Por Indira Ríos
No te acerques,
miro en tus ojos el mefítico sistema,
el áspid del patriarcado busca un resquicio
para consumirte y consumirme, no he de permitirlo…
No te odio, no soy tu adversaria
pero no permitiré que se embista mi humanidad.
No soy carne en exhibición, soy mujer.
No soy los ínfimos pedazos de trapos que llevo puestos,
éstos sólo cubren la genuina desnudez
que rechaza la tilde de lo insólito.
Ahora hago un recuento buscando
doblegar la fétida amnesia
y, entonces, te digo que la evolución
nos ha traído por la misma vereda,
que lo han arrancado de tus remembranzas,
que necesitas recordarlo.

Para encontrarme he escalado millares de peñascos,
mis uñas se han despedido de mis sangrientos dedos.
La piel de mi rostro milenario
ha caído junto con las vendas
que alimentaban los oropeles orlados
que simulaban ser.
La agnosia inyectada en el torrente
de mis irreverencias ha perecido
hasta llegar a mi vida que se encontraba
esperándome en una caverna custodiada
por abominables belitres,
fulminados por el legado de la lucha
que se aferraba a la luminiscencia
que canta en mi nueva mirada.
Mis epopeyas han sido obliteradas en la historia,
pero estoy presente, existo.
Mi sangre ha quedado burilada en todos los siglos
y podría formar océanos.
Mi voz subyugó la atonía del silencio
que ocultaba las luchas e ideas de generaciones.
Las de ayer, las de hoy, las de siempre…
Hoy pregonamos al universo:
Somos miles de nombres olvidados,
somos miles de historias borradas,
somos miles que resurgimos en los nombres
que se enfrentaron a la opresión,
somos las brujas que aman las letras que danzan en el tártaro,
somos las proletarias que no callan y enarbolan la revolución,
somos las vietnamitas usando el fusil contra el imperialismo,
somos Violeta Parra,
somos Rosa Luxemburgo,
somos Haydee Santamaría,
somos Berta Cáceres,
somos mujeres.