Por Uriel Morán Alcántara y Gerardo Rayo

Una bebida caliente para que nuestros huesos se calienten antes de irnos a dormir, mientras, en otro lado del mundo, en otro lado del continente, en algún punto del país, de una ciudad, alguien vive una guerra con fúsiles contra la miseria. Uno puede ignorar su nombre, su edad, su estado físico y mental, puede ignorar todo de su pasado y su presente, excepto una cosa: que es humano.

-¡Flush… pum! Una esfera luminiscente compite con las estrellas

-¡Quedan unos metros nomás y llegamos! Los tambores hacen retumbar la calle y las figuras del patrono avanzan en una marea de cabezas, gorras, velas, cantos o rezos y la alegría propia de un 28.

-¡Flush… pum! Otra esfera

Miguel había cerrado el puesto temprano para que le diera tiempo de ir a la casa para ir por las niñas, darse una ducha y salir con toda la familia a dar la bendición. Ya se enfilaban por la avenida algunos pinches automovilistas, no dejaban de mamar tocando su puto claxon, como si no tuvieran ya toda la ciudad inundada con sus fierros.

-¡Flush… pum! Y la escena no dejará de repetirse

Y luego esos pinches mamones, todos vestidos igual, con barba, gorra y tatuajes, creyendo ser lo que no son o, peor aún, tener lo que no tienen, ¿rudeza? ¡No! Coraje, ¡huevos, pues! Miguel pensaba en el tatuaje que se había tenido que hacer y se iba diluyendo de su brazo derecho. Besó a su hija envuelta en una manta.

-¡Flush… pum!

Y qué decir de los weyes que llegaron hoy, que eran puro miedo ―se dijo―, miedo de aceptar que querían vestirse a la moda o de no quererlo, miedo de tomar una decisión, miedo de aceptar que no tienen personalidad, que no han podido crearse un espacio en esta puta sociedad. Miedo, olían tanto a miedo que incluso después de salir huyendo del puesto y esconder sus compras, pasaron empujando a todos y la gente ni los tuvo en cuenta.

-¡Flush… pum!

Esas personas que tenían miedo ―pensaba Miguel―, que eran las mismas que le tenían miedo y a todos los que como él intentaban buscarse la vida. Esos que les tocaban el claxon, que de día les compraban, les hablaban con cariño, de cuidados, de tener una buena vida, que hasta llegaban a sentir lástima, dizque por su manera de vivir. Pero de noche aplaudían si los granaderos llegaban a quitarles su mercancía, a no solamente quitar los puestos, sino a destruir todo lo que se encontraba a su paso, así fueran las personas mismas. No obstante, Miguel no dejaba de pensar en una cosa que hasta le hizo sonreírse y que su esposa lo mirara con extrañeza, que no había ciudad sin él, sin ellos, peor aún: ¡no había futuro sin ellos!

-¡Flush… pum! Estaban por entrar a la iglesia.

Un recorte de periódico se pega al tenis derecho, desgastado y polvoso de Miguel. Lo mira con impaciencia y morbo. “Cien niños palestinos mueren tras el último ataque del ejército israelí”. Vuelve su mirada hacia su hija y la estrecha con fuerza. Una lágrima resbala por su mejilla y de repente siente odio. No puede hacer nada. Pero le gustaría empuñar un arma, no contra la banda, sino contra los asesinos de aquellos niños. Las imágenes retumban en su mente. “una bomba acaba con la población”.

-¡Flush… pum! Mira el cielo antes de entrar por fin al recinto sagrado.

Miguel imagina que si cayera una bomba, ahí mismo, en donde está parado, junto a su esposa, todo se iría al carajo. El cielo brillaría un instante, y luego la destrucción. Caería roto el crucifijo que tiene de frente, los vitrales estallarían en miles de partículas y sus cuerpos no resistirían de pie. Nadie correría, siempre es tarde. Al fin y al cabo así es la muerte. Llega sin avisar y arrebata en un instante la vida, aunque sea miserable, aunque no valga la pena, se la lleva.

-¡Flush… pum!

Recuerda entonces al Juanito, el don que vivía en la calle y murió de neumonía. Siente en el pecho esa sensación de vacío que produce el arrepentimiento. Un viernes lo vio y le dio diez pesos para un taco. Eran las siete de la mañana. No hacía mucho frío. Le estrechó la mano y se despidió. Por la noche llovió desmesuradamente, casi se inunda el barrio. Y por su cabeza no pasó en dónde chingados se había resguardado el Juanito. Pero a la mañana, al salir a trabajar lo vio debajo de la banqueta, con su chamarra sucia y empapada. Se acercó para subirlo a la acera. Pero el Juanito ya estaba frío, tan frío como la lluvia que había arreciado horas antes. Llamó a la banda. Todos salieron. Le prendieron una vela y luego nadie supo qué fue de él. Pero Miguel sí lo extrañaba, y pensaba en que si le hubiera dado otro suéter, o si no hubiera llovido de esa forma, o si lo hubiera dejado pasar, o si el Juanito tuviera casa… ¡Pinche Miguel puto! ¡Por tu culpa! ¡Pinche todo!

-¡Flush… pum! La misa empezó y con todos los murmullos, las detonaciones han disminuido su potencia.

Ojalá mañana las cosas cambien. Ojalá la ciudad no crezca más. Ojalá estas calles y estos adoquines les pertenezcan a quienes los moldearon con sus manos. Ojalá la ciudad sea para todos, porque sin ellos, no hay futuro. Miguel se pierde en la multitud. Miguel suspira. Miguel sueña.