Por Eglón Mendoza

“Nunca he pensado en las víctimas y sus familias. No me arrepiento, sólo que refinaría mis métodos para no cometer los mismos errores y no ser detenido.” «El Sádico» [1]

En ocasiones tengo la impresión de que han quedado en el pasado los días en los que cualquiera que tuviera “actitudes raras”, contradijera al régimen heterosexual o se declarara en contra de las “leyes naturales”, era obligado a ocultarse en el interior de un clóset. Ahora todo parece distinto, quizá sea el hecho de que no me tocó vivir esos años de la persecución sistemática en contra de “depravados sexuales”, o tal vez estoy siendo víctima de un olvido colectivo. No lo sé, pero algo me dice que a pesar de que ahora vivimos una cultura de la tolerancia hacia lo diferente, y que hoy día podemos enlistar una serie de logros en materia de derechos para la diversidad sexual en México [2], aún persisten entre las sombras los fantasmas de la violencia, del odio, de la intolerancia. Pero, lo que más me aterra es que ignoramos la magnitud de su existencia, que podríamos estar frente a una realidad manipulada, en la que además de la omisión de una lucha histórica por el reconocimiento civil y político de los colectivos LGBTI [3], desdeñamos la posibilidad que persiste de ser nosotros mismos la próxima víctima por homofobia.

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Hace poco más de tres años, me encontraba en “La Cigarra”, un bar gay en el corazón del centro de la ciudad de Puebla, una ciudad eminentemente caótica por las elevadas cifras de asaltos y violencia normalizada. Después de unos cuantos tragos, junto con el artista plástico Nicolás Marín, recibimos la invitación para “continuar la fiesta” en el domicilio de una persona que conocimos esa noche. Abordamos un taxi rumbo al conocido “Barrio de los Sapos”, y en el momento en que estábamos por descender del vehículo, fuimos atacados por un grupo de sujetos que nos golpearon y nos robaron nuestras pertenencias. Lo que más tengo grabado de aquella fría noche es la sentencia que lanzaron aquellos hombres mientras pateaban a Nicolás en el suelo, “eso te pasa por puto”.

La homofobia es el verdadero cáncer que afecta a una sociedad atrapada en el viejo cuarto de un potencial asesino, con espíritu de vengador; un problema que pareciera afectar únicamente a aquellas personas que son juzgadas por sus prácticas sexuales. Sin embargo, lo cierto es que no se necesita ser homosexual, bisexual, trans o lesbiana, para ser objeto de injurias, y de un acoso que puede llegar a ser tan violento, que puede terminar con la vida de una persona.

Dicho carcinoma encierra un profundo sentimiento de rechazo hacia todo lo que pueda considerarse como “débil”, como “una cosa de mujeres” que no puede ser tolerado, mucho menos si ese comportamiento emana de un cuerpo entendido como masculino. La homofobia estigmatiza y atraviesa las relaciones familiares, laborales, sentimentales, amistosas, y en general, todo el ser del individuo que no acata los roles de género propios de una sociedad machista.

Castañeda [4] hace una importante reflexión al respecto, cuando nos recuerda que la homofobia nunca trata sólo de la orientación sexual de las personas, sino que va más allá, está compuesta por una compleja estructura que obedece a un conjunto de valores e instituciones, entendidas como únicas y verdaderas, como lo son la familia y el matrimonio, o la dicotomía entre lo masculino y lo femenino. Mientras al homosexual se le condena por comportarse “como mujer”, a la lesbiana se le acusa de querer usurpar el papel de un “hombre”: en este sentido, el trasfondo misógino implícito en la homofobia es evidente, dimensionando la intención de las bromas, los chistes y la violencia, que persiguen toda conducta percibida como diferente u opuesta a “los valores masculinos” que permean el lenguaje y la conducta social.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, fue un hecho histórico y decisivo para las sociedades de la postguerra, ya que esto sirvió como catalizador de una serie de movimientos sociales que comenzaron a surgir alrededor de mundo, exigiendo el respeto a las libertades sociales, políticas y sexuales.

La urgencia del movimiento LGBTI en México aconteció en medio de una serie de hechos que marcaron la vida cultural, social y política del país. A finales de la década de los sesenta, el aumento en los niveles de educación del país, permitió una transformación de la cosmovisión mexicana respecto a la familia patriarcal, el amor, la sexualidad y la consciencia ciudadana. En 1968, la matanza de Tlatelolco definiría para siempre el carácter, el peso y la importancia política de la protesta social; un año después en 1969, los disturbios de Stonewall en Nueva York, marcarían el inicio del movimiento gay en todo el mundo.

Los setenta se caracterizaron por un fuerte sistema de represión por parte del gobierno mexicano, durante este periodo surgió la llamada “guerra sucia”, caracterizada por la desaparición de luchadores sociales en manos de grupos paramilitares que contaron con la aquiescencia del Estado. Por esa razón, los cimientos del movimiento de liberación homosexual en nuestro país se fueron forjando de manera clandestina, hasta el 26 de julio de 1978 cuando un grupo de homosexuales, identificado como Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR), se unieron a la marcha con motivo de la conmemoración de la Revolución Cubana en la Ciudad de México, ocasión en la que por primera vez se vería en un acto público a “una turba de maricones” ocupar la calle, demandando un alto al acoso policiaco, el respeto a sus derechos civiles y libertades sexuales.

Ese mismo año se organizaron dos grupos más, conocidos como Lambda y Oikabeth, agrupaciones que impulsarían y aprovecharían las oportunidades propias del contexto internacional, para motivar la politización entre lesbianas, personas trans, homosexuales y demás disidencias sexo genéricas, para actuar en contra de la represión, la discriminación y la violencia ejercida sobre sus cuerpos.

A partir de 1979, se comenzó a llevar acabo anualmente la “Marcha del Orgullo”, con la firme convicción de ocupar el espacio público, reclamando el derecho a la organización y manifestación de los colectivos LGBTI, además de hacerlo como un acto para rememorar los disturbios en el pub Stonewall Inn, aquella noche en la que un grupo de personas trans, gays y lesbianas se enfrentaron con la policía neoyorkina. Ese mismo año se conformó el Frente Nacional Contra la Represión (FNCR), con quién los tres grupos lésbico-gay se unirían durante la marcha conmemorativa del 2 de octubre, así como el 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos.

Imagen del contingente por acceso a la justicia, que en 2014, unió a diferentes colectivas durante la XXXVI Marcha del Orgullo y la Dignidad en la Ciudad de México. [Recuperada de http://sexta-azcapotzalco.blogspot.mx/2014/07/mexico-el-bloque-rosa-responde-revista.html]

Imagen del contingente por acceso a la justicia, que en 2014, unió a diferentes colectivas durante la XXXVI Marcha del Orgullo y la Dignidad en la Ciudad de México. [Recuperada de http://sexta-azcapotzalco.blogspot.mx/2014/07/mexico-el-bloque-rosa-responde-revista.html]

Durante los años subsecuentes, sucedería una especie de pausa dentro del movimiento LGBTI mexicano, marcada por una complicada transición hacia finales del siglo XX. De acuerdo con Diez [5], el periodo comprendido entre 1984 y 1997, representa años de crisis no sólo para el país, sino para el movimiento en su totalidad, provocándose la disolución de los tres primeros grupos lésbico-gay, a causa de su inhabilidad para generar acuerdos entre los discursos feministas de Lambda y Oikaberth, con la postura anarquista del FHAR. Aunado a eso, dos factores determinaron el “regreso al clóset” de la protesta homosexual y lésbica, el primero consistió en una falta de reorganización del discurso, una vez alcanzadas ciertas victorias políticas, era fundamental adaptarse a las nuevas necesidades del movimiento. En segundo lugar, la epidemia del VIH/SIDA, que llegó a México en 1983, daría las armas con las que diversas instituciones médicas, religiosas y educativas, promoverían un pánico social, así como una serie de desinformación y atención respecto al virus.

La década de los noventa representa una acumulación de avances económicos, políticos y sociales. El efecto de la “modernización del país”, trajo consigo la fundación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) en 1990 [6], encargada de la protección de las mal llamadas “minorías”; ese mismo año, la Organización Mundial de la Salud (OMS) eliminaría la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales; cuatro años después se llevaría a cabo la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá (TLCAN), consagrándose de esta manera la introducción de México al modelo económico neoliberal, trastornando hasta el día de hoy, las condiciones económicas, culturales y sociales de toda la población.

La elección en 1997 de una diputada federal abiertamente lesbiana, contribuiría a la reivindicación del movimiento LGBTI en el México contemporáneo, propiciando el avance de las demandas a favor de los “derechos de la diversidad sexual”. Durante la misma década comenzaron a tener eco en el país, diversas reflexiones respecto al género y las identidades heterodisidentes, surgiendo lo que se conoce como “Teoría Queer”, entendida también como “la teoría de las minorías”.

En pleno 2016, se puede hablar de una contundente visibilización y demanda de los colectivos LGBTI, que han tenido que avanzar al ritmo de las transformaciones y retos del nuevo siglo. Sin embargo, la “homofobia reactiva”, definida por Castañeda [7], ha demostrado su brutal fuerza conforme se avanza en la aceptación de las disidencias sexuales. De acuerdo con Letra S [8], en su último informe, de 1995 a 2015, en México se han cometido 1310 asesinatos por homofobia, colocando a nuestro país como el segundo más violento del mundo, por crímenes de odio.

El caso del asesino serial y ex militar, Raúl Osiel Marroquín Reyes, estremeció en el año 2006 a la comunidad LGBTI, por la frialdad y premeditación con que éste llevó a cabo el asesinato de cuatro de sus víctimas que murieron por asfixia. Posteriormente, sus cuerpos fueron abandonados en la vía pública dentro de maletas.

En lo que va del 2016, veintiún personas trans han sido asesinadas. El caso de Paola ha sido uno de los que mayor indignación ha generado, por la liberación de su asesino –otro ex militar– que fue detenido en el momento en el que Paola agonizaba frente a sus compañeras, con dos heridas de bala. El 4 de octubre, un grupo de mujeres trans irrumpió en la Avenida Insurgentes con el féretro de Paola para exigir justicia ―hecho que no ha sucedido―; dicha protesta sirve como una muestra de que el miedo también está mutando, para convertirse en la rabia de “las transmaricalenchas”. Queda pendiente el trabajo individual y compartido, para revivificar la lucha histórica del movimiento de liberación sexual LGBTI en México, así como el esfuerzo para fugarse de las normas impuestas por el régimen heterosexual, además de aprender a detectar y combatir la banalización de las luchas sociales que suelen ser fagocitadas por el capital.

* El término no pretende ser peyorativo ni ofensivo, hace referencia a los usos sociales con que se denominan a homosexuales y personas trans.

[1] Raúl Osiel Marroquín Reyes, conocido como «El Sádico», durante su presentación ante la prensa el 27 de enero de 2006, acusado de secuestrar a seis personas y asesinar por lo menos a cuatro, por motivos de odio hacia su orientación sexual.

[2] En 2003 fue promulgada la Ley Nacional contra la Discriminación; el 2007 fue el año de la Ley de las Sociedades de Convivencia; y en el 2010 se ha legalizado el Matrimonio Gay en México.

[3] Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersexuales.

[4] Castañeda, M. (2006), La Nueva Homosexualidad, Paidós, México, pp.115-117

[5] Diez, J. (2011),  “La trayectoria política del movimiento lésbico-gay en México”, en Estudios Sociológicos, Vol. 29 (86): 687–712.

[6] Creada durante la administración Salinista como parte de las condiciones que tuvieron que acatarse para poder acceder a la firma del Tratado de Libre Comercio de 1994.

[7] Ibídem, pp. 111-112.

[8] Letra S (2016). Informe Crímenes de Odio por Homofobia, Informe 1995-2015, Disponible en http://www.letraese.org.mx/proyectos/proyecto-1-2/