Efraín Moctezuma

Sí, papá, la ciudad ha cambiado mucho. Las calles por las que caminabas con mamá no son las mismas, ni siquiera las de hace dos años. Se acabó la ciudad barroca, papá, lo que queda es un corredor turístico, puentes y vías para bicicletas que nadie usa porque nadie respeta a los ciclistas y los automóviles invaden todo el tiempo los carriles para ciclistas. Cientos de tiendas de zapatos, ópticas, tiendas de ropa y locales de empeño abruman la mirada y no dejan contemplar los ángeles y rostros de piedra que adornan las fachadas. Sí, papá, la usura se volvió institucional, ahora puedes encontrar dónde venderle tu alma al diablo cada dos cuadras en casas de empeño instaladas en viejas casonas. Olvídate de los antaños bazares, de aquel vetusto callejón de “chacharas”, muebles apolillados, herrajes oxidados. Hoy son puestos de fritangas, fayuca y ropa intercalados entre puestos de antigüedades de moda para los modernos coleccionistas.

¿Recuerdas esas bellas puertas de madera de las casonas? Fueron remplazadas por molduras de aluminio y amplios cristales, impecables diáfanos, fríos. De esas enormes fachadas de piedra ahora cuelgan anuncios de locales de comida rápida.

Se acabaron los boleros, papá, los peleteros, talabarteros y los zapateros, ni se diga. El país que dejaste hace 15 años se sumió en una vorágine consumista y desechable. Ya nadie lleva sus zapatos por tacones y medias suelas, ni a pintar las chamarras de cuero. No veo zapatos bostonianos, ni choclos, en cambio todos usan unos horrendos zapatos en forma de chile guajillo. Grandes almacenes de tenis fabricados con manitas de niños esclavos en Asia, se venden de remate a precios que no puedo pagar.

Ciudad de México. Foto: Enrique Bordes Mangel, 1957, Archivo fotográfico IIE-UNAM. Sacado de: http://www.revistaimagenes.esteticas.unam.mx

Ciudad de México. Foto: Enrique Bordes Mangel, 1957, Archivo fotográfico IIE-UNAM. Sacado de: http://www.revistaimagenes.esteticas.unam.mx

Ya casi nadie usa agua de colonia, papá, ni van al peluquero con sus sillas enormes con asentador a que los desencañonen. En cambio, van a las estéticas unisex y piden un “cambio de imagen”. Los varones se ponen cremas, pintura en los ojos y delinean las pestañas depilándolas, y me parece que se pintan los labios también. No se escuchan esas charlas sobre mujeres guapas, box o béisbol. Y, aunque admito que es muy agradable que con la secadora te sacudan el cabello cortado, que de otra forma irían picando inclemente el cuello, extraño las “barbajanerias” que escuchaba, los albures, las discusiones sobre política y las tardes trovadoras cuando el borrachín de tu amigo el peluquero tomaba aquella guitarra colgada de un clavo en la pared, junto a una foto de revista de Verónica Castro. Entonces dejaba de atender a los clientes y entonaba de manera increíble, lejos de su voz aguardientosa, un bolero de los Panchos o de Julio Jaramillo.

Recuerdas cuando te rasurabas la barba junto a la higuera, a lado del pozo, bajo la palma, en el lavadero de piedra con tu pequeño espejo y tu agua de colonia que se fundía con el aroma del patio húmedo de plantas y flores. Ya no hay tiempo ni espacio para esos cuadros. Hoy los jóvenes imberbes aprenden a rasurarse en algún tutorial en internet y compran espumas para afeitarse en el privado, solitario y ególatra espacio frente al espejo.

Mamá se quedó solita, ya casi no cose, porque no hay quien arregle su vieja máquina Singer y porque ya casi no ve. Porque yo no pude ser el hijo bueno, el amoroso, el hijo de familia. Porque después que murió mi hermano todos sentimos un vacío que no ha sido remediado y que no pude, ni quise ocupar. Entonces también dejó de tejer cuando cerraron la tienda de estambres, pues las ventas eran muy bajas desde que se vendían por montones bufandas y gorros hechos en China. Mamá fuma como antes pero ya no sus Faros. Reza frente al niño Dios y frente a tu fotografía, papá, y frente a la de mi hermano. Yo no hago más que fingir que no me duele para no picar las llagas de siempre. Ya no va a la Iglesia porque se pierde de tantos locales con anuncios luminosos. Las bocinas fuera de las tiendas anunciando a todo volumen y con música horrible la aturden. Además, porque ya no sabe llegar a la iglesia pues clausuraron las rutas colectivas que iban al centro y como no sabe utilizar la tarjeta electrónica del Metrobús, pues no lo usa. Escucha la misa en la tele o en el radio y así no va a ningún lado.

Y te perdí un poco, papá, porque ni siquiera tengo donde llevarte flores desde que removieron tu tumba cuando ocuparon espacio del panteón para que pasara la ampliación del bulevar. Te perdí un poco porque no tengo ni una sola fotografía a tu lado. En cambio, tengo las fotos donde estas sentado con tu traje café, tu sonrisa franca y tu bigote recortado.

Tampoco hay centros de revelado a donde llevar tu rollo de 24 o 36 exposiciones, las que con emoción esperabas que no se velaran. La gente hoy toma todo con su celular, no hay tiempo para detenerse a pensar en la fotografía y en no desperdiciar una exposición. Toman fotos de todo: de su comida, sus paseos, sus banalidades y no te imaginas pero se toman fotos hasta en el baño. No importan las fotografías, importa poder tomar miles según el tamaño de la memoria.

Hoy me llegan recuerdos vagos de las navidades acompañándote a tu trabajo de vigilante nocturno, cuando me quedaba dormido en un sillón y me cargabas. Esas navidades antañas de luces de bengala, ponche, galletas de animalito y colación. Hoy hay “pre-posadas” creo que desde noviembre y consisten en embriagarse hasta ver a Dios. Las piñatas ya todas son de papel, ya no hay de barro, lo cual representa una baja considerable de descalabrados y no están llenas de fruta y colación que nadie se comía. Ahora se llenan de paletas y dulces empacados y toda clase de golosinas como para un coma diabético. Las posadas ya no las podemos hacer en la colonia porque la calle se convirtió en bulevar y los autos no se detienen ni un segundo.

Aquella arboleda detrás de la casa hoy es un centro comercial express y cortaron todos los árboles. Aunque los vecinos nos opusimos, no sirvió de mucho, porque de noche llegaron los trabajadores y camiones a cortar todos esos árboles. Vimos cientos de nidos tirados y no faltó el anciano que lloró porque ahí, en esa arboleda, se dio su primer beso con “su viejita”.

Casi todas las casas del centro se vaciaron y ahora son bodegas de comerciantes ambulantes, locales o restaurantes. Hasta los museos hoy tienen tienda de recuerdos y cafetería para que no sólo te cultives, sino para que consumas.

Sí, papá, es duro decirlo, pero como decía Sabines; que bueno que te moriste y no porque no hicieras nada, sino porque no sé si cabrías en esta ciudad derruida, o quizás ella apenas cabría en ti, en tu paso de señor saludando hasta las piedras, en esta ciudad que de a poco nos roba las ganas de amar.