Por Eli Pérez

Extraño aquellos días, donde el sol salía a diario y asomaba rayos violeta por mi ventana, aliado a un silencio que de vez en cuando suele verse interrumpido por el cantar de un pájaro extraño. Donde nada importa más que levantarse con los pies descalzos, estirarse un poco y sonreír con el suave deslizar de las hojas de algunos árboles. Después, sentir el viento en tu cara, el cuerpo en movimiento y las nubes en tu entorno reposando hasta en tu sangre, donde la señora de cabellos blancos sale de casa y tiende un puesto acomodado de artículos viejos. Conon la puerta entreabierta, la brillantina en el arbusto que recubre su rostro y en la parte de atrás, quizá un poco más, oculta en la casa, una niña de prendas color rosa, piel canela, cachetes embarrados de miel y ojos de ausencia. Extraño aquellos días porque son los únicos en los que sólo importas tú, mi ciudad, donde sólo te expandes y robas mi alma en cada milímetro de cuerpo frío y solitario para transformarlo. También extraño aquellas tardes debajo de los cristales que golpean los techos, aunado a la tinta que no se detiene hasta que ellos lo hagan. Donde las lágrimas las acompañan y las risas las halagan con cumplidos de poesía. Extraño noches, extraño aquellas noches donde podía cerrar mis ojos sin temor alguno y descubrirte entre mi piel como la historia de cada estrella, donde la ciudad ardía de luces y yo era sólo su testigo invisible. Donde el  vino se adueñaba de mi mente y el humo del cigarrillo se desvanecía en el minuto en que te desnudabas, y como niño inocente dibujabas en las ventanas heladas de los autos para después mirar a la luna en un suspiro incierto.

Sin embargo, aquellos días no eran los que yo tenía. No, en mi memoria fungían otro tipo de días con el alba a las 6:30 AM, y el tren lento llevando consigo cientos de rostros de indiferencia, labios agrietados, ojos muy viejos. Esas mañanas donde la calle era el basurero en cada esquina, el olor desagradable con mirada triste y punzadas leves en el corazón. Esos días, pies descalzos, ropa sucia, piel teñida de manchas grises y desesperación en el alma. Mis recuerdos eran niños inquietos que pedían el pan de toda la jornada, niños con la mirada inclinada y los ojos llenos de abismo, niños que dibujaban entre los puestos, deslizando los colores entre las lonas y los sabores de amarga cerveza o bien, a veces me encontraba sólo trajes grises, espejos sin reflejo, edificios de oro, tristeza con maquillaje frío. Me,  encontraba con títulos y puestos de tanto ego que querían acaparar lo bello de mi sol.

No, los días no eran como los imaginaba, eran sólo días en los que disfrutaba de platicar con la lluvia, de mirar las manos de otro ser humano cuando me llevaba a otras sonrisas de pueblos lejanos. Nada era como lo recordaba, tampoco siquiera como lo imaginaba y era quizá mucho mejor.

¿Dónde están las almas? Yo vivía entre las aceras y oculta entre las ramas de la tierra. Sin embargo, supongo que a veces la sinfonía se agota en el momento en que es abrazada.

¿Dónde están las almas? No las imaginaba. Se abren las pupilas inquietas y tomo el transporte más cercano. Ahí está de nuevo el bullicio y pronto el calor, el aroma a café, las miles de maletas misteriosas y  las miradas ojerosas y desconfiadas. Miremos un poco, ahí está de nuevo en tan sólo un par de segundos una misma dirección, un ritmo tormentoso en los pies y una estrella mitad esclava, mitad sonriente —¿mitad esclava?— Subo al suburbano rojo después de que la mayoría se transmuta en animales hambrientos por un lugar, entonces, ¿dónde están las almas? Una niña más está sentada en piernas y coloca su mano en la rubescente ventana mientras un haz luminoso dibuja con el viento el camino de su cabello…Casi llegamos al lugar.

Todo es tan distinto al campo que la distancia apenas se roza. Todo es tan distinto incluso dentro del laberinto de aquí mismo que absolutamente nada parece cambiar…casi llegamos al lugar.

Es algo triste despedirse de la imaginación, despedirse de poder decir a los vendedores ambulantes: “Buen día”. Usted sabe, pronunciar algo como: “Hoy es un buen día”.

Me acerco un poco más al lugar y ya no extraño mi nacimiento, es algo melancólico, pero es mi luz en la grieta a la banqueta, en el miedo tras el árbol…Aun resta caminar un minuto más… ¿Y las almas dónde están? Inclino mi mirar ante la niña, guiño al desconocido, me abrazo en el farol y recojo la roca más cercana…Casi llegamos al lugar.

Corro, necesito correr un poco más, pues siempre me espera un nuevo lugar. Es entonces cuando cierro los ojos una vez más… ¿Quieres saber cómo es la ciudad? A veces se rehúsa a jugar y tiembla, sé que tiembla en la valentía de sus ojos rubíes desde el muro y mi balcón. Tiembla la cárcel, de alguna manera lo hace en la dirección contraria y en la diferencia de los vagones cuando a la velocidad se ven sólo dos líneas paralelas.

La ciudad es el instante de llegada, es la niña ante la guillotina; la ciudad es su vestido floreado y el uniforme gris. Es simplemente ese rojo en los labios, es esa sangre en la voz.