Por Silvia Vera

Nunca he sido del tipo de personas que gustan de la “fiesta” o las noches locas. Dentro de mi grupo de amigos, soy más bien del tipo conservadora; la “buena vibra” del grupo. Quizá por eso me he alejado un poco de ellos, no es que no los quiera, es sólo que mientras crecimos yo me incliné más por las artes y los libros; sobre todos desde que me mudé a McAllen y dejé Reynosa, pues las cosas ya no eran seguras allá. Sin embargo, ese era un día importante para Priscilla y yo no podía decirle que no.

La tarde transcurrió como cualquiera; me puse mis pants de “WonderWoman” y me tiré en el sillón más cómodo de la sala, dispuesta a leer ese nuevo libro de Isabel Allende que me llegó por correo días atrás. Me preparé un café para no dormir y puse a “La jueza” en la tele para que arrullara mi concentración y me permitiera leer mi libro a placer… pero no lo logré, me quedé dormida como siempre, fue gracias a las 13 llamadas de Priscilla que noté la hora.

―Güeeeey… ¿dónde estás? ¡Aquí están todos! Te necesito güey.

Colgué el buzón de voz y me fui directo a la ducha. Mi ventaja siempre ha sido que soy tan práctica para arreglarme, que en menos de 12 minutos ya estaba finalizando los detalles de mi austero maquillaje, tomando las llaves y encendiendo el coche, para llegar tan pronto como me fuera posible al cumpleaños de Priscilla; afortunadamente para mí, la línea del puente en la frontera se fue rápido y el semáforo en verde no me hizo demorar.

Al llegar noté que, como es costumbre, no me había perdido de gran cosa. Un bar selecto, con gente selecta, en un lugar selecto; mi nombre en la lista de invitados, lo que me evitó la gran línea de la entrada. Al entrar fue como estar en un sueño entre oscuridad y muebles en tonos de rojo oscuro, que me hacían pensar en un infierno lleno de glamour y estilo, la gente a mi alrededor era delgada y bella, con atuendos perfectos, parecía que yo era lo único que no encajaba ahí. Caminé por un gran pasillo mientras en mi cuerpo retumbaban los sonidos de la música del DJ de la noche y por fin llegué a la mesa de mis amigos. En medio, en la mesa, botellas para todos los gustos, con acompañantes que iban desde agua Fiji hasta las más selectas bebidas energizantes, yo la verdad preferí la champagne que servían las edecanes al lado de la mesa, pero no esperaba beber mucho, mi libro me esperaba en casa y yo, ciertamente, no tenía el mayor interés de seguir la fiesta después.

Me di un tiempo para ver en lo que se han convertido mis amigos de la infancia y lo orgullosa que estoy de ellos, aunque las fiestas sigan siendo las mismas que 10 años atrás y yo sepa que no me pierdo nada de su vida, la verdad es que me siento feliz de haber crecido juntos. Casi como me siento satisfecha de haber tomado un camino diferente, haber ido en contra de la voluntad de mis padres y simplemente luchar por seguir mis sueños.

Lo pasé muy bien. La verdad lo pasé tan bien que ni me di cuenta de la hora. El bar cerró y mis amigos estaban dispuestos a seguir la parranda;

―¡Ayy… ¡güey, vamos! Nunca sales conmigo… además ya estás aquí.

Sin tener manera de decirle que no a Priscilla acepté ir sólo un rato. Comenzamos a caminar por calles totalmente desconocidas para mí. El clima era húmedo y mi conforte de la noche era saber que había descargado un par de libros en mi celular, para leer en caso de aburrimiento masivo. Todos habían tomado en exceso, pero eso no era nada nuevo.

Mientras caminábamos por la calle a Javier se le ocurrió la grandiosa idea de dejar marcado su territorio cerca de un vagabundo en la calle; sin prevenirnos, una camioneta de policía encendió sus sirenas. Dentro de ella el comandante, me atrevo a decir, por su cliché de gendarme con bigote respingado, cabello crespo y lentes oscuros a mitad de la noche, nos hacía una señal de disparo con sus dedos alargados. De un segundo a otro todos empezamos a correr; la verdad es que yo no sé por qué corría, pero corrí como alma que lleva el diablo. Mi corazón no dejaba de latir, latía a marchas forzadas, tanto así que entre la champagne y mi veloz huida, me desplomé en la acera de la calle, necesitaba tomar un poco de aire y sin aviso, un fuerte golpe húmedo en la cabeza.

Me jalaban de los brazos inherentes entre la oscuridad de la noche… De pronto una luz, como de televisor, y unos niños jugando video juegos… de pronto una señora limpiando mi maquillaje corrido con agresividad… de pronto un cuarto con una miserable ventana decaída en el extremo de una pared enmohecida y yo tirada en el colchón pestilente con apenas los shorts que llevaba bajo mi falda y mi blusa rota… luego nada.

*****

He perdido la noción del tiempo y la voluntad. No escucho nada por encima de esa puerta de metal. He tenido que hacer mis necesidades en una orilla de la habitación y ni eso ha modificado el olor a putrefacción de ese lugar. Mis pulmones están gastados de tanto gritar, mi garganta duele. Ya no sé cuántos días han pasado, ni cuántos faltan por venir, sólo sé que la angustia me mata. Como puedo me deshago el peinado mal acomodado y trato inútilmente de utilizar el pasador para abrir el cerrojo de la puerta, como en las películas. Sorpresivamente después de un par de intentos funciona. Camino con torpeza entre la casa, hasta que salgo de ella, me topo con un vecindario y grito para pedir auxilio, bajo escaleras y en mi escape, me tiran con tal fuerza del cabello que vuelo en el aire hacia la entrada de un cuartucho de quinta. Mi sorpresa no es el golpe, mi sorpresa es quién me lo ha dado. Es el gendarme quien me levanta con gentileza y me toma entre sus brazos.

―No grites, te van a oír los malos.

Me toma de la mano y me lleva a lo profundo de esta nueva choza llena de miseria. La televisión se encuentra en el volumen máximo, supongo, pues casi no me deja escuchar mis pensamientos. Con pasos cautelosos, el gendarme me lleva hasta el fondo de la choza, hay un cuarto, con una ventana decaída, similar a la del cuarto anterior. Lo miro y me sonríe, pero su sonrisa no me reconforta.

―Ya, ya… tranquila, ya todo está bien.

Me repite mientras frota mis hombros de un modo que me hace sentir incómoda, pero yo me encuentro llorando, tratando de encontrar las palabras necesarias para describir toda la tensión que he vivido en las últimas horas. De pronto siento cómo su mano empezó a juguetear con la tira de mi sostén. Me quedé helada de pensar lo que menos quería pensar.

―¿Qué pasó bonita? ¿Ya no me vas a contar?

Me quedo callada. Trato de mantener la poca cordura que me queda en su sitio. Quizá así no me pase lo peor que estoy pensando… desabrocha el botón, baja su cremallera.

―Estás bien chiquita, reinita. ¿Qué? ¿Apoco no te dijeron que no es bueno que las niñas bonitas anden solitas a altas horas de la noche?

Me tumba en la cama mohosa con un apretón en mi brazo que de seguro dejará marca, pero eso no me importa ahora, mi único trabajo es convencerme de que si me mantengo en calma, todo será más fácil. Se mete dos dedos a la boca y los introduce entre mis licras.

―Así… mojadita.

Busco figuras en la pared, que sólo está colada. Trato de concentrar mi impotencia en las cosas más simples, como la telaraña en forma de hamaca que cuelga del extremo de la pared con la pared de la ventana decaída, mientras me muevo al ritmo del movimiento de mi cuerpo forzado.

―Hijoesú, así de apretadita… se me va a hacer vicio.

Trato de no pensar en el dolor, pienso en mi tarea acerca de una estrategia innovadora para rescatar la fauna de la reserva ecológica en el Parque Nacional Anzaldúas y cómo mañana no llevaré agua a los migrantes perdidos en el desierto, mientras fotografío aves.

―Chaparrita y ni te quejas, de seguro has de ser bien puta. Te voy a dejar un regalito… ay te va…

Siento las lágrimas, una a una, cayendo por mi rostro. Vuelvo a escuchar el ruido de la cremallera subiendo, mientras suspira plácido.

―Bueno chaparrita, tengo hambre. Ve a ver qué te encuentras en la cocina para guisarme y mejor vete acostumbrando, porque a mí me gusta mi alimento espiritual― mientras me aprieta uno de mis muslos― y mi comidita caliente en la mesa.

Como puedo me levanto, la embestida ha sido tan brutal, que apenas puedo mantenerme de pie. Trato de caminar calmadamente hacia la puerta, puedo ver el cerrojo, ya puedo oler la libertad que me espera, justo estoy por girar la perilla y…

―¿Apoco me crees tan pendejo?― mientras prende un cigarro.

Noche de copas-Héctor Mateo

Noche de copas-Héctor Mateo

*****

Su único error fue dejarme a cargo de la cocina y ponerse a ver la televisión a todo volumen y abusar de mi ingenuidad cuando pedí su ayuda. Su gran error fue no notar el raticida que estaba bajo el fregadero y esperar que yo fuera su puta. Tomé cinco huevos del refrigerador y los batí en un molde circular. Los batí con tal entusiasmo que el polvito blanco quedó totalmente disfrazado entre ellos. Tomé dos panes y los embetuné con el huevo, le hice pan francés. Saqué un par de tomates y unas rodajas de jamón. Freí todo, le di el mejor sazón. Le puse sal en demasía, también pimienta; pero sobre todo, le recé al poder más poderoso que no notara la diferencia en lo dulce del sabor.

Al cocinar me miró parado en la pared mal terminada entre la cocina y la sala.

―Huele sabroso… estás bien buena, ¡mira! Ya me volviste a animar, nada más me voy a comer estos huevitos y te doy tu dominguito chaparrita.

Se comió todo tan de buen modo, que me hizo feliz. No sé si fue más porque le había agradado mi guiso o por el hecho de saber que mi infierno acabaría pronto.

Me llevó a la recámara. No dije ni una sola palabra, no opuse resistencia. Tiró de mi cabello y mordisqueó mi oreja y mi cuello. Volvió a poner sus dos dedos en su boca, los introdujo en mí y los regresó a sus labios.

―Prometo esta vez no ser tan agresivo… bueno, mejor no.

No podría explicar su risa; era como la personificación de maldad y tiranía hecha carcajeo. Esta vez traté de seguirle la corriente un poco, hasta me moví a la par de él, pues en mi mente sólo esperaba revolver todo lo que había comido para que hiciera efecto con mayor prontitud. Al parecer pasó.

Me volteó y observó con los ojos saltones. De su nariz fluía un poco de sangre, al igual que de sus oídos. Eran obvias sus nauseas que se reflejaban aun más que las mías hacia él, en una fracción de segundos su cuerpo se aletargó, lo que me dio tiempo de dar un salto de la cama.

―¿Qué carajos hiciste chaparrita? ―Me dijo mientras daba un par de pasos amodorrados.

Corrí como alma que lleva el diablo a tomar el sartén que dejé en la lumbre de la estufa y golpeé su cara con él hasta quedar sin fuerzas. La verdad no sé si estaba vivo o muerto, pero poco me importó. Estaba tirado en el piso, desprendiendo fluidos por todos los orificios del cuerpo. Por fin pude tomar la llave y salir para nunca más volver a ese sitio.

…Así fue como conocí “La zona roja” en Reynosa.