Por Marco Antonio Montiel Flores

Justo ahora mismo, en el departamento de al lado, se escuchan gritos espantosos de un hombre, una mujer y un bebé. Sabrá Dios porqué pelean; he llegado a pensar que ni siquiera ellos tienen idea. Aquí se aprende bastante acerca de la fuerza de las palabras.

Desde luego esto no es nuevo. Llevo más o menos cinco meses en esta caja de zapatos y todas las noches ocurre lo mismo. La mujer le reclama al hombre su falta de actitud ante la vida, “no tienes ganas de progresar”, le dice, mientras él intenta ver el partido de futbol en el televisor; pero la dama insiste en que es momento de “buscar una vida mejor” y “trabajar en algo decente”, porque “el niño necesita comer”. Los reclamos no cesan. El caballero estalla en cólera, casi siempre en el momento exacto de un gol en contra de su equipo, el Cruz Azul (¿qué esperaba?), entonces contraataca. Los ánimos se calientan, las groserías rebotan por las paredes de su habitación, algunas incluso llegan hasta donde yo estoy, me hieren.

De los gritos y groserías pasan irremediablemente al lanzamiento de charolas, cucharas, platos que se rompen en mil pedazos, sartenes asesinos empuñados en manos asesinas, y demás trastes yendo con odio en todas direcciones… El bebé comienza a llorar amargamente, a todo pulmón, quedando almacenados en su inconsciente, recuerdos traumáticos de esta, su infancia. Desde la (in)comodidad de mi cama, trato de comunicarle telepáticamente: “y esto es el comienzo, amigo”, para tranquilizarlo un poco y se lo vaya tomando con calma. Espero haber logrado trasmitirle mis enseñanzas al pobre niño hambriento.

Pero no todo es amargura. Una o dos veces al mes, las batallas entre estos seres no acaban tan mal. Él, después de gritarle a su mujer lo muy puta que es, la toma a la fuerza y le arranca las ropas desgastadas; la esposa trata de resistirse y grita: “no, no, no”, pero a cada negación se le escapa un jadeo de placer, hasta ceder a los arrebatos de la carne. Aún así, los trastes caen, los muebles se desploman, las groserías van, vienen y el bebé se consume en llanto, porque no logra descifrar qué es lo que le hace su padre a su madre, quien grita de forma diferente a cuando es golpeada por el hombre. Da igual, en esa casa siempre hay guerra.

En mi trinchera las cosas no son muy distintas. Al parecer mi joven esposa ha tomado como maestra de vida a la vecina. Aprendiendo rápidamente, me lanza reclamos y preguntas cargadas de plomo: “¿Hasta cuándo piensas seguir así?”, “tienes que ponerte a trabajar inmediatamente”, “ya déjate de pendejadas, por favor”, “eres un bueno para nada”… Tenemos poco de matrimonio, seis meses. Ella tiene veinte, yo veintidós; nos casamos porque llevábamos tres años de noviazgo y nuestros padres nos decían: “la familia es el sostén de la sociedad” o “apúrense que se les está yendo el tren”, y claro, por “comernos la torta antes del recreo”.

Caszados - imagen de Jéssica Solano

Caszados – imagen de Jéssica Solano

Lupita sí deseaba atraparme “hasta que la muerte nos separe”, tener como mínimo cinco hijitos, una casa con alberca, un automóvil último modelo, joyas, ropa, lujos… Esa era su visión del matrimonio y la vida. Yo lo único que quería en realidad era ser escritor. Pensaba que podía lograrlo si daba todo de mí, como lo han hecho los grandes, aunque no tuviera la mínima idea de cómo se logra vivir de ello; por supuesto, no pertenezco a las clases sociales acomodadas. He estudiado en escuelas públicas toda mi vida, mis padres son personas sin estudios, sin conocidos importantes, vaya, no estaba en el medio ni sabía dónde encontrarlo; pero a pesar de ello, creía ciegamente en el sueño.

Hasta que un día Lupita me comunicó la “gran noticia” de que sería papá. Ella saltaba, gritaba de alegría, me besaba, mientras yo sentía un frío helador recorriéndome por todo el cuerpo. El frío iba de un lado para otro, se concentraba en mi pecho hasta meterse, final y salvajemente, en mi alma.

  • ¿No te da gusto? —me preguntó Lupita.
  • Sí… —contesté secamente— mucho.

Por su puesto mentía, lo único que sentía eran ganas de desaparecer de la faz de la tierra para siempre. Pensé muy seriamente abandonarla a su suerte con el bastardo y marcharme a las montañas a escribir historias jamás publicadas. Una de ellas acerca de un niño que crece sin la figura paterna, sufriendo en el colegio las burlas de su desdicha, viendo cómo sus amiguitos van al parque con sus padres, mientras él se queda en casa al cuidado de una anciana amargada que lo maltrata, porque su madre tiene que trabajar de mesera en los sucios restaurantes de la ciudad para mantenerlo. El niño crecería, se enteraría por azares del destino que su padre se encontraba vivo, albergando así resentimiento hacia su madre porque ella siempre le había dicho que un cáncer depredador acabó con la vida del padre desde hacía varios años, exactamente cuando él estaba a punto de nacer. Entonces, el chico se lanzaría a la búsqueda implacable del papá vivo para preguntarle tantas cosas, para sentir el abrazo anhelado durante toda la vida… en fin, lo encontraría en las montañas del sureste después de una serie de penalidades. El “Héroe Ausente” estaría enfermo, no de cáncer, sino de cirrosis hepática a causa del alcoholismo, a punto de la demencia total, sucio, desarrapado, envejecido por la soledad. Juanito, Pepito o como se llamara, le diría: “tú eres mi padre”, esperando el tan ansiado abrazo y las urgentes respuestas, pero sólo recibiría el desconocimiento del hombre, quedando huérfano una vez más.

Pero nada de esto pudo ser: el mundo perdía al Último Gran Escritor. Lupita de inmediato me llevó con sus padres, con los míos, con las amistades, con el sacerdote, hasta el altar, me hizo jurar fidelidad eterna, compromiso, amor, y al poco tiempo, me encontraba ya viviendo con ella en este cuartucho de mierda, como marido y mujer, esperando la llegada del milagro, la bendición o como se llame eso que lleva colgando en la barriga. Es así que las vidas se van por completo al carajo, se pudre la juventud cual si fuese una manzana mordisqueada por bocas grotescas, abandonada a la intemperie como una puta cualquiera, hasta la putrefacción final.

Desde que todo esto comenzó, he visto a Lupita engordar tanto que ya ni siquiera tengo ganas de hacerle el amor por las noches; y a ella le pasa lo mismo, ya no me mira como cuando éramos noviecitos y cogíamos en todos los lugares posibles e imposibles, convertidos en caballos desbocados, cegados por la lujuria, por el amor. Ahora sólo nos quedamos mirando el uno al otro sin saber qué decir, parecemos focas estúpidas en el espectáculo de la vida, con cientos de miradas sobre nuestras carnes flojas, sin poder ofrecer ningún truco divertido, pasmados, indiferentes, odiándonos y culpándonos mutuamente por arruinarnos la vida.

***

He querido hablar con el vecino, pedirle su sabio consejo acerca del matrimonio, pero no me he atrevido a acercarme. Y tal vez sea mejor así, tomando las lecciones desde mi cama de resortes salidos, aprendiendo a través de las delgadas paredes de cartón que separan su departamento del mío… bueno, del que rento por mil doscientos pesos al mes (servicios no incluidos).

Caszados 2 - imagen de Jéssica Solano

Caszados 2 – imagen de Jéssica Solano