Por Susana Álvarez Godoy[1]

Buenos Aires, Argentina

Una mirada socio histórica y feminista sobre los orígenes culturales de la violencia contra la mujer y la gravitación de la educación patriarcal en los comportamientos machistas.

El orden patriarcal es el sistema de dominación político más antiguo que existe. Con una estructura asimétrica, jerárquica, sexista, fálica y androcéntrica, en la que los varones guardan entre sí una interdependencia y solidaridad que atraviesa las clases sociales, banderas y razas. Este poder se impone por la autoridad, la coacción, la manipulación, la propaganda, el temor, la violencia institucionalizada y la violencia doméstica.

El patriarcado es una súper estructura social, económica, cultural y religiosa en la que los hombres dominan y explotan a las mujeres de maneras directas o sutiles, basándose en una supuesta superioridad moral, carácter, inteligencia, fuerza física, y en la interpretación literal de los textos religiosos que dieron origen a usos y costumbres, leyes consuetudinarias, códigos “universales”, mandamientos sagrados e instituciones, siendo el matrimonio monógamo, heterosexual, con obligatoriedad de convivencia, fidelidad, débito conyugal y descendencia, uno de las más importantes.

El matrimonio, la familia, el cuidado de los hijos y el marido, la satisfacción de sus deseos y necesidades deben ser la prioridad y única preocupación de las mujeres.

El intercambio de mujeres por mercancías o alianzas entre los grupos humanos desde el Neolítico fue la primera creación del patriarcado en que se evidencia que la mujer ya era considerada un objeto de posesión de los varones del clan, por lo cual podían tomarla, venderla, violarla o matarla sin consecuencias.

El marianismo es un concepto sociológico equivalente al machismo; describe y regula “qué es ser una mujer”. Así como el machismo postula las características que hacen de un varón “un hombre”, el marianismo establece el lugar que debe ocupar la mujer en la sociedad. En este contexto se la valora sólo por su capacidad de ser madre y si está lista para sacrificarse por la familia.

Para el dominio, sumisión y usufructo resultan claves el matrimonio y la maternidad, de ahí la importancia de la planificación familiar y el control de la natalidad; para una mujer no es lo mismo ocuparse de un hijo que de diez.

Cada vez que las mujeres quieren hablar de planificación familiar y educación sexual, los militantes de la religión y la familia contraatacan poniendo en la palestra el tema del aborto como modo de posicionarse en un lugar de moralidad, anulando así los argumentos de las mujeres, que terminan en el banquillo de las acusadas sin poder expresarse sobre sus derechos reproductivos, sus libertades sexuales, etcétera.

Hoy, con los avances en anticoncepción, ni siquiera deberíamos considerar el tema del aborto. Hay cerca de 20 métodos anticonceptivos, no abortivos, para evitar un embarazo no deseado sin llegar al aborto.

El marianismo es el último recurso del patriarcado; manipula a la mujer, diciéndole que ella es espiritual y moralmente superior al varón, y con mayor fortaleza emocional que éste. Se les inculca desde niñas que solo sé es mujer cuando sé es madre.

Así la imagen de María se torna en contra de los intereses de las mujeres, y sus virtudes arquetípicas como Gran Madre, son utilizadas para subordinarlas.

El marianismo postula indirectamente que toda mujer es madre y todo varón es hijo. La madre tolera y acepta todo de los hijos, ella tiene una infinita capacidad de soportar el dolor y perdonar; porque al fin y al cabo “los hombres son como niños”

Las mujeres se identifican con la madre sufriente, la mujer pasiva, postergada que se resigna y aguanta en silencio, porque es el destino trazado por Dios y los ancestros.

Las mujeres tienen que reaprender el olvidado lenguaje de los instintos para poder decodificar las señales de peligro que la educación y la cultura patriarcal le enseñaron a ignorar en nombre del amor y la familia.

Auto sacrificio, entrega, paciencia, obediencia, sumisión, humildad, amor, son los señuelos del cazador.

Preguntémonos:

¿Por qué las mujeres víctimas de violencia de género no pueden alejarse del hombre maltratador?

¿Por qué no escuchan su instinto de vida?

¿Por qué después de recibir ayuda de familiares, amigos o policía, muchas retiran las denuncias y vuelven con el hombre violento?

¿Qué o quién apaga su instinto de supervivencia? ¿Qué mandato es más poderoso que este?

¿Qué le ofrece el maltratador que es tan valioso para ella?

 

El patriarcado, sobre todo en países emergentes, no le deja mucho espacio a la realización de la mujer; la educó y preparó por siglos para que viva a través del hombre. La convence que la vida sólo vale la pena al lado de un hombre que la haga esposa y madre. La capacidad reproductiva de la mujer está en la base de su explotación y control.

Los hombres se han entrenado para la guerra y los deportes violentos por milenios, aprendieron el arte de atacar y defenderse; por el contrario las mujeres fueron educadas para la sumisión, para cuidar a otros, para obedecer y complacer al hombre y soportar los malos tratos y las penurias en nombre del amor o del miedo, porque ellos son más fuertes y tienen el control del mundo.

A las mujeres desde la infancia se las alecciona para encontrar el alma gemela, y formar un hogar y por este mandato familiar, social y religioso algunas están dispuestas a ir muy lejos para alcanzarlo o mantenerlo.

Las mujeres tienen que aprender qué conductas y comportamientos están retroalimentando el círculo de la violencia, qué cosas tienen que cambiar, modificarse o directamente ser dejadas de lado.

Superar la negación y la resistencia al cambio en que viven, aunque hayan crecido escuchando que no hay que pensar ni analizar, sino tener fe.

La erotización de la dominación lleva a asociar masculinidad con agresividad y dominación; y ver en la esclavitud sexual algo excitante.

Tenemos que indagar en la resignación y aceptación que muchas mujeres muestran frente a la violencia de género, ver si detrás no hay una creencia de la mujer en la superioridad del hombre, del macho alfa al que le reconoce el derecho a golpearla y por ende la negativa a defenderse.

¿De dónde le viene a la mujer la aceptación de la superioridad del varón en el mundo?

¿Quién puso en ella estas ideas de culpa y resignación?

Me pregunto qué hay en la tan mentada y publicitada atracción de muchas mujeres por hombres peligrosos y agresivos que viven al margen de la sociedad y de maneras non sanctas.

¿Qué sucede en la mente de las mujeres que entran en sitios Web buscando un “amo” para una relación sexual, en la que ella desea ser “la sumisa”, alguien a quien se controla, humilla y golpea?

¿Qué construcción de género tienen estas mujeres que equiparan degradación con excitación sexual?

¿De dónde surge la erotización del dolor y la esclavitud?

¿Quién nos machacó la cabeza desde la infancia con aquello de que el sacrificio es loable, que hay que darlo todo, dar hasta que duela, vivir para los demás, servir, poner siempre la otra mejilla y cosas así?

La erotización de la sumisión y la violencia es fundamental porque facilita la aceptación de la servidumbre sexual de la mujer tan cara al patriarcado por ser la base de sustentación que mantiene la “familia tradicional” que reproduce en su seno la ideología machista.

Machismo y Marianismo son las dos caras del paradigma patriarcal, juntos mueven la rueda que perpetúa la violencia y el abuso contra las mujeres en el mundo y a través del tiempo.

Durante el siglo XX las mujeres salen al mundo laboral mientras siguen ocupándose de todas las tareas domesticas, no remuneradas y sin reconocimiento social.

El hombre ve a esta mujer como enemiga, porque ha escapado de su milenario control; la visualiza como competencia porque le disputa su rol de jefe y único proveedor del hogar. Ahora ella también maneja dinero y se gana el pan; ya no quiere obedecer ni tener tantos hijos; prefiere dedicar su tiempo y talentos a una carrera profesional, un negocio, una empresa, practicar un deporte o un arte, en resumen vivir en sus propios términos.

Esta nueva mujer nos está obligando a rediseñar la noción de género y de masculinidad: ¿qué implica ser hombre hoy?

Muchos en lugar de ver esto como un cambio positivo que nos proyecta al futuro como civilización, lo ven como un cuestionamiento a su identidad y autoridad masculina y sobre reaccionan aplicando las 5 formas de violencia: física, mental, emocional, económica y simbólica.

Si todo falla y las mujeres siguen avanzando sobre el espacio publico e insisten en alejarse de los roles tradicionales de esposa y madre, algunos hombres ven en el maltrato y el feminicidio una forma extrema de recuperar el control y su hombría.

Hay que deconstruir estos principios para poder pensar en un paradigma superador en el que mujeres y hombres caminen juntos, libres, como iguales hacia el futuro y sin mirar atrás.

[1] Docente, escritora y licenciada en Psicología