Por Daniela Cimarrón
Y el sonido de la desesperación se repite
y con el silencio se combina
para estallar de pronto sobre mis ojos
y enterrar la ternura que aún queda.
Mi pecho está desahuciado
y los colores de la tarde son grises
como lo serán mañana,
como lo fueron ayer.
Ya no pienso en su voz ni sueño sus manos
ni recuerdo su nombre ni su sonrisa;
los recuerdos son fragmentos de humo
de viento, de sombra.
Busco la luna y no la encuentro,
busco en mi piel y no hay nada,
escudriño en papeles y todo se disuelve
ojalá alguien me recuerde,
ojalá alguien me ame…
como yo alguna vez lo hice.
