Margarita María Uribe Silva

No miré la prueba mientras aparecía el resultado. La dejé en el suelo, me subí los pantalones y esperé estrictamente los 5 minutos que indican las instrucciones. Las leí con detenimiento. Una raya está todo bien, dos rayas, ¡que lío!…sólo tengo un día de retraso pero me siento rara.

               ¿Él?, él no sabe nada, llevo dos noches sin dormir y no le he dicho nada. Podía haber esperado y averiguarlo en casa. Tal vez haberlo hecho con él. Podía, sí, pero era más rápido y menos conflictivo así. El baño es individual y está limpio, eso es suficiente. Miro el reloj, vuelvo sobre el piso y ya está, ¡dos rayas!, ¡dos putas rayas! Estoy embarazada.

               Metí la prueba en el envase original y tiré todo a la basura. Frente al espejo saqué los polvos, me maquillé y repetí en voz baja: está todo bien. Era una cafetería en la 85 con 15, pedí un ´tinto campesino´ y ocupé una mesa en la terraza. El café ni lo probé y miraba pasar los carros sin atención. Unos meses de embarazo se pueden ocultar, un hijo y su padre es una locura. Empecé por escribir un mensaje. “Estoy en Bogotá, ¿Dónde estás?” Mientras Jorge respondía se me escurrían las lágrimas. Saldrá tarde y nos veremos mañana. Mejor así. Mejor no verlo nunca, sin explicaciones.

               A veces los médicos se equivocan. Para poder tener hijos requería de un tratamiento. Les creí y él me creyó. El tratamiento resultó gratuito y padezco el milagro de la procreación. ¿Culpables? Siempre hay que señalar a alguien, pero no me pienso disculpar. O quizás sí, con ella, con su hija, pero no con él, es un cobarde.

               Hace dos años perdí un ovario, debería estar saltando en una pata, pero no. ¿Karma, ironía?, ¡no importa! Hoy se trata de mí, le pondré Leticia o Martín, he pensado mucho en eso. Un escalofrío recorre mi cuerpo y me refugio en el café pero está helado, ni siquiera sirve para espantar el llanto, tiemblo. Me voy a casa, ´nos vamos´ a casa. Lo mejor es Transmilenio hasta el portal de la 170 y luego la flota a Chía. Aún puedo evadir la hora pico.

               La estación tiene gente pero puedo caminar con tranquilidad. Dentro de una hora será un mar de empujones y codazos. Me subo en el primer vagón, viajo de pie y me acomodo cerca de las sillas azules. Pronto podré usarlas sin restricción y exigirle a ese que duerme que me dé su lugar. Luego de dos paradas consigo sentarme y las lágrimas vuelven a caer.

               No sé cómo se lo voy a decir. Lo conozco hace más de 10 años y a pesar de todo, no sé cómo reaccionará. Éramos compañeros de oficina. Para ese entonces mi noviazgo era un desastre, Javier no podía con sus celos y yo no podía con sus exigencias. Él esperó la ruptura y me conquistó rápidamente. Fue de esas relaciones románticas, pero corta. En tres meses se fue a México a cursar una Maestría en Humanidades y en la despedida no hubo promesas. Después nos cruzamos varios mensajes y, al cabo de unos meses, nadie miró hacia atrás.

               Llego al portal y en la sección de intermunicipales la fila es larga. Tendré que esperar el siguiente bus. Entre la gente hay dos niños y un bebé. Los miro, me provocan ternura y juego con el bebé que también me mira. Se ríe mientras escondo mi cara y aparezco con alguna mueca. ¿Cómo será? Me gustaría que tuviera sus ojos, su altura y su carácter, es más dulce.

               Es la primera vez que quiero ser mamá, pasé algunos sustos antes de la enfermedad y en todos pensé que abortaría. Esta vez es diferente, pero seguramente él espera otra cosa. Nos prometimos que no habría consecuencias y no le voy a cumplir. Recibo un mensaje en el celular, es él, me pregunta si estoy bien, cambió sus planes y vendrá a casa, cierra diciendo que me ama. Hace meses, hablar de amor era natural entre nosotros. ¿En qué consiste el amor? Podía amarlo pero no querría tenerlo. Sin posesión, sin celos, sin reclamos. La ropa sucia le toca a otra. Le respondí con besos y corazones, y esta vez se desploman las lágrimas. Escribo dos palabras más: “Estoy embarazada”. No las envío.

               A mi lado cabecea una mujer mayor. Se echa la bendición con los ojos cerrados cuando el bus arranca. ¿A quién se le ocurre ser infiel los domingos? Cuando nos reencontramos, yo vivía al lado de la iglesia del hospital, y mientras unos rezaban, cantaban y se daban golpes de pecho por sus pecados, nosotros los cometíamos. Cada domingo temprano recibía el mensaje, “¿Lista para el paseo?”. Jorge entrena hace más de un año para recorrer la Patagonia en bicicleta. Chía y yo hacemos parte de sus entrenamientos, era la excusa perfecta. Un beso primero, muchos después, ¿qué estamos haciendo? Las manos atrevidas, con ropa, sin ropa, la costumbre, el cinismo, las mentiras, ´el amor´. Lo veo en línea. ¿Se lo dirá a su esposa? ¿Lo echaran de casa? No quiero su dolor, no quiero vivir con él.

               La autopista está descongestionada, han pasado 25 minutos y estamos en el peaje. Los ronquidos de la anciana del lado y la música me agobian. Tarareo en voz baja con la radio: “y regresas nuevamente, regresas, con un beso, regresas porque para ti, el amor dices que soy yo…” esta vez no volverá.

               Sus recorridos iniciaban en Bogotá y las distintas rutas en algún momento cruzaban la Avenida Pradilla, el punto de encuentro era la biblioteca y luego de una larga pedaleada entre conjuntos cerrados, casas campestres y potreros, terminábamos en la vía Guaymaral, no sin antes refugiarnos en los alrededores del Colombo Gales para el porro y las pasiones robadas al tiempo.

                No se puede jugar al amor colegial después de los 30; envío el mensaje. Queríamos más, tuvimos más y hoy quiero menos, una raya menos me basta.