Ximena Escobedo Fragoso

Acaban de tirar a otro, y éste llegó sin cabeza. Iván, Chaparro y Lucho soltaron las piedras que faltaban por aventar a la casa del Borracho Eusebio. Esta vez sólo le habían dado a dos ventanas, las únicas que habían quedado enteras después de una semana completa de apedreos. Iván, que era el más grande, agarró de los pelos al Chamuco y lo amenazó con una botella rota levantándolo del cuello contra una de las paredes de la iglesia a medio construir. Así te va a ir si lo que dices vuelve a ser mentira, vas a ver cómo te encajo media botella en los dos ojos, le dijo el más grande del grupito. Iván lo aventó hacia un lado y el Chamuco comenzó a guiar al comando de chiquillos que por cada cuadra recorrida, se hacía más y más más grande. Desde los de 5 años  hasta los de 15 iban cada vez más de prisa arrastrados por el morbo de un aburrimiento local inminente.

Un decapitado, pocos lo podían creer. Los más grandes iban preparando las memorias de sus celulares para no regresar sin evidencias. Ya habían llegado al límite del tiradero, como lo llamaban los habitantes del cerro. El tiradero era una de las partes deshabitadas de aquel lugar; estaba cubierto por pastizales y maleza que lo convertían en el punto perfecto para esconder todo tipo de cosas, incluyendo cuerpos. Todos los meses, llegaban de noche varias camionetas de lujo anunciando con corridos a todo volumen que el Tío andaba otra vez por los rumbos. Pocos se atrevían a preguntar cualquier tipo de cosas que tuvieran que ver con el Tío, sus camionetas y lo que hacían en la parte escondida del cerro; pues a quien empezaba de curioso, lo terminaban “cambiando de casa” a media noche y sin avisarle a nadie; al menos esa era la historia que se contaban los vecinos. Pero a Iván no le daba miedo nada. La bola de niños empezó a recorrer el pastizal cuando el Chamuco se quedó parado señalando con el índice hacia una dirección. Para allá está, como a veinte pasos, dijo mientras retrocedía. No seas llorón, le dijo el Chaparro, y empezó a caerle una letanía de apodos humillantes de parte de los pocos que habían llegado hasta ese punto. Entre risas y zapes, Iván y el Chaparro jalaron al Chamuco que estaba ya más pálido que la leche. Apesta a muerto, dijo lucho. Se lo han de haber torcido hace más de dos días, le respondió Iván mientras olfateaba el viento putrefacto que se les clavaba por toda la ropa y la cara. Puto el que vomite, les advirtió. Y con una rama que había recogido en el camino empezó a mover las hierbas en busca del tesoro sin cabeza. Ya sólo estaban ellos cuatro, de los cuales, sólo uno seguía con paso firme ansioso de ver de cerca la muerte y a los otros tres, con las piernitas temblándoles de terror, pero con el orgullo hinchado por guardar su prestigiada fama de malandro, ya sólo les quedaban las ganas de regresar a casa lo más rápido posible.

Hace un tiempo, el cerro era nada más un cerro; en época de lluvias era verde y el resto del año, se vestía de rojo. La comunidad de sus faldas era mínima; ocho familias convivían en una misma fila de casas edificadas apenas de concreto, piedras y palos. A pesar de que estaban desconectados del resto de la ciudad, aún se podían llamar citadinos por el simple hecho de existir dentro de la periferia. Nadie se acordaba de ellos, ni siquiera el alumbrado ni ningún tipo de servicio público; era la tierra de nadie, pero sus habitantes se sentían dueños de su propio terreno, y eso les bastaba para llamarlo hogar. Poco a poco fue creciendo el montón de gente asentada en lo más bajo del cerro. Cuando ya eran demasiados como para seguir conviviendo en paz y en armonía debido a la escases del agua y otras comodidades humanas, las señoras y amas de casas, preocupadas por el crecimiento de los niños, organizaron un comité educativo para que los más jóvenes tuvieran una educación digna sin tener que recorrer kilómetros a pie para llegar a un salón de clases. Doña Esmeralda, que era la más vieja pero la más sabia de la comunidad, fue nombrada líder de este movimiento. Entre ella y los hombres jóvenes y fuertes, lograron empedrar las calles, construir un canal de drenaje improvisado y levantar unas carpas para los distintos grados escolares, entre otras pobres mejoras. Pero con el paso del tiempo y al ver a las más de 500 personas disputarse las pocas gotas de agua de los pozos mal construidos, un día, Doña Esme, salió decidida a encontrar apoyo para los habitantes del Cerrito Faldero, como lo habían bautizado, pues cada día llegaban más y más familias y ya no podían ni con ellos mismos. Regresó un mes después. La mañana que salió se fue caminando y ahora venía arriba de una camioneta blanca, del año, con banderas que ondeaban la cara impresa de un señor bigotón. La gente vitoreó la llegada de su líder y más fiel trabajadora. Hicieron dos filas alrededor de la caravana de camionetas y más aplaudían y chiflaban de alegría cuando les empezaron a caer gorras, paraguas y tortas. ¡Tortas de jamón y queso amarillo! Esas sólo se podían conseguir a más de diez kilómetros, eran un lujo. Qué suerte tenemos, es el fin de todas nuestras desgracias, comentaban unos con otros. Esa tarde, el comité de 20 personas que los visitaba, les organizó una comida riquísima con carnitas, refrescos, cervezas y postres; además, pusieron música a todo volumen, hicieron todo tipo de juegos divertidísimos y ni qué hablar de todos los juguetes con la cara del bigotudo que les encantaron a los niños y a sus madres. El salvador, le apodaron. La fiesta duró dos días enteros, y cuando los del Cerrito Faldero ya estaban más que empachados por tanto comer y beber, el Salvador se paró y comenzó a dar un discurso lleno de sentimientos empáticos y promesas de un mejor futuro para todos aquellos que votaran por él como su presidente municipal el siguiente mes en la escuela primaria que estaba cruzando el periférico. Idiotas si no lo hacemos, se decían unos a otros. El Salvador nos quiere ayudar y el pobre tiene las manos atadas si no le damos nuestros votos, comentaban las señoras. Por primera vez alguien los llamaba por su nombre como sociedad y no iban a ser capaces de defraudar al Santo que no les llevó oro, ni incienso, ni mirra… sino tortas de jamón con queso amarillo norteamericano.

A los seis meses del santo reinado del Salvador, las promesas se hicieron realidades. Agua potable, luz, cableado de líneas telefónicas, escuelas primarias y secundarias. Hasta un mercado donde vendían jamón y todo tipo de quesos. Una verdadera desgracia para los Falderos que en sus casas de palos, piedras y poco concreto, no cabían las tuberías ni tenían los aparatos necesarios para ver televisión por cable ni computadoras para aprovechar el internet que flotaba sobre sus cabezas marginadas. Ya ni hablar del rechazo de las escuelas públicas hacia los niños y adolescentes por no contar con un papel llamado “certificado de la SEP”. Así fue como empezó la escalada de los Falderos a la parte media del cerro, uno por uno fueron cargando sus cosas con la tristeza de nunca haber tenido una escritura del territorio en donde habían levantado sus viviendas. Ni modo, señores, en este país todo tiene que estar en regla, les decían en el ayuntamiento. Construyeron fraccionamientos de lujo y dos escuelas privadas; levantaron fábricas y oficinas. Tal fue el éxito del desarrollo urbano que el presidente municipal Don Salvador, ganó unos años más tarde, un premio de Desarrollo Social. Salió en todos los periódicos recibiendo desde Madrid su trofeíto y con lágrimas en los ojos agradeció al Gobierno Mexicano por su apoyo.

Tierra de otros - ilustrador Héctor Mateo

Tierra de otros – ilustrador Héctor Mateo

La comunidad de los Falderos se quedó como al principio, y hasta más desgraciados que cuando eran únicamente ocho familias. Ahora, los hombres habían tenido que abandonar sus hogares en busca de trabajos competitivos; los niños se hicieron jóvenes con hambre de las riquezas de aquellos que ahora dormían en lo que alguna vez fueron sus casas; las mujeres se dejaron devorar por las telenovelas de la televisión abierta, dejando sus últimas esperanzas de felicidad en el milagro de una rosa blanca de fantasía. Todos volvieron a ser invisibles de nuevo; excepto por las veces en que algunos desesperados bajaban del cerro a robar y ahí sí se hacían notar. Cada noche había cientos de denuncias, pero la policía no podía hacer nada, pues aquí es territorio del Tío, y al parecer tiene más poder que el mismo presidente; entonces, entre los nuevos pobladores de clase media, todo quedaba en anécdotas de una miserable e inexplicable inseguridad que atormentaba a todo el país.

No chingues Iván, le dijo el Chaparro, no te acerques tanto. ¿Qué, tienes miedo que se levante y se ponga tu cabeza, pinche marica? Le respondió burlonamente Iván, que llevaba varios minutos intentando afilar la rama que había recogido para poder picar el cuerpo y llevarse restos de carne como trofeo. Ya vámonos, empezaron a insistir los tres con pretextos como la hora y el sueño. La realidad es que se habían dado cuenta que su amigo estaba en otro nivel de maldad y en esa noche tan oscura, y tan cerca de un decapitado, a ninguno le daba buena espina. Ya vámonos pues, pero antes, tengo ganas de orinar, les dijo Iván, y se bajó los pantalones para mojar por completo el cuerpo del muerto ensangrentado. Como si lo estuvieran bañando, las costras del difunto empezaron a resbalarse poco a poco hasta que un pedazo de piel quedó expuesto. Ese tatuaje… ¿no lo tenía tu papá en el hombro, Luchito?

Ninguno supo exactamente qué pasó durante esos 20 minutos. Todo sucedió como una película mal editada por sus mentes. Luchito corrió hacia el cuerpo, Iván se subió los pantalones, el Chaparro y el Chamuco intentaron correr pero estaban paralizados. Había llanto, desesperación y gritos entre los tres y carcajadas desde lo más oscuro del corazón de Iván. ¿No que tu jefe andaba trabajando en EUA? ¡Cállate!, le gritó Lucho con más rabia que las ratas que habían mordisqueado el cuerpo de su padre. El Chaparro intentó calmar a Lucho y el Chamuco intervino soltándole un pedradón en la cabeza a Iván que se retorcía de la risa en el suelo. No pasaron ni 30 segundos cuando Iván ya estaba sacando su navaja de la garganta de Jaime Robles, el Chamuco. Él se lo busco, les dijo a los otros dos mientras limpiaba el arma en la camisa de su víctima. Los faros de alógeno de 5 camionetas pick-up no tardaron en encandilar a los tres escuincles y al cuerpo todavía caliente del Chamuco. Los corridos tan conocidos por los Falderos exiliados, subieron de volumen cuando una de las puertas de la camioneta más grande se abrió. Por fin le estaban viendo la cara al mismísimo Tío en persona. Era grande y gordo, con sombrero y unas botas charras que brillaban con la luna como si ésta también le tuviera respeto. Lucho se le dejó ir encima como último intento de venganza de su padre pero una bala lo alcanzó más rápido de lo que tardaron en arrancar sus pies. El Tío y dos hombres más caminaron por el lugar con el Chaparro e Iván de rehenes. Un corte muy limpio, letal, con muy buena precisión ¿quién hizo esto? Preguntó. Yo, respondió Iván. Muy bien muchachito, me gustan tu agallas. Me hace falta gente como tú, le dijo, conmigo puedes tenerlo todo y ser dueño de lo que tú quieras. Y le tendió la mano a la cuál Iván respondió con gusto. Los dos se subieron a la camioneta del Tío, el chaparro por miedo, pero Iván porque sentía que se había ganado más que la lotería.

Por cierto, desde ahora que soy como tu padre quiero que me llames Don Alfonso Díaz, futuro presidente municipal de este basurero, tal como mi hermano José Díaz o su Salvador, como le decían.