Por Jorge Meneses

Gigante

Apenas pone un pie en la ciudad, 21 edificios se vienen abajo, la gente despavorida corre en todas direcciones, los militares ejecutan complejas maniobras, las aeronaves disparan inútilmente contra el monstruo y algunos sujetos, los más valientes o estúpidos, toman fotografías.

— Disparen contra el monstruo — ordena el jefe de las acciones militares en tierra.

Al gigante le llaman monstruo, aunque siga siendo tan pequeño, tan el niño regañado que su madre enviaba al rincón para que su padre pudiese azotarlo toda la noche, todas las noches hasta que, por fin, pudo escapar y probar la libertad.

 

Hubo una vez

Hubo una vez un dragón que defendió a su princesa de un príncipe azul, un patán de primera.

 

Un lugar

Se abren las puertas y un par de manos gigantes arrojan al recién llegado hasta mis pies.

— ¿Dónde estoy? — dice.

— Aquí es donde terminamos todos los que no pudimos superar algo en la vida.

Por allá —le indico como si yo fuese Virgilio—, hay un par que nunca pudo reponerse del desamor. Y más allá —señalo— está esa mujer que aún le llora a su madre —una mujer llora frente al retrato gigante de una anciana.

— Yo no tengo nada que superar. ¿Qué hago aquí?

— No lo sé, dímelo tú — respondo al tiempo que me transfiguro en su padre y el recién llegado en el niño que abandoné cuando tenía 8 años.

 

Ilustración de Minerva Gómez

 

Peregrinación

Caminas detrás de ella. Te dijeron que se aparecía en esa calle, que ahí comienza su recorrido y “pobre diablo el que se cruce con ella, porque no vive para contarla”, pero tú siempre fuiste muy valiente.

La sigues, ella no repara en tu presencia. La persigues por un largo rato hasta que llega al mar y ahí se queda parada sin hacer nada. Te decepcionas: nada de lo que te contaron sucede, nada de rostros descarnados, voces desaforadas ni nada sobrenatural. Crees que es una muy elaborada broma de tus amigos.

Estás a punto de marcharte cuando de los pliegues de su manto saca la primera cabeza y la tira al mar, un grupo de peces se arremolina en torno para devorarla. Saca la segunda y lo mismo; así hace hasta que la tuya aparece.

— ¿Sabes a dónde vamos? — te pregunta alguien a tu diestra.

— Idiota, ¿cómo va a saberlo? — espeta alguien a tu siniestra.

Miras a la mujer descubrirse (te dijeron que era una mujer). El manto cae y miles de mariposas deshacen la apretada formación que mantenían hasta entonces. Revolotean como saludando al sol que despunta en el horizonte mientras tus pies comienzan a desvanecerse.