Por Karla Hernández

Cada amanecer el invierno deja caer su espeso velo blanco entre las calles de la ciudad, apenas deja ver las luces de los autos que cruzan las avenidas como despiadadas bestias mecánicas conducidas por el ir y venir de la monotonía; se extiende placentero sobre las heladas capas de pavimento, se desliza en los más íntimos rincones hasta encontrar una pequeña alma desnuda y lamerle la espalda.

Unos ojos oscuros se abren entre los arbustos que adornan el frente de un apartamento, son un montón de huesos pegados a la piel y la piel al hueco en la tierra en busca de calor. Una mujer en largo abrigo de pieles abre la puerta eléctrica de su cochera y echa maldiciones desde su auto sobre la criatura escondida, amenaza con arrojar algo y el pequeño monstruo destruye-jardínes huye despavorido.

Algunos chicos ya se han adueñado de los semáforos haciendo malabares, tragando fuego y limpiando parabrisas; no más de tres por esquina, es la regla. Automovilistas estresados por el tráfico; un tipo se ajusta la corbata frente al retrovisor: empañan mi parabrisas y ahora, también mis llantas.

En un santiamén desfilan sobre la acera inumerables rostros con los ojos fijos en sus lejanos mundos individuales: cuando se multiplican o dividen dos números con igual signo el resultado… ¡maldiciones, llegaré tarde!… VIH positivo, ¡positivo!… ¿qué puedo hacer de comer con cuarenta pesos?… ojalá Santa me traiga una muñeca para Navidad… usted se encuentra en buró de crédito… él tiene otra mujer… mis hijos no vienen a visitarme… fue en defensa propia… a nadie le hago falta aquí… debo terminar las evaluaciones… soy la más guapa de la clase… este bolso sí es de marca….¡rayos, estoy gorda!

El que alcanza se pega al camión como sanguijuela por la “subida” o la “bajada”; la chiquilla de los mocos escurridos chilla al jalón de su madre para abordar; ¡mi lonchera, la dejé en la banqueta!, los esquineros se lanzan sobre el bulto: muchacha taruga ‘ora comerás aigre. Ríos de gente se mueven por debajo de la tierra y una piruja desvelada va a contracorriente fumando un cigarrillo. El Brayan le arrebata el bolso con el pago de alquiler en dólares…

_¡Maldito hijo de…!

Los negocios abren sus puertas: “hoy lunes 75% de descuento en todo el medicamento de patente”, “cinco tacos y agua fresca por treinta y cinco pesos”, “uñas acrílicas a su gusto”… La televisión anuncia las nuevas: “se aprueba la ley de seguridad interior…”, “explota pipa de gas en el kilómetro 40…”, “liberan a joven secuestrada por más de veinte años…”, “el Tratado de Libre Comercio…” Tantas voces parlantes, el smog, las hojas secas calléndo de los árboles, el viento helado y las aflicciones ligeras…

 

Mary está parada en la esquina observando con detalle mientras se muerde las uñas; los transeuntes la rodean; están más desesperados de lo que ella en la peor de sus crisis. Les ofrece su costal para cargar angustias pero nadie la advierte, nadie se mira, nadie se saluda… porque nadie se conoce, porque no hay tiempo, porque no hay gana. Echa pasos hacia atrás entre el agitado tráfico intentando cruzar la calle; busca algo en su pasado, algo importante pero no sabe qué, ni dónde: quisiera pasear por la orilla del mar, con el paso lento y los ojos fijos, y dejarme llevar por él para no sentir…

Su memoria se inunda de recuerdos; un disparo resuena dentro de su cabeza, un hijo arrebatado de entre sus brazos, ella clama auxilio, manotea al viento, su delgadez la encorba, aparta con las manos resecas y sucias los cabellos grises, nadie le ayuda. Corre tras un coche, ahí está, ¡ahí está su hijo!

_¡Hijo! ¡hijo!

La señal de “alto” se muestra en un semáforo mientras la circulación en la avenida perpendicular avanza a toda prisa; es la ruta de transporte 362, los pasajeros gritan al unísono y algunos transeuntes se vuelven tras el fuerte impacto; dos segundos más tarde, el cuerpo de Mary es aplastado también por las llantas traseras del camión.

 

Dieciocho para las ocho. Se esperan temperaturas bajo cero durante las próximas horas, tome precausiones… Se hace tarde… Dios, alguien debería llamar a una ambulancia… yo no tengo crédito… esa vieja va a espantarme la clientela tirada ahí… yo no vi nada…

_¿Me da pa’ un taco? una ayudita por el amor de Dios…