Por Arturo del Villar

Madrid (España)

Acertó Marx al escribir que la religión es el opio de los pueblos y la rémora del progreso. Los educados en la Europa latina suponíamos que el catolicismo romano es el ejemplo de esa definición, pero la Iglesia ortodoxa rusa llega a superarlo. Así se explica que el último zar de todas las Rusias, Nicolás II Romanov, apodado por el pueblo “El Sanguinario”, con gran justicia fuera proclamado, junto con su familia, santo por Alexei II, patriarca de Moscú y de todas las Rusias, el 20 de agosto del año 2000. El motivo de la santificación se debe a que la Revolución Soviética los declaró enemigos del pueblo y los ejecutó en correspondencia a sus crímenes. Como es habitual, la alianza entre el altar y el trono ha existido siempre, también en Rusia, de modo que los popes eran fieles servidores del zar que los protegía, y le confirmaron su agradecimiento con esa ridícula santificación póstuma.

En cuanto a la causa de su apodo, Nicolás II se lo ganó merecidamente por su actuación tiránica. Amaba la disciplina militar, le gustaba alojarse en los cuarteles, y exigía un cumplimiento estricto de las ordenanzas. Idéntica actitud esperaba del pueblo ruso, hambriento y analfabeto. Su abuelo Alejandro II ha-bía suprimido la condición de siervos de sus veintidós millones de vasallos en 1861, pero impuso a los liberados el pago de una indemnización por el uso de las tierras, más los impuestos inevitables. Por ese doble motivo, los campesinos sobrevivían duramente en una gran pobreza, que ninguno lograba superar. Es comprensible que muriese por un atentado en 1881.

Su hijo y sucesor, Alejandro III, fue un autócrata despótico odiado por el pueblo. La todopoderosa policía secreta desmanteló las muchas conspiraciones contra su vida: un hermano de Lenin fue muerto en 1887 por tomar parte en una de ellas. Acabó con su vida una nefritis en 1894.

Fanatismo y despotismo

Nicolás Alexandrovich Romanov continuó la conducta de su abuelo y padre, con mayor violencia. Unía a su condición de autócrata el fanatismo religioso, el cual lo convirtió en un feroz antisemita. La terrible policía secreta se hallaba introducida en todos los estamentos, y era tan eficaz como brutal.

Para su desgracia, se casó a los pocos días de su proclamación en 1894 con la princesa alemana Alix de Hesse-Darmstadt, llamada Alejandra Fiodorovna tras su conversión a la iglesia ortodoxia rusa. Era una histérica supersticiosa seguidora de curanderos, como el tétrico Rasputín. Su principal aportación al matrimonio fue la hemofilia, que hizo del zarevich una piltrafa humana: esta circunstancia contribuyó a enfurecer el carácter naturalmente despótico del zar.

En contra de la opinión de sus ministros, Nicolás ordenó en 1904 a su ejército ocupar Manchuria, lo que provocó una declaración de guerra de Japón a Rusia. El resultado catastrófico hundió más todavía la economía rusa, aumentó el hambre y crecieron el descontento popular y las huelgas.

Bajo el terror militar

Se ganó el sobrenombre de “El Sanguinario” el 22 de enero de 1905, conocido como el “Domingo Sangriento”: una gran manifestación pacífica se dirigía hacia el Palacio de Invierno de San Petersburgo, cuando el ejército disparó a matar contra ella. Se calcula que hubo alrededor de mil muertos y dos mil heridos, porque no se facilitaron cifras oficiales de la matanza, pero la nieve se hizo roja color de sangre derramada.

Se sucedieron las huelgas y manifestaciones, siempre reprimidas sanguinariamente por el ejército zarista. En diciembre se sublevó la población de Moscú, que resistió valientemente durante ocho días el asedio del ejército. Hubo millares de muertos y deportados. El terror dominó en Rusia, y quienes podían se refugiaban en el exilio, como lo hizo Lenin. El odio al zar y su familia se generalizó, y las huelgas se sucedieron pese a las represalias.

En julio de 1914 había dos millones de huelguistas en Rusia, cuando la declaración de guerra por parte de Alemania, el 1 de agosto, obligó a movilizar a catorce millones de hombres. Marcharon al frente desmoralizados y mal armados, sin recibir la paga, por lo que su intervención era desganada. La economía de guerra terminó de hundir al país en la miseria, y falto además de mano de obra en el campo y las fábricas. Los ganados fueron requisados para el ejército. Millones de personas murieron de hambre.

A sangre y fuego contra el pueblo

El zar dirigía personalmente las fracasadas operaciones bélicas y la represión contra los huelguistas, que se negaban a trabajar porque no había dinero para pagarles. La huelga general de febrero de 1917 fue liquidada a sangre y fuego por orden de Nicolás II, que hacía honor a su apodo.

Los altos mandos militares pertenecían a la nobleza y eran fieles al zar, pero los soldados empezaron a incumplir sus órdenes criminales. El 12 de marzo de 1917 soldados y trabajadores de Petrogrado asaltaron el palacio en donde se reunía la Duma y proclamaron el Soviet. Tres días después el Soviet depuso al zar. La revolución ya fue imparable, hasta su triunfo el 25 de octubre, según el calendario juliano vigente en Rusia, el 7 de noviembre según el gregoriano oficial en Occidente.

Así terminó el reinado del terror bajo el zar Nicolás II, “El Sanguinario”. Conocidas su personalidad y su biografía, resulta incomprensible que un pope cometiese el sacrilegio de elevarle a los altares ortodoxos, edificados sobre los millones de muertos causados por su despotismo, directamente a causa de sus órdenes al ejército para disparar contra el pueblo, o bien a consecuencia de sus errores políticos y sus confusiones sociales. Fue un enemigo del pueblo, que por eso le detestaba y, más bien, encarna la figura de la bestia apocalíptica que la de un santo. Si yo fuera crédulo oraría de esta manera: “¡Oh Nicolás, “El Sanguinario”, líbranos de los fanáticos para siempre!”

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El 23 de enero de 1918 el Soviet de los Comisarios de Pueblo decretó la separación entre el Estado y la Iglesia, unidos hasta entonces firmemente.