Jorge Chavarín Mondragón

Ramiro y yo nos conocimos desde la preparatoria. A pesar de que a mí me pareció desde el principio que éramos muy distintos, con el tiempo me di cuenta que su actitud ante los problemas que se nos fueron presentando terminó cautivándome, al grado de que sin proponérmelo, influyó en mí; sin embargo, hoy estoy francamente angustiado por lo que pueda ocurrirle. En las últimas noches, al pasar frente a su casa reduzco la velocidad de mi auto, a fin de tener una visión más panorámica, y siempre me ha parecido ver, cada vez estacionado en un lugar distinto, un vehículo del tipo de los que usa la policía política.

Lo primero que nos identificó a Ramiro y a mí fue nuestro gusto por el boxeo; pero ahí comenzaba justamente nuestra primera diferencia, pues mientras yo sólo era un simple aficionado, que conocía la trayectoria de los peleadores a través de la revista Ring Mundial, él ya lo había practicado, ya que tenía un tío entrenador al que a veces ayudaba, en un gimnasio de la colonia Guerrero.

Por otro lado, mientras yo leía mucho, él parecía más bien práctico pero debo reconocer que sus juicios eran objetivos y su análisis profundo. En definitiva, siempre se caracterizó por ser un joven resuelto.

            Mi admiración por la destreza pugilística de mi compañero, después de verlo “hacer guantes” para ayudar a un boxeador profesional que pelearía días después en la Arena Coliseo, se vio desplazada por el efecto que me causó su habilidad y argumentos para solventar cualquier problema a debate, ya fuera académico o político.

            Mientras yo era un chavo de casi puros dieces de calificación, él decía que era preferible ser de ochos y nueves, pero sociable, en discreta referencia a mi timidez y a veces aislamiento del grupo. En definitiva, a él le debo haberme integrado al ambiente no sólo estudiantil, sino social. En el último año de la prepa, Ramiro optó por el área de sociales para estudiar ciencia política, mientras que yo me metí al campo de la biología; no obstante, ya habíamos formado un pequeño grupo de amigos.

            Después comprendí que los ochos y nueves de Ramiro no se debían a su falta de apego al estudio, sino más bien a una postura rebelde. Entiendo que Ramiro provenía de una familia combativa, pero yo lo atribuía inicialmente a que formaban parte del ambiente del boxeo. Su tío el entrenador había luchado tiempo atrás contra las corruptelas de todo tipo en el boxeo, según me contaba Ramiro; tanto de la Unión de Managers, como de la Comisión de Box y Lucha, y aún de los empresarios de las arenas que pagaban lo que querían y muchos managers y boxeadores tenían qué aceptar o se quedaban sin trabajo. Una tarde tuve el gusto de tratar a este personaje, conocido como el Papero Carrillo, en su gimnasio, y no pude evitar hacerle la pregunta obligada

            —Para usted, ¿cuáles boxeadores han sido mejores, los de antes, o los de hoy?

            —Permíteme tantito —me dijo, mientras volteó a ver a los muchachos que entrenaban, para gritarles ¡Tiempooo! Y todos se pusieron a trabajar en lo que estaban.

            Volteó hacia mí, y su respuesta a mi pregunta no fue directa, pero me dejó reflexionando cuando dijo, entre el taca-taca-taca de las peras fijas y los golpes a los costales de arena

—Mira, las comparaciones son odiosas, pero hay que aceptar que estamos viviendo una transición en el boxeo; ya no hay ídolos, la comercialización está acabando con el espíritu deportivo de antes.

—Pero entonces, ¿estos nuevos valores que están impulsando las televisoras, qué son? —repliqué yo.

—Son precisamente eso, ídolos prefabricados por los empresarios y los medios.

—Tiene usted razón —acepté, y ya con nostalgia añadí —¡El último gran ídolo fue el Púas Olivares!

—Efectivamente, pero también qué placer era ver pelear a Mantequilla Nápoles  —rememoró el entrenador— y eso que no te tocó la época del Toluco López y el Ratón Macías; eran los más taquilleros.

Ramiro y yo nos seguiríamos viendo en la universidad. A pesar de que nuestras disciplinas eran diferentes nos buscábamos a menudo, aunque empecé a notar que desde que entró a ciencias políticas, su postura comenzó a hacerse más radical, y paulatinamente empezamos a reducir nuestras charlas sobre boxeo para dar paso a la discusión de problemas sociales emergentes.

En un principio pensé en alejarme del grupo, pero siempre terminó atrayéndome la capacidad de exposición de Ramiro y sobre todo las preguntas abiertas que planteaba siempre motivándonos. Eso fue lo que me retuvo, y de ello no me arrepiento.

Un día, al visitarlo en su casa, me sorprendió ver la acera de enfrente llena de muebles de todo tipo, casi todos viejos, y montones de ropa, apilados sobre sofás y camas. Llegué justo en el momento en que una docena de cargadores fornidos y correosos terminaban de sacar, entre reclamos de los afectados y sin ningún miramiento, el poco mobiliario de los residentes de la última vecindad de la calle de Dr. Velasco, a cincuenta metros de la estación Niños Héroes del Metro, que había venido resistiendo la transformación a condominio.

Con esto decíamos adiós a una modalidad de vivienda horizontal, de cuarto redondo, construida en los años treinta del siglo pasado para familias obreras. La Doctores era uno de los asentamientos periféricos de la ciudad de aquél entonces, y el inmueble estaba supuestamente catalogado por el INAH, por unos relieves decorativos que aún conservaban las fachadas que daban al patio interior; pero una vez más, el interés inmobiliario se sobreponía al cultural y patrimonial.

Encontré a Ramiro verdaderamente encendido, al frente de un grupo de vecinos que intentaba impedir esto, pero en su mayoría eran hombres y mujeres de mayor edad, como se viene viendo en los últimos años en estos barrios.

Con los puños crispados, y hasta con deseos de intervenir físicamente, Ramiro interpelaba a un supuesto abogado, que con un expediente que sostenía frente a su pecho, como si fuera escudo, manoteaba airadamente, como buscando hacer valer su autoridad. De su expediente cayó, sin que él se diera cuenta, una pequeña tarjeta que vino dando vueltas en el aire para caer cerca de mis pies. “El Choncho. Desalojos”. Alcancé a leer, antes de guardarla discretamente en mi bolsillo.

Más tarde, en la Fonda Biarritz, nuestro habitual lugar de reunión, Ramiro expresó:

—¿A dónde carajos quieren que se vaya esta gente, si aquí nació y aquí ha hecho su vida?— Y agregó, después de un sorbo a su agua de jamaica —¡Tenemos que hacer valer su derecho de arraigo a su barrio…!

Este era el ambiente tenso de las últimas semanas, y ahora veía con preocupación que Ramiro se volvía crecientemente contestatario. Sus críticas más severas iban hacia el modelo económico impuesto a nuestro país, y las evidencias de corrupción en todos los niveles de gobierno.

—Esa es la principal causa de todos nuestros problemas —solía concluir, después de dar sus puntos de vista.

No pude evitar un estremecimiento cuando Ramiro expuso, con la frialdad que ya le conocíamos, su posición final al respecto.

—Pues así como están las cosas, no veo muchos caminos… —y meneando la cabeza, expresó sombríamente —O se convierte uno en luchador social, o se hace terrorista…

Después de eso dejamos de frecuentarnos para poder terminar nuestros estudios universitarios. Esa interrupción, a mí me permitió hacer un balance de lo aprendido y lo provechoso que había sido mi pertenencia al grupo de Ramiro. A partir de ahí empecé a leer más sobre temas sociales y políticos, pero lo que más me preocupaba, era lo difícil que estaba resultando hacer contacto con él, pues “estaba ocupado” o bien no llegaba a casa, según nos informaba el portero de su edificio.

La preparación de mi examen profesional me distrajo unas semanas y me olvidé de Ramiro y sus ausencias, pero una vez cumplidas mis obligaciones decidí pasar a buscarlo a su edificio, ya de regreso de la universidad.

Ahora no sólo no estaba, sino que encontré al portero muy hermético y como con recelo, y no quiso darme ninguna información sobre Ramiro. Al salir del edificio, me topé con un vecino de abajo, con el que Ramiro jugaba frecuentemente ajedrez. Al consultarlo sobre el paradero de mi amigo, me quedé congelado cuando me dijo, en un tono innecesariamente bajo —la calle estaba desierta y eran casi las diez de la noche—.

—Vinieron por ellos hace tres días —Ramiro compartía el departamento con otros dos hombres, con los que aparentemente no tenía mayor amistad— pero afortunadamente no los encontraron. —Mi informante tomó aire y volteó discretamente a izquierda y derecha, como para asegurarse que nadie nos veía, y luego me dijo casi en un susurro —los están acusando de portación de armas y de estar fraguando un atentado, pero no sé decirte más…

La vida es un ring - ilustrador Héctor Mateo

La vida es un ring – ilustrador Héctor Mateo

En mi aturdimiento, creo que ni las gracias le di y me fui caminando, sin saber qué hacer.

—Allá está tu coche —me dijo señalando hacia atrás, cuando me vio encaminarme en sentido contrario.

Me pasé dos días encerrado en casa, tratando de asimilar lo que había pasado, pero no podía concentrarme. Me propuse hacer un recuento de mi relación con Ramiro y de cómo éste había venido radicalizando su posición, para tratar de imaginar dónde podía estar ahora y qué se proponía hacer.

Mi madre interrumpió mis cavilaciones al abrir suavemente la puerta de mi recámara.

—Ya vente a cenar —Me dijo.

—Sí, mami, ya voy. Gracias.

Con la vieja costumbre de mi padre, de merendar viendo el noticiero televisivo, nos fuimos enterando de los sucesos del día.

—El presidente inauguró un hospital en Salina Cruz —expuso el corresponsal, mientras pasaban imágenes del corte de listón y de las nuevas instalaciones. Después vinieron unos comerciales y al terminar éstos, una noticia llamó nuestra atención.

—Esta mañana, integrantes de una banda intentaron secuestrar, o al menos retener al secretario de gobernación, aprovechando un acto público, en el que un numeroso grupo de afectados le reclamó la reciente expropiación de predios habitados, para desarrollar el proyecto de Ciudad Judicial en la colonia Doctores, pero fracasaron en su intento y lograron huir entre la multitud, sin que se pudiera dar su captura.

Mis padres y yo dejamos un momento nuestros tazones con cereal, porque eso había ocurrido a unas cuadras de la casa. De pronto, en el jaloneo de las cámaras al tratar de seguir la acción, pude identificar el rostro de Ramiro entre los supuestos agresores, mientras algunos asistentes del ministro yacían en el suelo durante el forcejeo. No pude evitar quedarme con la boca abierta unos segundos.

—¿Te pasa algo hijo? —preguntó mi madre, al verme pasmado.

—Nnno, no. Sólo me pareció ver a alguien conocido, pero en fin, todos son vecinos. —Dije, tratando de ocultar mi confusión y sorpresa.

Ya eran casi las once de la noche cuando decidí tomar mi auto y conducir hacia la casa de Ramiro. Como antes lo había hecho, reduje la velocidad desde que di vuelta a su calle. Veinte metros atrás de su edificio pude ver el auto que detecté días antes, con dos hombres a bordo, que no tenían aparentemente nada qué hacer.

Eso me confirmó que Ramiro todavía seguía libre, y me impulsó a seguirlo buscando, por el aprecio y reconocimiento que le tengo, con independencia de que le asista o no la razón en sus excesos. Total, el descontento social tiene una razón de ser y también un límite de tolerancia, y creo que en esa lucha ya me estoy involucrando…