Por Julián Becerra

En apariencia los únicos llamados al ocio son los empleadores trajeados y el hombre en overol es el único cuya preocupación 24/7 es el trabajo. Esto debería colmar para iniciar una gran agitación; sin embargo, por su lastimero apetito, se ha dado al hombre común —y éste lo ha devorado— la idea de que la historia de la humanidad es la historia del obrero trabajador que, sin tiempo para holgazanear, transforma la materia día tras día, mes tras mes, año tras año. Seducido y sin más argumento que sentirse parte de la historia universal inicia a amar sus cadenas, no sin antes recetarse un lenitivo para desalojar de él los restos pasionales del tedio, el cansancio y la repetición, denuncias del autoengaño que acalla con ese brebaje milenario, consistente en engalanar los vicios como virtudes hasta confundirlos y enaltecer el libertinaje, cebar al hombre de pequeñas revoluciones, tenues rupturas del orden social planeadas para el fin de semana, tenue consuelo, tenue maldad. Sumemos la repetición de la idea inicial, los empleadores trajeados son los únicos que hacen sombra y al ser ellos tan pocos, los muchos los verán como ejemplos y querrán serlo, nacen los oligarcas de overol.

Con tan fuertes ideas y operando con apariencia contradictoria, paradigmáticas para el hombre vulgar, se aplaca la voluntad subversiva. Pero este amor por las cadenas a pesar de ser cada vez más refinado jamás ha cambiado de objetivo, atacar y disminuir siempre al arte por el arte, el acto por el acto, condenándolo de autosuficiente, onanista, atomizado, locura. Veamos cómo “Los de abajo” no sólo representan la alternancia de la Revolución Mexicana, también es una metáfora que no escamotea la realidad real enmascarándola con otra sino que nombra la verdad nombrando otra cosa.

El libro inicia con una interrupción. Prorrumpen infatuados hombres por las armas y asesinan un colega, luego advierten la presencia del salvaje —el bandido— huyen despavoridos pero dejan el rastro de su paso, el perro muerto de Demetrio. Este es el punto de no retorno del cual parte la vorágine de eventos, de revancha y de jornadas que no tendrán otro objetivo que divertir el espíritu.

—Bueno —dijo Demetrio— ya ven que aparte de mi treinta-treinta, no contamos más que con veinte armas. Si son pocos, les damos hasta no dejar uno; si son muchos aunque sea un buen susto les hemos de sacar.

—¡Mírenlos qué bonitos!— exclamó Pancracio— ¡Anden, muchachos, vamos a jugar con ellos!

—¡Huy! ¡Huy! Parece que me echaron un panal de moscos en la cabeza —dijo Anastasio Montañés, ya tendido entre las rocas y sin atreverse a levantar los ojos.

Y las posibilidades de huir con esposa e hijo, evitar un enfrentamiento desigual, fingir su muerte o apresurarse a escapar del estado jamás son posibilidades dentro del horizonte de sentido de Demetrio, prefiere el juicio por combate, la lúdica de los hombres. Hasta este punto no existía la revolución, sólo el deseo de iniciar la fiesta donde más recordamos a la muerte, y aunque juego al fin y al cabo, se vislumbra el éxtasis del acto y la agonía del mismo cuando se nombra “revolución”, allí la lucha se convierte en un deber, el juego en acto político.

Esa manía de nombrarlo todo, de no aceptar la acción sin antes condenarla a comparación o a una pesquisa de antecedentes y de vecindades con el pasado, nos conduce a los lugares comunes de la civilización, al temor por lo irracional, al temor de perder el control, a repetir, así nos llega la frase de cajón “aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla”. Esa imposibilidad de soltarse de tanto requisito aniquila el éxtasis de la acción y la reduce a la mera anécdota.

Pero como se ha escrito el libro no sólo habla de la Revolución, trasluce el método de colonización nominativo, el sistema de captura paranoica; si lo queremos analizar a nivel subjetivo; o el sistema de captura ideológica, si queremos apreciarlo a nivel social. Se procede: (i) signando lo disidente criticándolo o enalteciéndolo, darle un valor moral; (ii) encontrando un agente nominador que se involucre; (iii) indicar el acto dentro de la dinámica social, darle un lugar en la historia; y (iv) absorberlo transformándolo en moraleja o en lugar de alusión.

Lean cómo el juego de Demetrio cae en las manos de los clasificadores, de Cervantes, quien al decir “revolucionarios”, afirma y trasmite la voz de la autoridad. Si hablar es dar órdenes, la afirmación encabeza el mando y como siempre será un ilustrado, un académico, un universitario —educado en clasificación— el indicado para trasmitir los deseos del Amo, porque un Amo siempre debe conocer el nombre de sus bestias antes de montarlas.

—Me llamo Luis Cervantes, soy estudiante de medicina y periodista. Por haber dicho algo a favor de los revolucionarios, me persiguieron, me atraparon y fui a dar a un cuartel…

Demetrio sonrió:

—¿Pos cuál causa defendemos nosotros?…

Sin duda esta captura es el inicio del engaño y posterior autoengaño de los personajes, puesto que los limita en su acción o les condena a ser lo no pretendido, elimina su nomadismo, les congela en la clase y los obliga a redundar. Un hombre signado puede ver capturada su intención en la norma. No basta el ejemplo de “Los de abajo”, en el Sur tenemos el caso Carlos Cruz Diez, artista venezolano, imputado de hacer arte cinético, op art, cuando en realidad vela sólo por el color, color sin soporte y sin anécdota, como circunstancia efímera, realidad en constante mutación, Cromosaturación, concluye para sí mismo a través de su obra. ¿Cómo sobrevive al signo? Conservándose errante.

“En su alma rebulle el alma de las viejas tribus nómadas. Nada importa saber adónde van y de dónde vienen; lo necesario es caminar, caminar siempre, no estacionarse jamás; ser dueños del valle, de las planicies, de la sierra y de todo lo que la vista abarca.”

Los hombres de Macías lo saben como en el siglo V los hunos, bárbaros nómadas, le tuvieron pavor a la letra escrita considerándola signo de malos augurios, los bandidos le tienen pavor al miedo porque paraliza y frustra todo posible acto, mal augurio.

— ¡Fuego!… ¡Fuego sobre los que corran!… ¡A quitarles las alturas! —ruge después como una fiera.

Avancemos.

La figura más prominente de la novela, el colega, el perro, nominación 10 a 1 en el libro.

…Es porque no me conoce, es porque me ve en este perro y maldito oficio…

El perro denuncia el estado de la civilización, el proceso civilizatorio, la mudanza del carácter a las fidelidades, las adaptaciones al lazo de cuello. Hermanemos a Palomo con Anarkos, el perro del poeta Colombiano Guillermo Valencia (1873-1943) que no se alejaba en tiempo de Mariano Azuela (1873-1952).

Mísero can, hermano

de los parias, tú inicias la cadena

de los que pisan el erial humano

roídos por el cáncer de su pena;

es su cansancio igual a tu fatiga,

como tú se acurrucan en los quicios

o piden paz, sin una mano amiga,

al silencio de oscuros precipicios.

Son los siervos del pan: fecunda horda

que llena el mundo de vencidos. Llama

ávida de lamer. Tormenta sorda

que sobre el Orbe enloquecido brama.

Ya los perros sarnosos
se tornaron chacales. De ira ciego
el minero de ayer se precipita
sobre los tronos. Un airado fuego
entre sus manos trémulas palpita,
y sorda a la niñez, al llanto, al ruego,
¡ruge la tempestad de dinamita!
¡Son los hijos de Anarkos! Su mirada,
con reverberaciones de locura,
evoca ruinas y predice males:
parecen tigres de la Selva oscura
con nostalgias de víctima y juncales.

El perro es signo de domesticación, es ciudadano y siempre representará nuestro ser en cada época. Helena de Troya, haciendo una descripción de sí misma, se dirá desde la Ilíada <<cara de perra>> una mujer azotada por la conciencia, pero esclavizada por la pasión. Los reproches de la conciencia son el detrimento del placer pleno de las pasiones, pero son las pasiones, siempre intuitivas, la voluntad móvil que se abre por intrincados caminos hasta incubar la épica; empero, hasta el fin de los tiempos se seguirá sugiriendo “Estudia, y no serás cuando crecido, ni el juguete vulgar de las pasiones, ni el esclavo servil de los tiranos”. El triunfo de la razón. Pero no es la razón quien otorga libertad de yugo evitando el libertinaje pasional o reconociendo los métodos de control con su contrición procesal, sino el abandono de la inercia de las palabras el único fin de la razón, razonar para dejar de hacerlo.

Advirtamos al final que al no ser capaz de despojarse no entenderán el arte por el bien del arte y que para crear se hace necesario profanar, para profanar subvertir la propia moral, evitar usar siempre el mismo método para no repetir, mantenerse constante en el ejercicio, indicando, al crearse un nombre propio o ser nombrado por otros, la gravitas del acto, el éxtasis de la acción.

Demetrio, 100 años contantes, apunta su cañón al vacío, el centro hipotético de la existencia.

Los de abajo