Natalia Huerta Pérez

Es 27 de octubre. He visto en las noticias que hoy celebran el aniversario de unos jóvenes desaparecidos y que sus padres siguen a la espera de su regreso. Me pregunto cómo se mantiene la esperanza en medio de semejante atrocidad, de qué se sostendrán para seguir en pie.

Me llamo Rigoberto Partida. No sólo cargo con el nombre de mi padre, sino también con el de mi abuelo. Pareciera que no encontraron otra forma de llamarme y decidieron hacerme heredero de  un nombre que, además de ser muy largo y feo, la gente no deja de asociarme con el tacaño de mi abuelo y el mujeriego de mi padre.

Soy extranjero en este país. Sé con claridad de dónde vengo, mi raíz, pero a veces dudo de estar en el lugar indicado. Soy “catracho”; así nos llaman en otros lugares, aunque a veces lo dicen de manera despectiva, yo me siento muy orgulloso de mi país. Vengo de Puerto Cortés, un lugar pequeño, sencillo, pero bien bonito donde todavía camina la gente por las calles, aunque sea con miedo, pero sale. En los últimos años, muchos inocentes han tenido que morir para que otros  sigan cumpliendo su trabajo. Es muy injusto y doloroso, pero lo he visto enfrente de mis narices y me he tenido que callar, evitar gritar y suavizar el coraje. A esto nos ha enseñado el país: a dejar de gritar, a llorar con los tuyos en silencio y salir corriendo cuando otros deciden en tu nombre. Este es mi caso, mataron a mi hermano en frente de la familia, en nuestra propia casa, no pudieron esperar a hacerlo fuera, rompieron sin pudor el espacio más íntimo que teníamos, y ahora no nos queda nada. No quiero extenderme en explicar las razones dadas por unos pandilleros para justificar el arrebato de su vida, pero dicen que andaba de novio con una chica “prohibida” y eso lo advirtieron varias veces. ¡A saber que fue lo que pasó realmente! Lo que sí sé es que mi hermano hoy ya no respira.

Llegué a la Ciudad de México desde hace más de un año, era un día lluvioso y me pregunté si todos los días serían iguales aquí. Nunca me hubiera imaginado llegar a esta gran ciudad. Pareciera que me eché una corrida desde mi país y aquí me quedé, no tuve más dinero ni tenía otro plan, ni más energía. Pienso que no soy muy diferente de la gente que vive aquí, aunque la gente me trate como si lo fuera. Tengo estatura mediana, soy moreno y de cabello obscuro, pero con acento distinto. He tratado de aprender a prisa las palabras de acá para no sentirme excluido, pero a veces se me olvidan, o quizá en el fondo no quiero usarlas, quizá creo que la única forma de aferrarme a mi cultura es a través de mi lenguaje.

He perdido a mi familia, no sé nada de ellos. Cuando mataron a mi hermano decidimos que yo sería el primero en salir del país para encontrar otro lugar; hoy veo que fue mala idea, que debimos correr todos juntos, pero como único hombre de casa, no quería arriesgar a mi hermana ni a mi madre, quería encontrar un sitio seguro para poderlas llevar. Cuando por fin llegué aquí, al lugar que me ha acogido hasta ahora, mi familia ya no estaba. Nadie sabe si están vivos o no. He perdido contacto con ellas, es decir, perdí lo único que tenía, mi familia. He preferido no preguntar más por ahora, pero guardo la esperanza de que algún día regresaremos a casa todos juntos y comeremos unas ricas baleadas, como solo mi mamá las cocina.

Rigoberto - ilustrador Héctor Mateo

Rigoberto – ilustrador Héctor Mateo

Es la única vez que hablaré de esto. No me gusta decir cómo fueron las cosas ni lo que he tenido que hacer para sobrevivir; eso me lo guardo yo.

Contaré lo que sea necesario contar.

Cuando llegué a la Ciudad de México estuve perdido no sé por cuantos días, hundido en el silencio y, encima, con la falta de respuesta de mi familia. Se me nublaron las ideas. Caminaba con el alma en las rodillas por las desconocidas calles de la ciudad, como zombi. Lloré, lloré como niño de cinco años extraviado, hasta que una buena mujer se hizo cargo de mí y con voz dulce me dijo: “Me llamo Clara y quiero ayudarte en lo que pueda”. Me preguntó si estaba perdido, que quién era. Recuerdo que pasaron muchos minutos para que yo respondiera tan siquiera una pregunta. La miré con ojos perturbados y empapado en mi propio llanto le dije unas cuantas cosas de mi historia, no todo, no sé si no pude o no quise, al caso ya da igual.

Clara tenía como 40 años. No estoy seguro, pero parecía que los años la habían atacado con dureza. Era una mujer poco arreglada, me da la impresión que no le interesaba lo que se ponía en el cuerpo, le daba igual la combinación de los colores, así como los malos olores que pudieran guardar. Su casa era particularmente sucia, no había un espacio que asomara la delicadeza del orden. Vivía en compañía de dos gatos enormes que parecían moverse con mucha libertad por la casa. Me daba la impresión de que Clara escondía mucho dolor, que algo terrible le había ocurrido y que el desentendimiento expresaba a gritos lo que ella callaba. Era una mujer muy dulce, con la mirada siempre puesta en el piso, como si le hubieran quitado el derecho de mirar a los otros de frente.

Clara me permitió quedarme en su pequeño departamento por unos días, no dijo cuántos exactamente. “¿En qué trabajas?”, le pregunté. “Tengo un trabajo ordinario y muy miserable, pero lo suficientemente absorbente para no pensar tonterías”, eso es todo lo que dijo y nunca más me atreví a preguntarle al respecto.

Llevaba más de dos meses sin dormir, la noche traía consigo angustia e impaciencia. Me sentía ajeno, extraño: Clara, la casa, los gatos y el olor a abandono que penetraba todo el ambiente. El rostro de mi madre se aparecía una y otra vez dejando en mí un gran vacío difícil de llenar. Clara me ponía las manos en el pecho como si tratara de detener el dolor. Cuando era más joven pensaba que Dios nos había castigado con la pobreza, pero ahora pienso que hay peores castigos que vivir en la miseria. Me pregunto qué habremos hecho para recibir tantos castigos juntos. A veces pienso que es culpa de mi abuelo porque no pagaba lo debido a los trabajadores del campo, o quizá porque mi papá tuvo muchas mujeres. Pienso que ahora  nos toca pagar por todo lo que ellos han hecho.

Mi estancia se fue prolongando, no tenía destino y mucho menos dinero. Una tarde, Clara, después de que llegara del trabajo, me dijo que si sabía reparar cosas. “¿Cosas como cuáles?”, le pregunté. “Pues cosas que utilizan las personas y que un día dejan de funcionar y necesitan ser reparadas”. Me eché a reír y le dije que sí y que además podía aprender si no entendía. “Mañana empiezas en el taller de Don José, el que está a dos cuadras”, me dijo con la mirada puesta en el piso y se metió en su cuarto sin haber escuchado mi agradecimiento.

Esa noche el exceso de entusiasmo me mantuvo alerta y despierto. Estaba muy contento de empezar a trabajar y me preguntaba quién era Don José, ¿Sería buen patrón? ¿Tendría mucho trabajo? Me sentí muy afortunado de haber conocido a Clara, aunque no supiera mucho de ella. También me preguntaba por qué quería ayudarme, si acaso se sentía mejor con mi compañía.

Con el paso de los meses Clara y yo nos empezamos a adaptar el uno al otro. La regla explícita era: no se invade la intimidad del otro. Ninguno de los dos le había revelado al otro con franqueza su vida, nos habíamos intercambiado fragmentos del otro, pero sin llegar a sentirnos amenazados. No habíamos intercambio de anécdotas de la infancia, ni preguntas sobre la familia, mucho menos confesiones de sucesos dolorosos. Lo único que Clara me preguntaba de vez en cuando era sobre la comida y nuestras tradiciones en Honduras. No teníamos amistades, había un teléfono que nunca sonaba y nunca llegaron a la puerta amigos, ni familiares. Era como si Clara hubiera llegado sola a la tierra.

El otoño trajo consigo la entrada prematura del invierno. Para mí aquel frío, además de helarme el cuerpo, me helaba el alma y las emociones. Me sentía ofuscado por la nostalgia, extrañaba con fuerza el olor a mi ciudad, ver caras conocidas, no sentirme ajeno a mi propia vida. Mientras Clara meneaba la cuchara con azúcar en la taza del café, le pregunté con voz firme: “¿Hace cuánto tiempo que sufres?”. Después de tres meses de vivir en el mismo espacio me sentí seguro de lanzar la pregunta. Hubo una pausa, pero podría decir que no fue incómoda, sino que sirvió para que se tomara el momento necesario y buscar sin temor las palabras adecuadas. “Hace tiempo que dejé de vivir”, dijo con la voz quebrada, “A ti te hicieron daño unos desconocidos y a mí las personas que más me conocen. No se puede nombrar, no soy capaz de recapitular los hechos, no necesitas saber. Hemos vivido bien sin que sepas qué me pasa. A veces quisiera huir como tú, tener el valor de irme, sin destino, sin futuro, y  arrancar de mi historia el peso que cargo a diario”, dijo. Me sorprendió el timbre de su voz, el coraje y el odio que le hacían hablar con más firmeza.

Esa noche escuché su llanto, navegó en mi habitación como una melodía que no era agradable, pero tampoco molesta.

Diariamente cenábamos a las ocho en punto. A Clara no le gustaba experimentar con nuevos ingredientes ni sabores, prefería seguía la misma receta para el desayuno, comida y cena todos los días. Le fastidiaba tener que pasar mucho tiempo en “el super”, estar fuera de casa. Todas las noches me servía la cena con la misma calidez, dejando la pregunta en el plato: “Espero que te guste”. Y yo siempre respondía lo mismo: “Gracias. Se ve delicioso”. El platillo de la cena consistía en arroz seco con un poco de carne molida, poca sal. En esa casa todo era rutina, una rutina apagada y bastante insípida como la carne de todas las noches.

Era un jueves, lo recuerdo. Me dirigí a la cocina como todas las mañanas para prepararme el desayuno e irme al taller. Para mi sorpresa, en medio de la mesa se recostaba una nota con una letra poco legible, la cual había sido escrito en medio de la prisa que decía: “A partir de hoy, tendrás que hacerte tú mismo la cena. Cuida a los gatos. Clara”. ¡Bien¡, me dije. Ahora solo cuento con una familia de dos gatos y mi soledad. ¿Por qué se habrá ido Clara sin despedirse? ¿Qué le habrá hecho irse de esa manera y dejar lo único que tenía? Me recargué en la mesa y lloré cubriéndome el rostro, como si evitara ser visto. Esa mañana no fui al taller, me quedé en casa con los gatos y con la ausencia de Clara.

Comprendí que el dolor de Clara no era tan distinto del mío. Yo me encuentro solo aquí y ella también lo estaba. Entendí que para vivir miserablemente no siempre hay que estar lejos de casa. Pienso que ella necesitaba irse para encontrarse, para empezar de nuevo, dejar de recordar lo que siempre callaba. Quizá un día Clara pueda volver a mirar a los ojos, pensé. A mí nadie me preguntó si quería irme de mi país, mientras que a Clara la persigue su historia, la pesadez de sus recuerdos, y aunque ella tuvo más tiempo para planear su partida, los días le iban quitando el aire.

Habían transcurrido tres semanas después de la partida de Clara. Yo había adquirido el hábito de ver televisión mientras estaba en casa, me sentaba a las ocho en punto a ver las noticias con mi plato de arroz y carne insípida; necesitaba aturdir el silencio, no se me ocurría nada más.

Por primera vez escuché el sonido del timbre. Me asomé temeroso y vi que era un hombre vestido de oficial, traía la cara tan en alto que no podía esconder su arrogancia. Dudé. No quería abrir, pero me dijo que si no lo hacía tumbaría la puerta. No tuve más remedio. Le di vuelta a la chapa aterrado. El hombre se presentó con descaro y me dijo: “Hace días que intentamos comunicarnos y pareciera que nadie habita aquí. Vengo a notificarle que Clara Gómez perdió la vida. Murió ahogada en el río que está a 200 kilómetros de aquí. No sabemos aún si ella se aventó o lo hizo alguien más”. Sentí la sangre en la cabeza y un mareo inexplicable. Me dejé caer en el sillón sin darme cuenta que me acomodé encima de uno de los gatos. “Tengo que hacerle algunas preguntas: ¿Quién es usted? ¿Qué es usted de Clara? Identifíquese”. Con la mirada enterrada en el piso, le dije: “Yo…. le quiero contar mi historia. Será la primera vez que lo hago”.