen consigo las huellas que aún podemos ver marcadas en la ruta.

Es cierto, no estaba ahí cuando sucedió todo.
Nací en el año 86 y heredé una memoria que me pertenece y me permanece.

Ilustradora: Minerva Gómez