Por Ernesto Tancovich

(Buenos Aires, Argentina)

    El capitalismo, grafómano ciego, que escribe y reescribe sobre la misma hoja. La única.

La hoja, este planeta. El suelo por el que andamos. Y el aire, las aguas.

Va colmando el espacio casi por entero. Sin perdonar márgenes ni interlineados.

Aquí y allá, no obstante, persisten huellas, trazas, signos fragmentarios, indicios de que algo distinto hubo.

Y quizás los augurios de un retorno.

Ya irá por ellos. En su lógica escribir no difiere de borrar. Es un demiurgo secundario, desdeñoso de la verdadera creación.

Reconfigura, transforma, reforma, trastoca. Su inventiva se agota en la reinvención.

Moda, novedad, sensaciones nuevas. Eso.

Opera sobre un palimpsesto, perpetuamente inacabado, hecho de borrones y trazos de loco, renovado discurso del idiota. Puro sonido y furia, sin origen ni destinatario.

Ha hecho de la industria inagotable fuente de desechos, de los campos explotaciones industriales, del campesinado una raleada dotación de operarios. Fabrica animales y hortalizas en naves computarizadas. Demuele montañas, hace de los bosques tierra yerma, entuba o desvía cursos de agua, deja pueblos fantasma, vías muertas, suprime antiguos saberes. Esteriliza en recurso turístico los santuarios naturales. Suplanta alimentos por imposturas de laboratorio.

Y una jugada maestra, la creación del Nuevo Hombre, soplando su aliento sobre la postrera chispa del salvaje.

Configurado acorde al protocolo de lo políticamente correcto, de lo moralmente funcional a las determinaciones del mercado. Domesticado en la aceptación de infinitas reglamentaciones. En libertad condicional, bajo vigilancia. Y de ser posible en cierto estado de felicidad programada.

Un ser de transacciones. Tendrá historia clínica, tributaria, laboral. Será registrado en múltiples bancos de datos. Lo que no tendrá es Historia.

Lo que subsiste del hombre libre, halla una última línea de resistencia en los sueños.

El poder ha sabido intervenir y colonizar los de la vigilia. Desde la fábrica de sueños de la Hollywood legendaria, hasta la publicidad y factorías culturales de hoy, acalla y suprime todo atisbo de voz genuina. Al Nuevo Hombre, apartado de sí, definido desde afuera, le queda solamente el indómito sueño de alcoba, encriptado en su noche, sitiado por los ejércitos del día.

El progreso ha alargado el tiempo de vida, se le ha dicho. Y él lo cree. Pero no lo registrará como vivencia. Porque a la vez le ha reducido dramáticamente el tiempo subjetivo. Es despojado minuto a minuto. El tiempo no lo acompaña. Lo rehúye. Deserta. Lo abandona en soledad de náufrago. O de peregrino en el desierto, encandilado por espejismos. Ya no vivirá ni morirá en el mundo en que ha nacido. También es él un palimpsesto, borroneado y reescrito sin cesar. Carne de olvido.

Mi infancia era calle de tierra. Fangosa durante el invierno, en primavera se iluminaba de manzanilla. En mi calle había un solo auto, el del taxista. Pocas casas eran de dos plantas. Las llamaban “de alto”, con cierto tono reverencial. Proliferaban baldíos, pequeñas áreas de cultivo, casas con parques más o menos amplios, improvisadas canchas de fútbol. El alumbrado público se reducía a lamparitas colgadas de un cable. Y se cocinaba con carbón y querosene. Nadie imaginaba entonces que irían a existir supermercados. Ni mayonesa elaborada, ni lavavajillas, ni caldos en cubos, puré de papas en escamas o leche en sachet. Nos surtíamos de harina, azúcar, fideos y porotos, que el almacenero expendía a granel pesándolos en un papel grisáceo. De galletas que nos miraban desde el ojo de buey de una lata cuadrada. De fideos clasificados por su forma en gavetas de vidrio. En carros tirados por caballos pasaban el lechero, con los tarros y la medida, el panadero del cornetín, el carbonero. Y el repartidor de hielo en una camioneta verde. La ropa, a menudo confeccionada domésticamente, se lavaba en tina o piletón y era tendida al sol. Nuestros juegos de entonces hoy son materia de estudio para historiadores y antropólogos.

Todos teníamos radio, algunos también tocadiscos, pero el único televisor estaba en el café. Cautivos de su pantalla oblonga, atormentada de rayos y centellas, nos estrujábamos los ojos por distinguir imágenes fantasmales, patéticamente inferiores a la del cine al que íbamos por centavos. Sin saberlo pagábamos tributo a la novedad.

De aquel barrio subsisten los nombres de las calles, que hoy son de cemento, bañadas en luz de focos led. Todo el mundo tiene auto y en las esquinas han instalado semáforos y reductores de velocidad. Años corrieron desde que el último gallo cantara. El tránsito de la autopista es un trueno que no cesa. Los espacios abiertos han sido ocupados por bloques de viviendas, supermercados, centros comerciales, edificios de varios pisos. Quien quiera ver el horizonte deberá llegarse a la costa del Plata y, dando espaldas a la ciudad, dejarse interpelar por esa línea que deslinda el cielo, a veces claro, a veces enturbiado por el smog, de las aguas siempre emponzoñadas.

Al tiempo de alejarse aquel mundo se acrecentaban mis ansias de volver a él. Para ello salí a buscarlo por otros rumbos. Lo hallé reminiscente, en medio de campos, ochenta kilómetros al noroeste. Mi barrio, entonces, al que se llegaba por un camino precario, volvió a ser de pocas casas, con calles de tierra, sin comercios ni dependencias públicas, mal iluminado, sin agua de red, ni gas, con servicios, telefónico y eléctrico, precarios. No obstante, se ofrecía a mis ojos, los del recuerdo, como el buen lugar. En los baldíos proliferantes de cardo y achicoria silvestre pastaban ovejas, cabras y equinos, y el clamor de los gallos no cesaba. Al labrar la huerta revivió en la memoria el olor de tierra fértil, y después de la lluvia los de tierra mojada y eucaliptos.

Transcurrieron veinte años. Hoy algunas calles se han pavimentado. El nuevo alumbrado no permite distinguir con nitidez la Vía Láctea. Las casas y los cercamientos han desplazado a los rebaños. Se escucha menos el canto del gallo, aunque todavía pueden verse caballos. Han desaparecido en cambio el lagarto overo, la liebre, el zorrino, algunas especies de aves. Los monocultivos de soja transgénica han eliminado casi por completo la población de mariposas, luciérnagas, abejas y abejorros. La vieja ruta ha sido sustituida por una autovía de cuatro carriles por la que día y noche rugen los camiones que llevan y traen mercancías del Mercosur. Parpadea en la noche la baliza azul de la patrulla. El viento activa las alarmas domiciliarias. En campos vecinos se han radicado una gigantesca base logística, un presidio de máxima seguridad, unos barrios privados y la fábrica de automóviles Honda. Los nuevos pobladores demandan gas, agua corriente, red cloacal, cámaras de seguridad. Uno de ellas se queja de que esto sea una isla, en tanto yo deploro que vaya dejando de serlo.

Mi barrio está situado a diez km de la ciudad cabecera. A ella nos trasladamos para aprovisionarnos, hacer trámites, atender nuestra salud. Preveo un día, no sé si lejano, en que esa distancia será ganada por nuevas construcciones. Voraz, el capitalismo se apropia del espacio siguiendo los dictados de la conveniencia y la oportunidad, a la manera de una proliferación oncológica. Barriadas de todo tipo, establecimientos industriales, instituciones se entremezclan en un caótico patchwork. En ese magma se recortan algunos recuadros prolijos, los barrios cerrados. A su alrededor crece la mancha de asentamientos precarios en que el desorden es dictado por la necesidad y la urgencia. Vuelve a cobrar su sentido de origen una antigua expresión: “de extramuros”.

Quedará el consuelo de lo que se resiste a partir y la certidumbre de que no llegaré a ser testigo de lo peor.

Aquí haré un alto. Al releer lo escrito, advierto que en verdad no era de barrios ni de vivencias personales que hablaba, sino del mundo. De lo que muere en sí mismo, que en sí mismo encuentra la sepultura de cada día y que renueva cada día su simulacro sin horizonte.

Oigo un rumor ahí afuera, como de algo que raspa. Me asomo a la ventana y lo veo. Allá está el grafómano, incansable, trazando sus planes en la hierba, alterando los caminos, corrigiendo la arboleda. Distingo sus ojos de loco, espiralados. Y comprendo con pavor que escribe el guion de mis días venideros.

Ernesto Tancovich. En barrio Los Pioneros, Partido de Campana, provincia de Buenos Aires, República Argentina.