Oscar Eduardo Bravo Gutiérrez

I

Morir siempre ha tenido un precio (monetario).

El 2 de noviembre de 1896 el panteón de Mezquitán, primer cementerio municipal en Guadalajara, abría su cancel de barrotes con una oferta irrechazable incluso para el más entusiasta de la vida: entierro gratuito. Conjunto al estreno del terreno vendría el reconocimiento de ser el primero en recibir el cobijo eterno de la capa terrosa de camposanto. Porque primero sólo hay uno y último no sabremos.

II

El poblado de Mezquitán es anterior a Guadalajara; era una zona pagana famosa por sus bodas, festejos y trabajos de cantera. Tres sociedades segregadas entre sí cohabitaban Mezquitán: indios, eclesiásticos y extranjeros varios.

La interminable urbanización acortó las distancias entre Guadalajara y el pueblo de Mezquitán. Asimismo, las distancias culturales entre las tres sociedades anteriores comenzaron a frecuentarse sin algún roce notorio. Mediante un decreto se incluyó a Mezquitán en Guadalajara y se ratificó como barrio en 1885. La primera iglesia construida en el municipio tras la revolución fue erigida por las manos sabias de Mezquitán, con cantera como materia prima.

III

Dos personas murieron en vísperas del 2 de noviembre de 1896. Quizá por equilibrio se trata de una mujer y un hombre. Quizá por contraste de un rico y de una pobre. Quizá por obviedad de un extranjero y una mexicana.

Toda carrera es contra el tiempo. Dentro de una carroza está el cuerpo que compite contra el que yace pesado sobre un petate. También compiten las llantas del móvil contra los pies de los deudos que cargan el petate. Todos compiten contra el tiempo que no se inmutó ante la muerte de los queridos y sigue un paso confuso (nadie sabe si lento o caudaloso) profetizando una eternidad en camposanto para los restos de cada cuerpo.

El triunfante Juan Jaacks, boticario de Mezquitán, presunto alemán, fue enterrado a coste cero en la sección dedicada al sector extranjero en un pedazo de tierra de pertenencia germánica. La segmentación del diseño inicial del cementerio hacía distinción para extranjeros en general, franceses, alemanes, eclesiásticos y el resto de habitantes. Como si hubiera distinción entre polvos.

La eternidad más larga, por ser la primera en comenzar, yace bajo las siguientes palabras talladas en la primera lápida instalada: Hier ruhet in Gott: Hans Jaacks, aus Rostock. Besitzer der deutschen Apotheke.[1]

Los pobres pagaron el servicio fúnebre de su difunta que encontró el perdón de la derrota en el olvido.

IV

Mezquitán tiene una raíz náhuatl: mizquitil, que refiere al lugar donde abundan los mezquites. Su raíz arbórea es difícil de arrancar. El mezquite es un árbol que da sombra a una zona árida. Son plantas duras, tolerantes a la sequía y de raíz gruesa. Crecen lentamente, a veces se quedan en edad de arbusto y existe peligro de extinguirlos.

V

Tres colonias dividen el barrio de Mezquitán en la caótica Guadalajara: Mezquitán, donde está el panteón, un mural exterior y una estación de tren homónima; San Miguel de Mezquitán, poblado anacrónico camuflado en el fluir moderno; y Mezquitán Country, zona repartida entre lo comercial y lo habitacional.

Las divisiones las realiza el urbanismo y el transporte: Mezquitán Country está al atravesar la intersección entre Enrique Díaz de León (avenida que bifurca al panteón no sólo en sección I y sección II, sino en sección Neoclásica y sección Kitsch) y Plan de San Luis; San Miguel de Mezquitán también comparte al primer rector de la Universidad de Guadalajara (Díaz de León) pero con su cruce con el ex presidente Manuel Ávila Camacho, ruta a Zapopan; Mezquitán ve los flujos sanguíneos de automóviles en su capilar avenida Federalismo, conducto principal de tránsito hacia y desde el centro de Guadalajara y que se extiende hasta los bordes del periférico.

La mayoría (aunque no son muchos) de los mezquites están escondidos y es difícil encontrar su sombra si no se es habitante de alguna de las tres colonias, excepto uno: el que, en mero improviso de vestíbulo, bifurca la avenida Enrique Díaz de León en su camino de Mezquitán Country a San Miguel de Mezquitán.

La sombra que da no la disfruta nadie.

VI

La acera laberíntica contiene baches pese a su estrechez. Camino por Enrique Díaz de León que conecta mi casa en Plan de San Luis con el templo de San Miguel de Mezquitán. Por esta banqueta encuentro réplicas mínimas de los negocios erigidos por Chapultepec Country, colonia aledaña a Mezquitán Country y que presume una estabilidad económica superior a la de Mezquitán. No sé si la tiendita, la micro estética y el restaurante se ven magnánimos del otro lado o si lo que veo al pasar es una maqueta de todo lo incluido en la colonia vecina, lo que sí sé es que allá la luz pública no titila en las noches, recibe más visitas de la policía (aunque menos activas) y que las casas duplican tanto la anchura como la altura de estas viviendas excepto de una: la unidad familiar Reforma, edificio subsidiado por el estado, que da asilo a más de veinte familias.

Mezquitán quiere decir lugar donde abundan mezquites. Quiero decir que hay muy pocos de estos árboles. Los pocos sobrevivientes al pavimento bifurcan la avenida como una isla partiendo la corriente automovilística. Su sombra refugia a vendedores de calle y a transeúntes efímeros que deciden cruzar entre cuadras en lugar de hacerlo de esquina a esquina. Su valía no es la del oasis si no la del espejo; están prisioneros del elitismo urbano. Hay un árbol central que domina la vasta sombra. No es hogar para ningún animal que no sea insecto. No provee alimento más que sus hojas. Los arbustos le rodean haciéndolo inaccesible para el juego. Algunas ramas largas sobrepasan la altura de las viviendas que tiene a ambos lados. Imagino que alcanza a ver los techos cortos de todas las casas.

He recorrido en mi caminata cualquier recoveco de las tres colonias del barrio de Mezquitán a excepción de tres calles, las tres anteriores a la avenida Ávila Camacho. Estas tres calles principian en la acera que voy recorriendo y terminan unos metros después, paralelas entre sí, sin tocar ningún otro cruce. Si no hubiera niños en las pocas casas que caben en las vías inconexas, estarían siempre vacías pero hay un ratio de reproducción secular. Por su nula circulación de autos han funcionado como estadios de futbol, reuniones en la calle, fiestas y venta de drogas.

Si uno se pone en los cruces con la avenida distribuidora a la hora en que la luz titila, no alcanza para ver el fin de la sombra; como si se tratase de una calle que desciende hacia un pozo sin fondo. Al final de una de estas calles se levanta un muro infranqueable; es una fábrica de dulces que desprende un olor a chicle a ciertas horas como una variación de campanario, sólo que los únicos que acuden a su llamado son los trabajadores y los niños jugando.

Quizá ese olor mantiene a las familias ahí por generaciones, quizá es el trabajo seguro de la fábrica.

VII

Para ingresar a San Miguel de Mezquitán el visitante debe descender del ruido cotidiano de las avenidas que amurallan la plazoleta en donde una fuente sisea con la seducción y calma de un caldo que se cocina a fuego lento. Las calles inclinadas obligan al declive para descubrir la llanura en donde se encuentra el templo, centrado en la plazoleta desperdigada de jardineras y alamedas desbordantes, ligeramente atacadas por un monumento de lo más curioso; una serie de arcos romanos inconclusos que atentan contra la simplicidad del lugar. El ocasional baile de danzón con el arrastre senil de los danzantes en la algarabía del espacio público da los tintes más románticos bajo la luz pajiza de las luminarias.

Bancas de concreto reciben al espectador que busque estudiar el maquinar del pueblo. El trabajo interno es sosegado: carnicería, papelería, taller mecánico, taquería, cafetería, tiendas varias, panadería y una academia de música perdida. También hay un baño público para aquel que disfrute de lo húmedo fuera de casa.

Irrumpe el sonido secular de las campanas; sisea la fuente, ronronean los pasos y comienza el murmullo del que dicta misa. La parroquia permite dos entradas, está hecha de cantera, tiene dos esculturas inconclusas o derruidas, de este mismo material, de lo que alguna vez fueron un par de querubines, equidistantes, por encima del arco de medio punto que presupone la entrada al recinto. Al centro y arriba, un vitral de San Miguel reluce esplendoroso con su espada y rostro apuntando amenazantes. Las columnas que sostienen el templo son dóricas y los enjutos tienen relieves de flores y hojas. De ahí en más las paredes son tan tersas como frías. Una única torre presume la campana que tintinea. Otra campana hace juego con una cruz desperdigada, ambas: estáticas, silentes y seductivas; una gris, la otra dorada, distanciadas por su inmovilidad en el patio que prologa la parroquia.

Los añadidos tras tantos años de reticencia a la modernidad, probablemente, a pesar de la latente aura católica, desde tiempo de fiestas paganas, para completar el panorama presente, podrían ser los quince edificios departamentales, un cyber, un lavado automático y el cambio de giro en la academia que ahora es de baile. Esto y una construcción que tiene al menos dos años en obra negra y que duró la mitad de ese tiempo con una lona panfletaria gigantesca que decía “¡NO AL MOTEL EN MEZQUITÁN!” que se sigue construyendo sin avance significativo ni pruebas de que los planos y planes hayan cambiado o se mantengan firmes como las paredes grises.

Un ser aéreo volando en línea recta puede conectar los tres puntos que suponen el futuro motel, la fuente sedosa y la iglesia católica, con su Cristo azuloso y el vitral de San Miguel amenazante.

VIII

La línea tres del tren, aún en obra, habrá de surcar el cielo de Ávila Camacho derribando la protección claustrera que impide ver la maquinaria de vida en San Miguel de Mezquitán como maqueta lejana. Podré ver esa línea donde se confronta la espiritualidad y la sexualidad. En mi primer viaje pondré a prueba la honestidad de mi conciencia para resolver si toda esta aura seductiva de Mezquitán es más honesta por la bella cantera labrada en la iglesia o por la fiesta pagana en la alcoba rentada.

[1] Aquí reposa el dios Hans Jaacks de Rostock. Dueño de la botica alemana.