Por Andrés López Sánchez

¿Quién hubiera soñado, en una noche de quietud total, bajo las estrellas clarísimas, la Bóveda que es como un orgasmo de vuelo…?

Salvador Elizondo, El hipogeo secreto.

Después de cinco días encontraron la entrada sur de la sierra. No había soldados, ni gente en el pueblo vecino. Sólo el rumor del viento que bajaba de los cerros y formaba remolinos en el descampado. Bebieron agua en un pozo cercano, casi vacío. No encontraron gente en las casuchas de palma y adobe, y tampoco pudieron determinar cuándo habían abandonado el pueblo. Comieron granos de elote, piloncillo, tortillas duras que encontraron en las magras cocinas; bebieron nuevamente agua. Llenaron las cantimploras, recogieron la comida que pudieron y siguieron su marcha. Avanzaron varias horas, hasta internarse en un laberinto de senderos que se perdían, a lo lejos, entre los árboles.

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Lo que más extrañaba en aquellos días eran los libros. No era fácil conseguirlos, pues no podían quedarse demasiado tiempo en el mismo lugar y estaban en constante salto de mata. No había tiempo para libros. Los libros no eran prioridad en un movimiento en el cual los principales líderes eran maestros universitarios con sólidas formaciones lectoras. Al entrar en la clandestinidad tuvieron que adaptarse a las necesidades de las sombras. El tiempo era su único interés: esperar horas, días, a veces semanas hasta que se anunciaba que podían salir y entonces salían y volvían a su rutina de traslados en automóviles robados, en camiones que salían de la ciudad para internarse en los resquicios de las serranías.

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Y el tiempo seguía su marcha. Decían, o eso se escuchaba, que el movimiento estaba infiltrado hasta la dirigencia por agentes encubiertos del gobierno, y era cuestión de tiempo la captura de los dos líderes sobrevivientes. No concebía un mundo lejos de ese espectáculo político al cual se había entregado desde muy joven –a pesar de su juventud, súbitamente había envejecido en esos últimos dos años– y una fijación lo flagelaba con fuerza: saber, si llegado el momento, tendría las agallas para pegarse un tiro ante la inminente llegada de los militares, o si sería al lado de su carabina M-2 con la que se batiría a un duelo condenado al fracaso con la horda de militares que, seguramente, ya habrían ocupado todos los flancos del lugar, dispuestos a pasar a la historia como los artífices de lo que parecía imposible: acabar con el movimiento. Era necesario pensar en eso, en el final de todo. Aun cuando una fijación recurrente le hacía creer en el triunfo del movimiento, debía pensar en la otra cara de la moneda. Pensar en la derrota, en la muerte, en la pila de cadáveres y en el deterioro del cuerpo humano a la intemperie. Así que prefería pensar en libros. Sobre todo de noche, cuando el grupo de cautivos dormía y se daba a la tarea de recordar frases inexactas de sus libros favoritos, las novelas de adolescencia, los libros de política, la filosofía griega, la poesía, las historias romanas que su abuelo le contaba a todas horas. Era de los pocos momentos en que no pensaba en el movimiento, y sus repercusiones políticas e históricas en su humilde país y en la decisión de entrar en él luego de la muerte intempestiva de toda su familia. El coraje era súbito al pensar en su madre con un tiro de gracia, sus hermanos desaparecidos, su padre desmembrado. Los pasillos de la Facultad de Humanidades donde estudiaba Literatura Española, los amigos con los que leía, escribía, y se emborrachaba después de los recitales de poesía que organizaban de improviso en cualquier espacio que las autoridades universitarias les prestaban. La noche en la sierra era infinita, y siempre terminaba por pensar en lo que no quería: las imágenes se aparecían en su mente y permanecían clavadas como agujas durante horas, hasta que el alba lo adormecía y lograba olvidar.

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Las veredas al lado del río, el imponente río donde el caudal se perdía con la espuma y las rocas, donde los animales bebían y los grupos de hombres temían pasar. Tan caudaloso, tan hondo, tan húmedo era ese río que en los más profundos días de lluvia se desbordaba por todos lados y arrasaba de una buena vez las breves resistencias humanas que se limitaban a ver cómo se perdían ranchos enteros, cosechas impotentes, vidas de familias enteras que no alcanzaban a salir de sus chozas. El grupo de hombres, fusil al hombro, mochila militar, observaba desde dónde podían escapar de la fuerza de la naturaleza.

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A él no lo motivaba nada más que el fin. Vislumbraba el final de todo con tanta insistencia que nada importaba. Sentía una tremenda impotencia que lo ponía al borde del llanto cuando alguien insinuaba, entre el tabaco y el café frío, que era cuestión de meses que las últimas resistencias del movimiento entraran en la completa clandestinidad. Todos lo sabían: el clandestinaje era el principio del fin. Nunca mintió al respecto: el hecho mismo de haber participado activamente en el movimiento, de ser miembro fundador, de estar comprometido con la causa, lo convertía en uno de los principales blancos del gobierno. Todos los sabían. Por eso lo cuidaban.

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La voz de Carmen. Su tersa voz desparramada desde la hamaca, y él al lado de ella, mirándola beber café, leer las novelitas que sólo ante él ella era capaz de leer, sólo ante él y nadie más se abría toda: sin las botas militares, los sabañones que perceptiblemente comenzaban hacer mella en sus dedos, las calcetas sucias, el fusil y el cuchillo, sus uñas sucias que intentaba ocultar tras las hojas del libro, el sudor que recorría su rostro, su cuello, sus pechos perlados de agua salina, ambos cubriéndose del sol bajo las ramas del tamarindo, y más allá, viniendo desde un sitio que no podían discernir, las voces de los compañeros que bebían aguardiente a sorbos cortos, dejando a la pareja en su intimidad, risotadas de camaradería que escondían por el temor a la muerte, el descanso obligado cuando los cuerpos, exhaustos, no podían seguir más. Carmen lo convertía. Ante ella no era el jefe, el líder, sino un hombre enamorado, ni más ni menos. Por eso atesoraba esa intimidad en la que no era necesario el sexo: la voz de Carmen era el cuerpo que no podía tocar aún, la risa de Carmen era la cavernosa humedad donde todo iniciaba, la herida abierta que no conocía, el recurrente calcinar de huesos convertidos en cenizas de la fosa clandestina donde imaginaba encontrarse cuando lo mataran. Carmen reía. Le leía fragmentos de las novelas que era, decía, el único placer que podía darse, el único vicio burgués del que no pudo desprenderse cuando nació en ella el llamado de la conciencia social, cuando estudiaba sociología y lo conoció a él, en un mitin organizado por una asociación de estudiantes revolucionarios. En ese tiempo él leyó un manifiesto en que ya prefiguraba la lucha armada como la forma más noble y necesaria para darle al pueblo la voz que había perdido ante rapaces políticos y burgueses sin escrúpulos. El mitin terminó en una represión brutal por parte del gobierno, la muerte de varios estudiantes, la primera y, hasta ese momento, única detención de él. Carmen estuvo en el germen de todo. Delante de ella, y como una forma burda y efectiva de tortura psicológica, fue torturado. Ante cada golpe, ante cada escupitajo, ente los cigarros quemando su cuerpo, los ojos de ella se posaban con dureza en los de él, como si la tortura fuera compartida y así, entre ambos, el tiempo se esparciera y los golpes no dolieran. No volvieron a verse en mucho tiempo.

Las-circunstancias-edición-de-imagen-Héctor-Mateo

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Luego de salir de la cárcel, él fue reclutado por movimientos radicales y se fue otro país a entrenarse en tácticas de guerrilla. Carmen hizo algunos intentos por encontrarlo, pero no obtuvo respuesta a su búsqueda: en el fondo, creyó que el lazo que había forjado con el joven torturado era un tenue hilo que se rompería como tantas cosas más en su vida. Con el tiempo, Carmen terminó su licenciatura, y ejerció el oficio como catedrática universitaria, pero una nueva represión del gobierno la envió directamente a las filas de un movimiento político que ya cobraba fuerza, y abandonó el país al mismo sitio donde él se había entrenado. En la clandestinidad, Carmen entró en contacto con la guerrilla, y fue reclutada. Sus primeras encomiendas fueron pedagógicas. Le habían encargado adoctrinar en las teorías marxistas a un grupo de estudiantes normalistas recién llegados. Carmen cumplió a cabalidad con la encomienda. No sólo dotó a los estudiantes de los rudimentos del materialismo histórico, sino los convenció que los libros y las armas, lejos de estar distanciados, podían llevar una común existencia como una especie de medios hermanos que se nutren uno al otro de una tácita compañía. Luego vinieron tareas menos ordinarias. Tuvo que entrar en acción, y colaboró con algunos líderes en la planeación de ataques a bancos, a oficinas de gobiernos y secuestros de personajes importantes de la política. Cumplió también, sin vacilar. A pesar de pertenecer al movimiento por más de tres años, nunca se habían visto, pues las identidades de ambos, por seguridad, sólo las conocían ciertos integrantes. Las piezas del ajedrez se movían sin atender a necesidades específicas de ciertos miembros, sino a ese todo que nadie conocía pero todos seguían: la libertad.

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No pasó mucho tiempo cuando se encontraron dando vueltas en círculos. Llevaban caminando todo el día, después de que un pelotón del ejército los había cercado en el campamento. Los soldados abrieron fuego con todo lo que tenían; los guerrilleros lograron repelerlos algunos minutos en un fuego cruzado que causó la mayoría de bajas, pero fue inútil tanto sacrificio: al cabo de no mucho tiempo tuvieron que correr y dejar todo en el campamento. Se dispersaron. Él corría al lado de Carmen y otros tres miembros que se turnaban para cubrirlo. Luego de varios minutos desapareció el ruido de las ráfagas, y sólo escucharon su respiración agitada y el sonido del viento moviendo los árboles. Siguieron el protocolo: debían llegar a una población cercana donde se moverían más fácil, para recorrer la sierra por el lado norte, e internarse para encontrar otro campamento, igual de debilitado que el que acababan de dejar. La única posibilidad de salir con vida era volver a la sierra, bajo el amparo de los cerros y protegidos por ese fuerte natural que era el río. No conocían la ruta occidente de la sierra, que era la más sinuosa, con los cerros más escarpados y donde el río se convertía en un verdadero monstruo sin fin con un caudal considerable. Pero con el pelotón siguiéndolos, era la única posibilidad. Caminaron todo el día hasta el anochecer. Nunca, en todo el tiempo a salto de mata, sintió él tanto desamparo, tanta impotencia ante la brutalidad de la naturaleza. Exhaustos, hambrientos, descansaron bajo el ceceo de un abedul. Improvisaron con unas mantas y hules un refugio para pasar la noche. Al lado de Carmen, no sintió frío ni miedo, ni hambre, sólo un cansancio tan profundo que se durmió pasando los brazos por la cintura de su mujer. Soñó con mejores tiempos. Días, meses y años en los que el pueblo finalmente fuera escuchado, un lugar sin desigualdad, sin ricos ni pobres, sin exclusiones, sin prebendas, todos unidos bajo un bien común, viviendo armónicamente. Soñó también con los libros que nunca pudo escribir, las historias que recreaba en esas noches de la sierra, los libros que leyó alguna vez hacía tanto tiempo que poco a poco los personajes se difuminaban en silencio. Soñó con Carmen, pero no con la Carmen guerrillera de la que estaba irremisiblemente enamorado, sino que la soñó vestida con una bata de maternidad y con seis o siete meses de embarazo. Se soñó postrado en su regazo, escuchando las acrobacias de su hijo dentro del vientre de Carmen; esos sonidos que lo transportaron, dentro del sueño, a otro sueño, en el que escuchaba la cadencia de los latidos del corazón. La imagen de Carmen vestida con la bata de maternidad, el pelo suelto, húmedo, sobre la cintura, la historia de hadas y príncipes y dragones que le leía a su hijo con los labios pegados al ombligo de Carmen para poder trasmitir las palabras con soltura y claridad, su risa ante la narración simultánea de la hazaña del príncipe Escorbuto al vencer de una tajada de su filosa espada al dragón de la noche, que gemía y lanzaba bocanadas de humo ante la inminente extinción de su fuego vital, y otra vez la risa de Carmen y sus manos aferradas al pelo de él, las voces dentro del sueño, las ráfagas que oyó a lo lejos, en otra dimensión: los gritos que no lo despertaron.