Por Jorge Meneses

El tío Tomás me pregunta que qué me pasa. Está sentado en su gran sillón de mimbre. Las aspas del ventilador no cesan de girar, el aire le da en la cara y repite una y otra vez Ashes in the fall de Rage Against the Machine aunque los demás, reunidos en la cocina, le gritan que quite esa música del diablo. Dicen que por eso soy así: maricón. Por culpa del tío Tomás y su música diabólica.

―No me pasa nada― le respondo y trato de sonreír.

El tío Tomás acerca lentamente su rostro hacia el mío, entrecierra los ojos, quiere meterse en mi alma. Se esfuerza tanto al fruncir el ceño que se queda dormido poco a poco.

―Vete por las velitas para el pastel― me ordenan. Yo soy el encargado de ir por las velas porque aquí en la Casa Grande siempre hay fiesta aunque no se sepa con total certeza qué se celebra. Cada quien tiene una tarea asignada y a mí, me toca ir por las velas para el pastel.

Antes de salir apago la música diabólica, desconecto el ventilador y doy un beso en la frente al tío Tomás.

Afuera hay menos calor que en la Casa Grande, pero estar afuera me recuerda a S. Ya no quiero pensar en él, pero tengo que ir por las velitas del pastel. Además si uno piensa mucho a los muertos no los deja descansar en paz.

Apenas atravieso el portón de la Casa Grande recuerdo a S montado en su bicicleta mirando las nubes boquiabierto mientras esperaba a que yo saliera. Íbamos al río. No, no iré por velas, iré al río porque extraño a S, pero él ya no está y yo tengo una novia que quiere vivir en la Casa Grande.

Estoy en el río porque extraño los días en los que nos quitábamos los zapatos y las calcetas para poder meter los pies en el agua y sentir a los pececitos mordiéndonos la piel. Nos tumbábamos en la orilla para mirar las nubes. S me contaba que soñaba que su mamá volvía y entonces se le quebraba la voz.

―Tu mamá va a volver― le decía, tomaba su mano, me acercaba y le daba un beso en la mejilla. Luego él giraba su cabeza hacia mí y con el arrojo de un tigre me besaba. Recargaba suavemente su boca sobre la mía. Ninguno cerraba los ojos. Yo miraba sus cejas, me gustaba que fueran largas. Mi novia las tiene así pero no como él: una marca de nacimiento partía por la mitad su ceja izquierda.

―Quiero ser tu princesa― me decía, se paraba y echaba a correr.

Jugábamos. S era la princesa y yo el malo que derrotaba a todos y la robaba. Me la llevaba más allá del río, a un lugar donde no llega el sol de esta tierra porque la noche siempre lo sorprende y la sombra huele a jacaranda. La recostaba tiernamente sobre las flores, tiernamente porque con mi princesa yo no podía jugar a ser el malo, y le quitaba la ropa mientras ella temblaba un poquito al sentir mis manos sobre su piel morena. Nos besábamos. Yo sé hacerle el amor a mi novia, pero a mi princesa no se le podía hacer nada porque ella ya lo tenía todo y sólo había que arrebatárselo con la boca casi como la suya me robaba la fuerza de las erecciones que el juego me provocaba. Luego, satisfechos, nos recostábamos uno al lado del otro sin decir o tocar más.

S murió. Me gusta pensarlo muerto, aunque oficialmente se extravió, porque me quita toda posibilidad esperanzadora de volver a verlo. Su familia se mudó y yo me quedé en la Casa Grande. Algunos decían que fueron las brujas.

―Las brujas no existen― me decía el tío Tomás cuando me sorprendía llorando.

―Y el amor entre hombres tampoco― gritaba Gengis.

No me importa que el amor entre hombres no exista como dice Gengis; que la abuela me llame maricón, aun cuando la abuela ya murió hace muchos años; no me interesa si los demás creen que la música diabólica del tío Tomás me hizo así, yo sólo quiero que esas tardes en las que la sombra olía a jacaranda regresen, porque a mí no me importa mi novia, aunque ella quiera vivir en la Casa Grande, sé que se besa con Gengis y creen que no me doy cuenta. Yo quiero que regresen esas tardes de pececitos mordiéndonos los pies.

Me quito los zapatos y las calcetas, meto mis pies en el agua y los peces se arremolinan, muerden, cierro los ojos. Algo se anida en mi garganta.

―Quiero que vuelvas― grito con todas mis fuerzas para que me escuchen en la Casa Grande y Gengis sonría y se quede con mi novia, de todos modos le huelen los pies, tiene los senos muy aguados y se ríe como cerdo. Quiero que vuelvas ―grito con más fuerza.

―Y yo quiero ser tu princesa― susurran detrás de mí. Un escalofrío recorre mi espalda y el corazón se me hace chiquito.

― ¿Eres tú, S?― pregunto sin atreverme a voltear.

Suavemente me estrujan la cintura y colocan un beso cálido en el cuello. Entonces recuerdo que tenía que ir por las velitas del pastel y las brujas no existen. Un nudo en la garganta me oprime la tráquea.

―Las brujas no existen― grito.

Nadie responde. Nada sucede.

Quiero ser tu princesa- Héctor Mateo García

Quiero ser tu princesa- Héctor Mateo García