Elik G. Troconis[1]

Dejáronse llegar las hordas de turistas. Los camiones se detuvieron en el estacionamiento del sitio y los pasajeros salieron como una plaga de hormigas. Cámara en mano, giraron en todas direcciones y fotografiaron cuanto pudieron sin saber siquiera lo que miraban. Encontraron curiosos los árboles, el cielo y hasta el suelo; a todos tomaron una fotografía para jamás olvidarlos. El guía del recorrido llegó al instante y les dijo dónde comprar agua; los envió a los sanitarios para que ninguna se quejara más tarde. Dio siete minutos para eso; ni uno más.

Listos los turistas, entraron al sitio y escucharon todos los datos introductorios que pudo recetar el guía: fechas, nombres, cantidades… Todos pretendían oír, mas ninguno escuchaba. Al día siguiente apenas recordarían dónde habían estado, pero eso no importaba: ninguno se preocupaba por el futuro; vivía tan sólo por el presente. A la sombra de un árbol, el guía hizo parecer que se hallaban en el lugar más interesante del mundo y todos se sintieron privilegiados. Entonces, cargados de valor, tomáronse una selfie y cuantos pudieron la cargaron a Instagram o Facebook o a Twitter o a las tres. Esperaron que cayera el primer like y sólo en ese momento guardaron su celular satisfechos.

El guía reanudó el camino y todos lo siguieron, pero la mayoría de lejos, pues se detenían en cada piedra para fotografiarla: piedras en el piso, piedras arriba de otras piedras, piedras pequeñas, piedras grandes, piedras del empedrado y piedras apedreadas: todas eran piedras interesantes para ellos. Eso era lo que buscaban en el mundo entero: lo interesante. Se consideraban verdaderos conocedores y no podían dejar pasar un elemento —por mínimo que fuera— sin registrar.

Siguiente parada. El guía arrojó más datos y los turistas tomaron más fotos. Siguiente parada: más datos y más fotos. Una y otra vez el número de datos y la cantidad de fotos aumentaron. Al final del recorrido los turistas sabían exactamente la misma información que los otros millones de turistas que habían visitado el lugar. Igualdad en su máxima expresión, pues a nadie le ofrecían más de lo necesario, más de lo indispensable para poder presumir que había estado ahí.

Llegó el momento final: el guía concedió a los pasajeros tiempo libre para tomar más fotos, por si les había faltado alguna. Fue un premio para los turistas, quienes se emocionaron tanto como un perro con carnazas. El premio mayor consistió en decirles dónde se tomaban las mejores fotos, señalando los lugares exactos desde los que se obtenían las imágenes que se utilizaban para las postales oficiales. Los turistas arremetieron furiosos y en menos de un santiamén arribaron al sitio indicado, corriendo lo más rápido que pudieron para apañar el espacio y conseguir su fotografía sin que nadie les restara un centímetro de espacio. Ayudado por los codos, cada uno logró obtener el área suficiente para estirar su brazo y utilizar el todopoderoso selfie stick. Comenzó entonces el desfile de gestos. Foto 1: sonriendo. Foto 2: serio. Foto 3: con cara chistosa. Foto 4: como impresionado por lo que ve. Foto 5: como mirando al horizonte… Un par de decenas más para la colección, para la hermosa colección de fotos que quedan almacenadas en la computadora y que nunca se vuelve a ver, a menos que se dé la terrible necesidad de recurrir a ellas para actualizar la foto de perfil de alguna cuenta.

Termina el desfile y se agota el tiempo libre. Todos se reúnen y se hace el recuento oficial: ¿Todos siguieron la misma rutina, todos oyeron los mismos datos, todos tomaron fotos a lo mismo y desde los mismos lugares? Todos asienten, ¡qué felicidad! Los turistas suben a los camiones para emprender el regreso. Todos tienen una hermosa sonrisa en su rostro, una sonrisa que refleja la felicidad que sienten por saberse libres, por saber que son absolutamente libres de ser iguales a todos los demás. ¡Viva la libertad!

Libertad_ilustradora Jazmín Zapotecas Lagunas

Libertad_ilustradora Jazmín Zapotecas Lagunas

[1] Correo electrónico: elikgtroconis@gmail.com