Por Judith Almonte Reyes

Estudiante de Psicología Educativa

Aún recuerdo esa mañana cuando te escuchaba hablar durante el desayuno, mi niño, si eras un niño grande, tu forma tan singular de decirme que no aprobabas mis decisiones, pequeño mío ¿dónde estás? regresa mi vida. Soy tu madre y estoy angustiada de no saber más de ti, eso me está matando lentamente.

Cuando nos despedimos llevabas puesta la playera azul que te regalé en tu último cumpleaños, por Dios hijito nunca imaginé que sería nuestro último abrazo, nuestro último beso y esa despedida que no logro ni por un segundo apartar de mi mente. Te diste la vuelta y miré fijamente como te perdías en el horizonte, prometiste regresar en unas horas, han pasado ya dos años y te confieso algo…te sigo esperando.

Mi corazón me dice que estás sufriendo, que estás asustado, durante toda la vida me empeñé en darte las herramientas necesarias para que lucharas por tus ideales, por tus sueños de libertad; ahora me arrepiento, me culpo de darte esas alas que te hicieron soñar con un país mejor, con una vida placentera, con un mundo donde gobierne la justicia.

Regresa, por favor, dame esa alegría quiero volver a escuchar tus risas, quiero sentir a mi niño aquí, vamos regresa. Miro a través de la ventana y comienza a volar mi imaginación, estoy convencida de que vienes a casa, que no ha pasado nada, que el tiempo no transcurre más, que entrarás por esa puerta y me hablarás, “ma” como solías llamarme, no puedo con esta cruel realidad…no puedo, me faltan fuerzas.

Un nuevo día….para seguirte buscando….¡¡¡TE SIGO ESPERANDO!!!