Por Marco Minguillo

Puerto del Callao, Perú

Apareció en casa como una imagen fotográfica de Martín Chambi. Estaba allí, sentado, en un contraste armonioso de luz y sombra, desayunando en el comedor de mi infancia. Charlaba con mi padre en medio de panes recién horneados, huevos revueltos, aceitunas encebolladas y tazas humeantes de café con leche.

Creí ser un fantasma atestiguando, caminando con sigilo, sin alterar la imagen, viendo y escuchando a los dos hombres compartiendo historias en la mesa de madera.

Saludé y el hombre me lanzó una mirada meticulosa acompañada de una sonrisa que le cruzó el rostro y emitió una voz enérgica, pausada, en la que el quechua se hizo castellano.

Me dijo que se llamaba Avelino y venía de las altas montañas cuzqueñas. Había llegado en la madrugada acompañado de una luna en cuarto menguante y de estrellas que se veían minúsculas al observarlas desde la cotidianidad de la ciudad. Eso comentó mi padre, apoyado por un gesto afirmativo de mi madre, mientras yo tomaba mi taza de quaker y engullía un sanguche de salchicha con huevos revueltos.

Avelino hablaba y masticaba al mismo tiempo. Ante mis ojos parecía acrecentarse su figura. Por instantes se transformaba en un colosal indígena de manos grandes, cuarteadas, aves de lodo y yerba agreste. Había traído bolsos elaborados con lana de alpaca, llenos de artesanía en barro, textiles con diseños andinos, carne seca o charqui y maíz para tostar. Los maíces que trajo eran enormes. Nunca vi granos de esa dimensión en casa. Parecían maíces para divinidades celestiales y terrenales. Y debía ser cierto, ya que Avelino explicaba que esos maíces se consumían desde épocas remotas, más aún en los rituales y festividades de la gran civilización inca, en el Tahuantinsuyo.

Avelino se hospedó en una habitación en casa de mis padres. Una tarde entré a su cuarto sin que nadie se enterase y, a pesar de la ausencia de Avelino, logré percibir un olor a tierra fecunda, a sudor seco, a ropa de lana viajera y trajinada. Era el olor personal de Avelino. Un olor peculiar, distinto al olor costeño, proveniente del mar, de la arena, de los botes pesqueros. Para mí, aquellos detalles, eran fascinantes. El aroma de esa habitación, impregnada de Avelino, parecía como si uno entrase en una gruta oculta, clandestina, o en un templo sagrado de los andes; un reencuentro fugaz e insólito con el origen de nuestros antepasados o tal vez sería, un anhelado retorno al principio de la vida.

Avelino había dejado la cama tendida cuidadosamente, aunque a los pies de esa cama antigua, tenía desperdigadas las cosas que había traído. Entre ellas, curioseando, descubrí unas hondas tejidas con fibras textiles de alpaca, hermosas e imponentes y de diversos colores, pero decidí no comentar mi hallazgo, dejando que sea el propio Avelino el que nos lo anunciara.

Y fue así que, una mañana, antes que acabáramos de desayunar y, después de escuchar algunas historias y anécdotas de los campesinos cuzqueños, Avelino se levantó de la mesa, entró en su habitación y regresó con varias hondas que se descolgaban de sus manos.

Mi padre, mi madre y yo contemplamos y tocamos encantados las hondas. Por unos minutos sentí como si de pronto, aquellas hondas se convertían en serpientes coloridas y se deslizaban suavemente por nuestros brazos, cabezas, cuellos, troncos y piernas, en un ritual de vida o muerte. O tal vez me pareció ver a los amigos de Avelino en los temibles acantilados agitando las hondas ante el sol, ante el cielo, ante el trueno, ante el viento.

Transcurrieron los días horadando nuestra monotonía, diversificándola, convirtiendo nuestra existencia en un reto agradable y cautivador, desde que Avelino nos inició en el manejo de aquellas hondas, llamadas también huaracas.

Fue un sábado de febrero. Salí con Avelino y mi padre hacia los cerros aledaños a la ciudad, muy temprano, cuando el sol apenas iluminaba las copas de los molles y eucaliptos. Trepamos sin prisa un par de ellos, nos deslizamos luego en una quebrada y volvimos a subir hasta alcanzar la cúspide de un tercer cerro. La voz de la ciudad se enmudeció. Sólo escuchábamos el susurro del viento agitando las piedras y lamiendo la arenilla de los cerros.

Avelino colocó una piedra grande, redonda, en el receptáculo de la honda y empuñó con una sola mano las dos cuerdas que se desprendían. Echó a volar la honda, la huaraca del tiempo y del espacio, agitándola, dando vueltas y vueltas con una fuerza estrepitosa. La honda silbó un idioma todavía indescifrable para mí, en ese entonces, y sólo noté crecer la imagen de Avelino, como un enigmático hombre de barro surgiendo del vientre del cerro. Su mirada se dirigía hacia el cóncavo celeste, y parecía menear las nubes, generar vendavales, ocasionar remolinos de tierra. Y mi padre y yo, allí, mirando aquella liturgia de nuestros ancestros, aquella liturgia que servía para cazar. Aunque también para guerrear.

En un instante noté que las pupilas de Avelino divisaron unas bandadas de palomas silvestres que se acercaban hacia donde nos encontrábamos. Agitó con más fuerza la honda, lanzó unas palabras en quechua y disparo la piedra hecha proyectil contra aquella nubosidad de plumas. Chifló, aulló el Edén. De pronto, el útero celeste parió y cayeron varias palomas en un golpe seco. Mi padre y yo corrimos alborozados a recogerlas. Ya por la noche, Avelino condimentó y luego asó las palomas en el patio de la casa y nos entregó unos suculentos platos que se grabaron en mi memoria como la roca tallada por las manos caudalosas del río.

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Los días transcurrieron entre charlas sobre la mesa del comedor, caminatas y danza de huaracas en los cerros.

Hasta que un día, Avelino, tal como llegó a casa, partió de madrugada.

No pude despedirme de él.

Mis padres dijeron que Avelino retornó a su tierra. Allá lo esperaba su esposa y cuatros pequeños vástagos. Allá lo esperaban sus amigos, sus compañeros, el día a día. Allá. Se fue. Avelino se fue.

Aquella partida abrupta y nocturna, devino para mí en frustración y tristeza. Ya que, a pesar de la breve estadía de Avelino en nuestra casa, nos dejó un halo de vida intensa, de sueños que narraban cada amanecer y atardecer.

Después de escuchar las palabras de mis padres, dejé el comedor con premura y me dirigí hacia la habitación de Avelino. Había dejado la cama cuidadosamente tendida, las cortinas corridas, desde donde entraba la luz acogedora del día y sobre la mesita de noche, al pie de la lámpara, dormía un bolso de alpaca con tres hondas y un papel escrito, con una caligrafía rudimentaria y significativa, en donde decía que lo disculpara por su salida apresurada y que había disfrutado de la estadía con nosotros, con la familia, y dejaba una honda para mi padre, otra para mí (la honda con la que más me había encariñado) y la tercera para dársela a algún amigo y para que me recuerden, decía.

Percibí el decaimiento de mi cuerpo que me obligó a sentarme sobre la cama. Miré todo a mí alrededor: el piso trajinado, las paredes espartanas y el techo albino. Recordé nuestras correrías en los cerros, su imagen de barro, sus palabras quechua-castellano, su ímpetu y cariño por su tierra cuzqueña. Y contemplé aquellas serpientes en mis manos, en mi cuello, aquellos colores donde el arco iris se hizo fibra, nudo, elasticidad y belleza.

Fuera de la habitación canturreaban las palomas, cacareaban las gallinas, los patos aleteaban sus alas en la diminuta alberca, los cuyes chillaban y disputaban la alfalfa y las mazorcas de maíz, y el gallo moro, aquella ave generacional regalada por mi abuela, agitaba las alas, el pico y la cresta, demarcaba la hora y su territorio.

Los días y las noches transcurrieron. Se hicieron semanas, meses. En tanto en casa no se habló más de Avelino desde su partida. La familia siguió con su rutina diaria y yo retorné a la escuela, a las clases, a la amistad y palomillada con los compañeros, a nuestros partidos de fútbol bajo el sol y la lluvia. Y la honda. Mi honda allí, ahora colgada en un clavo, sobre la cabecera de mi cama, en la pared.

Los meses se hicieron años. Mi familia creció con varios hermanos menores, las calles de la ciudad cobijaron veranos e inviernos, y yo, estaba por culminar la secundaria.

Hasta que una noche, sentado en la sala con mis padres y hermanos vimos y escuchamos sorprendidos una noticia en la televisión que, inusualmente, llegaba desde el interior del país. Informaban sobre el inicio de levantamientos campesinos en los andes, cuyo epicentro estaba localizado en los caseríos aledaños a la ciudad del Cuzco. Las imágenes televisivas mostraban el enfrentamiento entre levantados y contingentes policiales. Nubes de gases lacrimógenos, consignas, gritos, golpes, balas. Balas. Cientos de campesinos agitaban los brazos: ¡Cosco! ¡Cosco! ¡Cosco rojo siempre será! Y como prolongación de ellos, las hondas. Aquellas hondas, como las que teníamos en casa. Las hondas se elevaban cual tornados o huracanes, entre el gentío. Piedras contra balas. Balas contra piedras. Levantados. Contingentes policiales.

En el tumulto se vio caer a  varios hombres y mujeres, acribillados por aquellos proyectiles de acero. Les cruzaron las cabezas, los pechos, los brazos y las piernas. Uno de ellos era Avelino, el enigmático hombre de barro, el colosal indígena de manos cuarteadas, el amigo viajero de mi niñez. Estaba allí. Desangrado. Agujereado. Con la rabia y la tristeza cruzándole el rostro.

Nos quedamos mudos. Inmóviles antes esas escenas visuales. No hablamos por un largo rato, como esperando que los periodistas del noticiero cambiasen el mensaje, negándonos a aceptar en nuestras mentes lo que veíamos. Pero pudo más la abominable realidad que el frágil anhelo. Avelino, sus compañeros y compañeras estaban allí, frente a nuestras incrédulas pupilas, tirados en el charco, entre ponchos, ojotas, hojarasca, barro y piedra.

Evoqué la breve visita de Avelino en mi infancia, la intensidad de su palabra y de su vida. Y me levanté del sofá, abandoné la sala, entré en mi habitación, descolgué la colorida honda regalada por él, la acaricié por un extenso rato y traté de encontrar respuestas después de muchos años, al porqué de su salida nocturna e intempestiva de casa, al porqué de sus locuaces historias sobre la poderosa sombra del latifundio cayendo como filuda guillotina sobre el campesinado, al porqué ahora, Avelino, sus compañeros y compañeras, estaban allí, transformándose en estatuas de barro y piedra. De barro y piedra. De piedra…

De piedra.

* Honda o huaraca en idioma quechua.